¿Esto ha sido un flechazo? Capítulo 13
72%

Capítulo 13

No llegamos a la cocina. Ni siquiera llegamos a encender las luces del pasillo.

En cuanto la puerta de mi piso se cerró a nuestras espaldas con un golpe seco, la oscuridad del recibidor se convirtió en nuestro cómplice.

Jaime me atrapó por la cintura con una urgencia que me hizo soltar un gemido ahogado, estampando mi espalda con firmeza contra la madera.

No hubo preámbulos. No hubo preguntas. Sus labios cayeron sobre los míos con una violencia deliciosa, un hambre salvaje que llevaba semanas cocinándose y que ya no entendía de frenos.

Su lengua invadió mi boca de manera profunda, posesiva, barriendo cualquier rastro de cordura que me quedara.

Le rodeé el cuello con los brazos, enredando mis dedos en su pelo corto, tirando de él hacia mí con la misma desesperación. Quería más. Quería todo.

—Joder, Victoria... No tienes ni idea de las ganas que te tengo —gruñó contra mis labios, con la voz rota, rasposa, directamente bajada a los infiernos del deseo.

Sus manos, grandes, cálidas y ásperas por el trabajo de obra, bajaron por mis costados, apretando mis caderas con fuerza, levantándome del suelo apenas unos centímetros para encajar mi pelvis perfectamente contra la suya.

Sentir la dureza de su erección a través de la tela de nuestros pantalones me pegó un latigazo directo al bajo vientre.

Solté un gemido que él se tragó con un nuevo beso, este más húmedo, más lento, mordiéndome el labio inferior con una delicia que me hizo temblar las rodillas.

Sin romper el beso, empezamos a movernos a ciegas por el pasillo.

Jaime me empujaba con el cuerpo, tropezando con una de mis plantas —lo que nos hizo soltar una risa ahogada a mitad de un jadeo— hasta que mis piernas chocaron contra el borde del colchón de mi dormitorio.

Caímos juntos en la cama, en una amalgama de brazos, piernas y respiraciones entrecortadas.

La luz de las farolas de la calle entraba por el balcón, dibujando sombras alargadas sobre su piel.

Jaime se posicionó entre mis piernas, apoyando el peso de su cuerpo sobre los antebrazos.

Me miró desde arriba, con los ojos oscuros, casi negros por la dilatación de sus pupilas, y el pecho subiendo y bajando a un ritmo frenético.

—Estás preciosa con esta luz —susurró, apartándome un mechón de pelo húmedo de la frente con una ternura que me encogió el corazón antes de volver a desatar la tormenta.

Sus manos bajaron a la cremallera de mi mono vaquero.

Escuchar el recorrido del metal bajando despacio por mi pecho me erizó cada milímetro de piel.

Jaime deslizó la tela por mis hombros, dejando al descubierto mis clavículas, mis pechos cubiertos solo por un sujetador de encaje negro.

No se dio prisa. El fuego lento regresó en sus dedos, recorriendo la línea de mi cuello, bajando por el canalillo hasta delinear el borde del encaje.

Me arqueé instintivamente hacia su tacto, buscando su calor.

Cuando sus labios bajaron de mi boca a mi cuello, mordiendo suavemente la piel justo donde me latía el pulso, sentí que me disolvía.

Bajó por mi clavícula, lamiendo, mordiendo, dejando un rastro de fuego hasta que sus manos desabrocharon el sujetador.

Mis pechos quedaron libres contra el aire fresco de la habitación, pero el frío duró un segundo.

La boca de Jaime envolvió uno de mis pezones, succionando con una lentitud tortuosa, mientras sus dedos jugaban con el otro, retorciéndolo con la presión justa para hacerme arañar las sábanas.

—Jaime... por favor —supliqué, con la voz convertida en un hilo de aire, clavándole las uñas en la espalda.

—Dime qué quieres, Victoria. Pídemelo —murmuró, subiendo de nuevo a mi oído, rozando su barbilla contra mi oreja, haciéndome estremecer.

—A ti. Te quiero a ti. Ya.

Se deshizo de su camiseta con un solo movimiento, lanzándola a algún rincón del suelo.

Contemplar su torso desnudo bajo la luz tamizada casi me hace perder el sentido: los hombros anchos, los músculos de los brazos marcados por la tensión y esos abdominales que descendían en una línea perfecta hacia el elástico de sus calzoncillos.

Me ayudó a quitarme el mono por completo, dejándome solo con una braguita negra, y luego se deshizo de sus pantalones con una urgencia torpe que nos hizo sonreír en mitad de la penumbra.

Cuando volvió a tumbarse sobre mí, piel contra piel, el contacto fue eléctrico.

El vello de su pecho rozando mis pezones me arrancó un suspiro largo.

Jaime bajó la mano por mi vientre, descendiendo despacio, torturándome con la espera, hasta meter los dedos bajo el encaje de mi braguita.

Al tocarme, solté un jadeo sonoro. Estaba empapada, ardiendo por él, dispuesta a entregarle hasta el último de mis secretos.

Su dedo medio empezó a deslizarse entre mis labios, buscando mi clítoris con una precisión que me hizo levantar las caderas de la cama de forma espasmódica.

