Capítulo 12
—¡¿Que has hecho qué?! —el grito unísono de Alba y Bea hizo temblar hasta los cimientos de mi piso. Decidí no preocuparme por los vecinos.
Bea se dejó caer en mi sofá cama dramáticamente, tapándose los ojos con el antebrazo. Alba, por su parte, empezó a caminar en círculos por la alfombra, con los brazos cruzados y expresión de estar redactando mentalmente mi testamento vital.
—A ver, Victoria. Déjame procesarlo —dijo Alba, deteniéndose en seco—. Le has dicho a la sargento de tu hermana que tienes un novio formal, exitoso, que además resulta ser el tío cañón al que besaste anoche, ¿y pretendes presentarlo en sociedad en los sesenta años de tu madre dentro de un mes?
—¡Fue un acto de legítima defensa! —protesté, escondiendo la cabeza entre los cojines—. Me llamó desastre, Alba. Dijo que Carlos era un santo y que yo solita me cargaba todas mis relaciones. Me hirvió la sangre.
—A mí me parece una genialidad —intervino Bea, incorporándose de golpe con los ojos brillando—.
Parece el argumento de una de esas novelas románticas que me encantan.
Vic, tienes que ir a verle. Ahora mismo.
Le echas cara, le pones ojitos de cordero degollado, le explicas que tu hermana es una víbora y le pides que actúe.
Al fin y al cabo, es interiorista. ¡Fingir espacios e identidades es lo suyo!
—No puedo presentarme en su casa y decirle: "Hola, Jaime, ¿te apetece fingir que me amas delante de mis tíos de Burgos?" —gemí, horrorizada.
—Claro que puedes —sentenció Alba, dándome un empujón hacia el pasillo—. Te pones el mono vaquero que te queda espectacular, vas a su piso y juegas limpio. Cuéntale la verdad. Si el tío tiene dos dedos de frente y le gustas la mitad de lo que parece, aceptará el trato. Muévete, Victoria.
—No sé…
Alba puso los ojos en blanco y más manos en la cadera.
—¡Arriba! ¡Es una orden!
Tanto Bea como yo nos pusimos de pie de golpe.
—Señor, sí, señor
Media hora después, mis pies me llevaban de vuelta al portal de Jaime.
El corazón me iba a tantas revoluciones que temía que saliera despedido de mi pecho.
No llamé al telefonillo; tuve la suerte (o la desgracia) de que un vecino salía en ese momento, así que me colé y subí los tres pisos a toda prisa antes de perder el valor.
Cuando llamé a su puerta, tardó unos segundos en abrir. Apareció con el pelo un poco mojado, unos pantalones de chándal grises y una camiseta blanca. Estaba jodidamente guapo incluso en modo casero.
—¿Vic? —parpadeó, sorprendido, pero una sonrisa enorme se dibujó en sus labios de inmediato—. Esto sí que es una sorpresa. ¿Te has dejado algo anoche o es que no podías vivir sin mi rissoto?
—Jaime, hola. Necesito... necesito pedirte un favor. Un favor de dimensiones apocalípticas —solté sin respirar, apretando las manos contra el bolso.
Él arqueó una ceja, intrigado por mi nivel de histeria, y se apartó para dejarme pasar.
—Pasa, Victoria. Cuéntame qué es lo que ocurre que ha hecho que estés así. De hecho, estaba a punto de pedir unas pizzas para cenar. Te quedas, ¿no?
—Acepto la pizza, pero primero escúchame —me planté en mitad de su salón, inspirando hondo—.
He tenido una reunión con mi hermana Elena para el cumpleaños de mi madre.
Se ha puesto insoportable. Ha empezado a decir que soy un desastre, que Carlos era un santo...
mi ex —expliqué rápidamente poniendo los ojos en blanco—.
Y me he vuelto loca. Le he dicho que tengo una nueva pareja estable, que es interiorista, que tiene un estudio de éxito y que lo voy a llevar a la fiesta familiar.
Jaime, por favor, dime que vas a ayudarme. Te lo agradecería eternamente.
