¿Esto ha sido un flechazo? Capítulo 11
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Capítulo 11

El olor a canela y a café con leche del Café de la Luz solía tener un efecto calmante en mí, pero esta mañana el ambiente me resultaba claustrofóbico. Elena ya había desplegado sobre la mesa de madera tres libretas de colores, un organizador semanal y un bolígrafo de cuatro colores.

—A ver, Vic, céntrate —dijo mi hermana, dándole un golpecito a la mesa con el boli—.

Para el catering he pensado en el sitio aquel de la moraleja.

Es fino, es elegante y a las amigas de mamá de la urbanización les va a encantar.

Que por cierto, tienes que encargarte tú del diseño de las invitaciones digitales.

Algo sobrio, ¿vale? Nada de tus cosas modernas y abstractas.

—Hola a ti también, Elen —suspiré, dándole un sorbo a mi cruasán a la plancha—. Sí, claro. Yo me encargo del diseño. Pero tampoco hace falta que parezca la invitación a una boda real. Mamá cumple sesenta, no abdica del trono.

Elena suspiró, mirándome por encima de sus gafas redondas con esa mirada de hermana mayor que lleva treinta y dos años ensayando. Esa mirada que decía: "eres un desastre flotante y yo tengo una hipoteca, dos niños y un SUV".

—Es que tú te lo tomas todo a broma, Victoria.

Pero la vida pasa. Mamá cumple sesenta. Yo ya tengo la vida organizada.

Y tú... bueno, tú sigues viviendo de alquiler, cambiando logotipos por las noches y sin mirar al futuro.

Va siendo hora de asentar la cabeza, ¿no crees?

De buscar algo estable. Casarse, formar una familia... Un proyecto de vida de verdad.

Sentí que el cruasán se me atascaba en la garganta. La eterna cantinela.

—Tengo un proyecto de vida de verdad, Elena —respondí, intentando mantener la voz calmada—. Mi trabajo funciona. Pago mis facturas. Y estoy muy feliz con mi rutina.

—Ya, pero sola —soltó ella como quien dice que tengo una enfermedad rara—. Que, por cierto, ¿Carlos va a venir a la fiesta? Le tengo que apuntar en la lista de confirmados. Supongo que le apetecerá ver a la familia.

Respiré hondo, agarrando la taza de café como si fuera un escudo.

—Carlos no va a venir. Lo dejamos hace tres meses, Elena.

Mi hermana se quedó con el bolígrafo suspendido en el aire. Parpadeó dos veces, completamente descolocada.

—¿Cómo que lo habéis dejado? ¿Pero qué me estás contando? ¿Por qué? ¡Si Carlos era un buen hombre, Victoria! Un chico educado, con un trabajo estable en el banco, que te quería con locura. No vas a encontrar a nadie que te aguante como él. ¿Qué habrás hecho esta vez?

La palabra "buen hombre" me golpeó el pecho con la fuerza de un camión de mercancías. La rabia, una rabia caliente, sorda y acumulada durante meses de asfixia y llamadas, me subió por el cuello a la velocidad de la luz.

—¿Qué habré hecho yo? —repetí, y esta vez mi voz tembló, pero de pura indignación—.

Elena, tú no tienes ni puñetera idea de lo que pasaba dentro de esa casa.

No sabías lo que era sentir que cada decisión que tomabas era juzgada.

No sabías lo que era que te controlaran los horarios, los amigos y hasta el color de la ropa bajo el mantra de que "te quieren con locura". No lo conocías.

Elena abrió la boca para replicar, pero no la dejé. El dolor de recordar la ruptura me nubló el juicio.

—Y para tu información —añadí, poniéndome en pie de golpe y clavándole la mirada—, no fui yo quien cortó la relación. Fue él. Decidió que yo no era lo suficientemente moldeable para sus planes de futuro. Así que deja de asumir que el desastre siempre soy yo.

—Vic, yo no quería... —intentó recular Elena, asustada por mi reacción. La cafetería entera se había quedado en silencio.

Pero la adrenalina y la rabia ya habían tomado el control de mi cerebro. Necesitaba salir de allí, necesitaba cerrarle la boca a mi hermana y demostrarle que mi vida no era un solar en ruinas. Así que, en un acto de pura demencia transitoria, solté la mayor mentira de mi historia.

—De hecho, no voy a ir sola al cumpleaños de mamá —sentencié, guardando el monedero en el bolso con manos temblorosas—.

Tengo otra pareja. Un hombre maravilloso, inteligente, que me respeta y que tiene un estudio de interiorismo de éxito, por si te preocupa su estatus.

Y lo voy a llevar a la fiesta para que lo conozcáis todos.

Elena se quedó petrificada, con los ojos como platos.

—¿Una... una nueva pareja? —tartamudeó—. ¿Tan pronto? ¿Y quién es?

—Ya lo verás en el cumpleaños. Que pases una buena mañana, Elena. Te mando los bocetos de las invitaciones mañana.

Me di la vuelta y salí del Café de la Luz a zancadas, con los tacones golpeando el suelo y el corazón desbocado. En cuanto crucé la esquina y el aire fresco de la calle me dio en la cara, me detuve en seco contra una pared.

Me llevé las manos a la cabeza.

¿Pero qué demonios acabo de hacer? Le había dicho a mi hermana que Jaime era mi pareja.

Y lo peor de todo: me había comprometido a llevarlo a una cena familiar con mis tíos, mis padres y la mirada inquisidora de Elena dentro de tres semanas.

Jaime, el hombre al que le había tirado un vaso de agua encima el otro día y con el que solo me había dado un beso a medias anoche.

Saqué el móvil del bolso notando los primeros síntomas de un ataque de pánico. Tenía que llamar a Alba y a Bea. Esto ya no era un código rojo. Esto era una emergencia internacional.