—Mírate... Estás jodidamente lista para mí —susurró, mirándome a los ojos mientras aceleraba el ritmo de sus dedos, acariciándome, hundiéndose un poco dentro de mí para luego volver a salir, jugando con mi humedad hasta hacerme gemir su nombre una y otra vez.

No aguanté más. Me quité la braguita con prisa y él estiró el brazo hacia su pantalón tirado en el suelo, sacando un preservativo del bolsillo con movimientos rápidos y expertos.

Lo colocó en silencio, sin romper el contacto visual, manteniéndome hipnotizada con esa mirada que parecía leerme el alma.

Jaime volvió a colocarse entre mis muslos, abriéndose paso. Apoyó la punta de su miembro contra mi centro, rozándome despacio, estirando la tortura un segundo más, saboreando el momento en que ambos sabíamos que no había vuelta atrás.

—Mírame, Victoria —pidió con voz ronca.

Lo miré. Y con un empuje lento, firme y profundo, se hundió en mí por completo.

El impacto me hizo echar la cabeza hacia atrás, soltando un grito de puro placer que Jaime amortiguó pegando su boca a la mía. Estaba llena. Jodidamente llena de él. Era una sensación de encaje perfecto, como si nuestros cuerpos hubieran sido diseñados para encajar en esa exacta posición.

Empezó a moverse. Primero despacio, con embestidas largas y profundas que me hacían arquear la espalda buscando el fondo de mi placer.

Sus manos se entrelazaron con las mías sobre la almohada, clavando nuestros dedos con una fuerza brutal.

El ritmo fue subiendo de intensidad, volviéndose más rápido, más rítmico, más animal.

El sonido de nuestros cuerpos chocando, el roce de las sábanas y nuestros jadeos acompasados inundaron la habitación de una atmósfera densa, calurosa y cargada de un erotismo salvaje.

Cada vez que Jaime se hundía en mí, sentía que una corriente eléctrica nacía en mi vientre y se expandía por mis piernas.

Me guiaba con sus caderas, subiendo el nivel, obligándome a seguirle en una danza caótica y perfecta.

Cambió de posición, sentándome sobre él en mitad de la cama; quedé a horcajadas, controlando el ritmo, bajando con fuerza sobre su miembro mientras él me agarraba por las nalgas, guiando el movimiento con los ojos inyectados en deseo puro, devorándome con la vista mientras mis pechos se movían al compás de cada embestida.

—Vas a romperme, Victoria... Joder, qué bien se siente dentro de ti —gimió, echando la cabeza hacia atrás, con las venas de su cuello marcadas por el esfuerzo.

El clímax me pisaba los talones. Volvimos a tumbarnos, él de lado, elevando una de mis piernas sobre su cadera para entrar desde un ángulo que me hizo tocar el cielo.

La presión en mi centro era insoportable, deliciosa, un dolor dulce que me estaba llevando al límite.

Sentía que el universo entero se reducía a ese punto de contacto, a su respiración en mi cuello, a la fuerza de sus embestidas.

—Jaime, me corro... ya, me corro —grité sin poder contenerme, perdiendo el control de mis propios músculos.

—Conmigo, Vic. Vente conmigo —respondió él, apretándome con fuerza, dando tres embestidas profundas y definitivas y los dos alcanzamos el orgasmo.

Jaime se deslizó despacio hacia un lado, pero no me dejó ir. Con un movimiento suave, me arrastró hacia su pecho, acomodándome la cabeza en el hueco de su hombro mientras su brazo nos rodeaba a los dos, subiendo la sábana por encima de nuestros cuerpos aún encendidos.

El ritmo de su corazón, que poco a poco recuperaba la calma bajo mi oído, era el sonido más reconfortante del mundo.

Su mano libre empezó a delinear caminos invisibles por mi espalda, arriba y abajo, con una parsimonia que me erizaba la piel de una forma completamente distinta: ya no era deseo puro, era algo que se sentía cálido, seguro, extrañamente hogareño.

—Oye, Victoria —murmuró, con ese eco grave y pastoso de quien está al borde del descanso, rozándome el pelo con los labios.

—Dime —respondí en un hilo de voz, apoyando una mano sobre su torso desnudo.

—Si vamos a tener que mentirle a tu hermana sobre lo nuestro... —hizo una pausa corta, y sentí la vibración de su risa silenciosa contra mi mejilla—, creo que vamos a tener que ensayar mucho más.

Sonreí en la penumbra, apretándome un poquito más contra él. La sensación de culpa, el miedo al futuro y el eco del pasado que me habían estado persiguiendo durante meses se evaporaron por completo en esa habitación.

—Me parece un trato justo —susurré, entrelazando mis dedos con los suyos.

Jaime me besó la frente, un beso largo y tierno mientras su agarre se volvía un poco más firme, como si quisiera asegurarse de que no me iba a marchar a ninguna parte a mitad de la noche.

El aroma a incienso que siempre usaba en la habitación nos envolvía, y el cansancio dulce del amor empezó a pasarme factura.

Cerré los ojos, dejándome mecer por su respiración acompasada.

Mientras el sueño me vencía por completo, sentí que, por primera vez en mucho tiempo, la vida estaba, simplemente, empezando de nuevo.