Hubo un silencio de unos segundos que me pareció una eternidad. Me tapé la cara, esperando su risa o su negativa. Pero cuando bajé las manos, Jaime me miraba con los ojos entrecerrados y una sonrisa absolutamente divertida.
—O sea —resumió, cruzándose de brazos—, ¿que me estás pidiendo que sea tu novio de alquiler delante de toda tu familia?
—Solo unas horas. Luego podemos inventar que hemos tenido una ruptura madura y dolorosa —supliqué, dando un paso hacia él—. Sé que es una locura, pero…
—Fingir.
—Sí.
—¿Quieres que finjamos que estamos saliendo?
Casi parecía que iba a echarse a reír pero ignoré ese detalle. Lo necesitaba en esa comida familiar y estaba dispuesta a negociar cualquier cosa.
—Sí, solo serán unas horas, de verdad…
—Ajá.
Se llevó una mano a los labios y asintió lentamente con la cabeza.
—¿Entonces lo harás? Si quieres…
—Acepto —interrumpió él, dando un paso adelante, acortando la distancia.
—¿Qué? ¿En serio? —parpadeé, sorprendida de no tener que usar todo un repertorio de frases sobre motivación, amistad y ayuda al prójimo que había estado con mis amigas buscando por internet y que Bea me había hecho aprender de memoria.
—Con una condición, Victoria —su voz bajó, volviéndose peligrosamente cálida—. Quiero que realmente parezcas enamorada de mí ese día. Y ahora, vamos a cenar esa pizza, que tenemos que ensayar nuestra maravillosa historia de amor.
La cena fue maravillosa. Entre bocado y bocado de pizza de carne y cuatro quesos(a la mierda la dieta) y tragos de cerveza, inventamos cómo nos habíamos conocido, cuánto tiempo llevábamos saliendo en secreto y cuáles eran nuestras supuestas manías en pareja.
Jaime no paraba de bromear, haciéndome cosquillas o robándome patatas, logrando que los nervios de la mentira se transformaran en una complicidad que me resultaba deliciosa.
A medianoche, insistió en acompañarme a casa. Caminamos por las calles semivacías. Su mano iba firmemente entrelazada con la mía, y sus dedos acariciaban mi muñeca con un ritmo constante que me volvía loca.
Cuando llegamos a mi portal nos detuvimos y me giré, quedando atrapada entre su cuerpo y la madera de la puerta.
—Gracias por lo de hoy, Jaime. De verdad. Eres mi héroe —susurré intentando bromear, mirándole a los ojos.
—No soy un héroe, Victoria. Solo soy un hombre que está dispuesto a hacer cualquier cosa por ti —murmuró con una sonrisa arrebatadora.
Puse los ojos en blanco.
—Ya, sí, claro.
—Digo la verdad…
Jaime se inclinó y sus labios buscaron los míos con una urgencia que me dejó sin respiración.
El beso empezó con fuerza, un choque de labios hambrientos que llevaba días contenido.
Su lengua delineó mi boca, pidiendo paso, y yo me abrí a él dispuesta a perderme por completo.
Me pegué a su pecho, enredando mis manos en su pelo corto, mientras él me subía un poco por la cintura, pegando mis caderas a las suyas.
Fue un beso apasionado, húmedo y cuando Jaime mordió mi labio inferior dejé escapar un gemido bajito contra su boca.
Sentía que la calle desaparecía y que solo existía el calor de su cuerpo contra el mío.
Nos separamos un milímetro, jadeando, con los labios hinchados y los ojos encendidos de puro deseo. Jaime me miró, con la respiración entrecortada, acariciándome la mejilla con el pulgar.
—Joder, Victoria... —susurró, con la voz rota.
Lo miré, sintiendo un torbellino salvaje en el estómago, y tomé la decisión que llevaba retrasando demasiado tiempo. Saqué las llaves del portal del bolso, abrí la puerta sin romper el contacto visual y le dediqué una sonrisa algo nerviosa, cargada de intención.
—¿Quieres subir a tomar una última copa? —le propuse, con la voz temblorosa pero segura.
Jaime sonrió, una sonrisa que hacía días me volvía loca, y entró detrás de mí antes de que la puerta se cerrara del todo.