Capítulo 10
Me estiré. Llevaba horas trabajando en el proyecto.
Era verdad que me costaba concentrarme al empezar, pero una vez que me ponía en serio podían pasar horas y no darme cuenta del tiempo.
El móvil vibró sobre la mesa de la cocina.
Miré el nombre en la pantalla. Sentí que la energía se me escapaba por los pies.
Carlos.
Llevaba llamando toda la semana. Cerré los ojos, frustrada. Era una bonita forma de que alguien me jodiera la tarde del viernes.
—Se acabó —murmuré para mí misma.
No descolgué. Entré directamente en los ajustes del contacto, deslicé el dedo hacia abajo y pulsé el botón rojo: Bloquear este contacto.
Fue un clic seco, casi imperceptible, pero el alivio que inundó mi pecho fue tan real que solté una bocanada de aire retenido.
Adiós, Carlos. Adiós al control, a la culpa y a las llamadas a deshora. La puerta se había cerrado por fin.
Dos horas más tarde, me encontraba frente al portal del edificio de Jaime, a apenas diez minutos andando de mi casa. Me había puesto un mono corto negro y unas sandalias planas (esta vez sin tacones suicidas). Cuando llamé al telefonillo, su voz profunda me dio el saludo de entrada.
Su piso era exactamente como me lo había imaginado: techos altos con vigas de madera, paredes de ladrillo original combinadas con microcemento, plantas de hojas gigantescas en cada esquina y una iluminación indirecta que creaba una atmósfera cálida, casi irreal.
Él me recibió descalzo, con unos vaqueros beis y una camiseta gris básica que le quedaba como un guante.
Llevaba un delantal negro atado a la cintura y un trapo de cocina al hombro.
—Bienvenida a mi guarida, Victoria —sonrió, dándome dos besos en las mejillas que me dejaron la piel temblando—. Llegas justo a tiempo. Estoy preparando un rissoto de setas y trufa que va a redefinir tus estándares culinarios.
—Eso son expectativas muy altas —bromeé, dejándole una botella de vino blanco bien frío sobre la encimera de la cocina americana—. Vengo dispuesta a juzgarte con dureza.
La cena fue un despliegue de complicidad.
Jaime me dio una copa de vino, me sentó en una banqueta alta junto a la isla de la cocina y me hizo participar picando un poco de perejil, lo que terminó en un debate entre risas sobre si mis cortes eran "demasiado vanguardistas" para su plato tradicional.
Había algo profundamente íntimo en verlo moverse en su espacio, tan seguro, tan en su sitio.
De vez en cuando, al pasar a mi lado para coger una cuchara o la pimienta, su cadera rozaba la mía.
Un roce sutil que encendía una hoguera lenta en mi interior.
Cenamos en una mesa baja cerca del balcón abierto, con el rumor de la noche de fondo.
El rissoto estaba espectacular, pero lo mejor seguía siendo él.
Descubrí que tenía un sentido del humor afilado y una sensibilidad que me desarmaba cuando hablaba de cómo le gustaba devolverle la vida a los edificios viejos de la ciudad.
Al terminar, Jaime dejó su copa en la mesa y se inclinó hacia mí. El ambiente cambió de golpe. La diversión de las risas dio paso a una densidad magnética que flotaba en el aire. Sus ojos se clavaron en mis labios con una fijeza que me hizo contener el aliento.
—Victoria —murmuró, acortando los centímetros que nos separaban—. Llevo toda la semana pensando en ti. Y hoy no hay nadie que nos salve.
—No sé si quiero que me salven —admití en un susurro, sintiendo que el corazón me iba a mil por hora.
Jaime estiró la mano, acunando mi mejilla con una delicadeza increíble.
Sus dedos, cálidos y firmes, me recorrieron la mandíbula hasta posarse en mi nuca.
Se inclinó despacio, dándome tiempo a retirarme, pero yo solo quería avanzar.
Cuando sus labios rozaron los míos, sentí un escalofrío salvaje que me recorrió toda la columna.
Fue un beso lento, suave, saboreando el vino, un encuentro que empezó como una caricia y fue ganando intensidad.
Su boca encajaba a la perfección con la mía, presionando con una urgencia contenida que me hizo aferrarme a sus hombros.
El mundo se detuvo. Los píxeles, Carlos, Madrid... todo se borró.
Hasta que el móvil que yo había dejado sobre la mesa de centro empezó a sonar. No era el tono de llamada estándar. Era una melodía de piano saltarina.
Nos separamos a milímetros, con la respiración entrecortada y los labios encendidos. Jaime soltó una risa ahogada, apoyando su frente contra la mía.
—No me lo puedo creer. Tienes una maldición o algo con los teléfonos, ¿no? —bromeó, sin soltarme la cintura.
Miré de reojo la pantalla. Esta vez no era Carlos. Tampoco podía serlo. Lo había bloqueado hacía unas horas. Era la foto de mi hermana Elena parpadeando en la pantalla.
—Es mi hermana —dije, recuperando el aire y sintiendo un pinchazo de realidad—. Lo siento, Jaime. Elena nunca llama a estas horas a menos que pase algo con mi madre. Tengo que cogerlo.
—Tranquila, coge —asintió él, apartándose un poco para darme espacio, aunque su mirada seguía fija en mí.
Desbloqueé y me puse el teléfono en la oreja.
—¿Elena? ¿Pasa algo?
—¡Vic! Menos mal que me lo coges —la voz de mi hermana sonó acelerada, con ese tono de pánico que tanto la caracterizaba—.
A ver, no te asustes, mamá está perfectamente.
Pero acabo de mirar el calendario y queda justo un mes para su sesenta cumpleaños.
¡Los sesenta, Vic! Hay que organizar algo grande.
Una fiesta sorpresa, la familia, las amigas de la urbanización, todo.
Necesito que nos pongamos ya con ello porque yo sola con los niños no llevo la vida.
¿Te viene bien que empecemos a mirarlo mañana mismo?
Miré a Jaime, que me observaba desde el sofá con una sonrisa comprensiva, cruzado de brazos de esa forma que hacía que sus bíceps se marcaran. El calor del beso seguía quemándome los labios, pero el deber familiar —y el torbellino de mi hermana— acababa de interrumpir la velada.
—Sí, claro, Elena —suspiré, pasándome una mano por la frente—. Mañana lo organizamos juntas. No te preocupes.
Colgué el teléfono y miré a Jaime, mordiéndome el labio con una mezcla de timidez y disculpa. La cita de ensueño acababa de transformarse en algo incómodo. Sonreí tal vez con demasiada exageración y él alzó una ceja.
—Te tienes que ir —adivinó.
—Lo siento… tengo que…
—No —interrumpió él acercándose a mí y silenciandome con los dedos en mis labios—. No tienes que darme ninguna explicación. No vayamos a transformar lo nuestro en una obligación ahora.
Lo miré sorprendida un momento, después sonreí, poniéndome de puntillas para darle un rápido beso en los labios.
—Tienes razón.
Decidí no darle explicaciones de por qué había visto la necesidad de disculparme por tener que irme. Había estado tan acostumbrada a la actitud de Carlos, asfixiante y posesiva que parecía que era yo quien me había alejado de una relación sana.
Cuando agarré mi bolso y me di la vuelta para encontrar a Jaime detrás con una sonrisa y las manos en los bolsillos mirándome mientras había la puerta, tuve la sensación de que esta vez sí había escogido bien.