¿Esto ha sido un flechazo? Capítulo 18
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Capítulo 18

La Moraleja en un sábado de verano lucía una de esas estampas de revista de decoración que a mí siempre me daban un poco de urticaria.

El césped estaba cortado milimétricamente, los rosales de mi madre resplandecían bajo el sol y un catering con camareros uniformados se movía con soltura alrededor de las mesas bajas del porche.

—Respira, Víctoria —murmuró Jaime al bajar del coche, entrelazando sus dedos con los míos—. Tienes los dedos tan rígidos que pareces un muñeco de Lego.

—Es el efecto colateral de entrar en zona de exclusión familiar —admití, intentando sonreír mientras caminábamos hacia el jardín.

No tardamos ni dos minutos en ser interceptados.

Elena apareció de entre los invitados como un misil tierra-aire, sosteniendo una copa de champán y luciendo un vestido sastre que gritaba "tengo el control absoluto del evento".

Su mirada escaneó a Jaime de arriba abajo, deteniéndose en sus zapatillas blancas impecables y en su camisa antes de fijarse en mí con las cejas firmemente arqueadas.

—Vaya, Victoria, puntualidad británica. Un milagro —soltó mi hermana, dándome dos besos rápidos que apenas rozaron el aire—. Así que este es...

—Jaime Gómez —intervino él con una soltura pasmosa, dando un paso al frente y extendiéndole la mano con una sonrisa que habría desarmado al mismísimo cuerpo diplomático—.

Un auténtico placer, Elena. Victoria me ha hablado muchísimo de ti y de tu increíble capacidad de organización.

Tengo que decir que el montaje del jardín te ha quedado impecable.

La paleta de blancos y verdes es todo un acierto para esta luz.

Elena parpadeó, completamente descolocada. Supongo que esperaba otra cosa y más al conocer su profesión y se había topado con un interiorista de éxito que hablaba su mismo idioma de diseño estético.

—Ah. Bueno... gracias. Sí, las hortensias costaron lo suyo —reculó ella, suavizando la expresión de golpe—. Pasa, por favor. Mamá está cerca de la piscina.

El primer encuentro con el resto de la familia fue el verdadero choque de trenes.

En cuanto mi madre nos vio acercarnos, su cara de felicidad por su sesenta cumpleaños se mezcló con una confusión absoluta.

Mis tíos de Burgos, que estaban debatiendo sobre el sector inmobiliario junto a la barra, se quedaron en silencio.

—¿Victoria, cariño? ¿Y Carlos? —preguntó mi madre, dándome un abrazo cariñoso pero mirando a Jaime con los ojos como platos—. Pensábamos que vendría contigo. Tu padre le había reservado un sitio en la mesa principal. No nos habías dicho nada de que... bueno, de que tenías un invitado.

Sentí que el estómago se me cerraba de golpe.

La mirada inquisidora de mi tía abuela Matilde ya me estaba perforando el cráneo.

Pero antes de que yo pudiera empezar a tartamudear cualquier cosa, Jaime dio un paso al frente de forma natural, rodeándome la cintura con el brazo con una familiaridad tan perfecta que por un momento contuve la respiración.

—Es un placer conocerla, Carmen. Y felicidades —dijo Jaime, entregándole un ramo de peonías blancas que habíamos comprado en el centro—.

Le pido disculpas por la sorpresa. Victoria y yo queríamos llevar las cosas con total discreción durante los primeros meses para darnos espacio, pero en un día tan importante como sus sesenta años, yo no podía faltar.

Carlos es parte del pasado de su hija; yo espero ser el presente y futuro.

Un murmullo sutil recorrió el porche. Mi tía Matilde se recolocó las perlas, mi padre asintió con un gesto de aprobación al ver la imponente figura de Jaime y mi madre, completamente encandilada por las peonías y los modales del "nuevo", le dedicó una sonrisa radiante.

—Vaya... pues qué sorpresa tan maravillosa. Pasa, Jaime, por favor. Hay que buscarte un sitio al lado de Victoria ahora mismo —sentenció mi madre, cogiéndole del brazo como si lo conociera de toda la vida.

La comida fue un despliegue del "efecto Jaime".

A los cuarenta minutos de estar sentados en la mesa larga bajo el cenador, Jaime ya se había ganado hasta al último miembro del clan Slogan.

Le explicó a mi padre las tendencias de rehabilitación en los palacetes del centro de Madrid, debatió con mi tío sobre el precio del suelo y terminó ayudando a mi madre a cortar la tarta mientras le guiñaba un ojo a Elena, que ya le miraba como si fuera el cuñado ideal que siempre había querido para mí.

Yo le observaba desde mi silla, con una copa de vino blanco en la mano y el corazón latiendo a un ritmo lento pero profundamente intenso.

Verle moverse así, defendiéndome sin necesidad de usar la fuerza, camuflando lo ocurrido la noche anterior con Carlos bajo una capa de pura madurez y encanto, me hizo darme cuenta de algo definitivo.

Ya no era un juego. Estaba colgadísima de él.

A las ocho de la tarde, tras una ronda de cafés y despedidas cargadas de "tienes que traerle más a menudo, Vic", nos subimos por fin al coche.

La ciudad nos recibió con ese tono violáceo del atardecer que tanto me gustaba.

El silencio en el habitáculo era cómodo, roto solo por el zumbido del aire acondicionado.

Cuando Jaime aparcó el coche frente a mi portal, apagó el motor y se quedó mirando al frente un segundo antes de girarse hacia mí. Se quitó el cinturón de seguridad y me clavó esa mirada que siempre me hacía perder el norte.

—Bueno, Victoria —dijo con una media sonrisa—. Creo que he superado el examen. Tu hermana Elena me ha dado su bendición implícita y tu tía Matilde creo que me ha guiñado un ojo al despedirse.

—Has estado increíble, Jaime. De verdad —susurré, acortando la distancia entre los dos en el asiento del copiloto—. No sé cómo pagarte esto. Le has cerrado la boca a mi hermana y has hecho que mi madre se olvide de Carlos en tres horas. Eres mi ídolo. Mereces un Óscar.

La diversión de los ojos de Jaime desapareció de golpe, sustituida por algo cálido y abrumador que me congeló la respiración. Estiró la mano, acunando mi mejilla con sus dedos cálidos, obligándome a sostenerle la mirada.

—Ese es el problema, Victoria —murmuró, con esa voz grave que me bajaba directa al estómago—.

Que hoy no he actuado ni un solo segundo.

Todo lo que le he dicho a tu madre, la forma en que te he cogido de la mano y cómo te he mirado delante de tu familia...

ha sido la verdad más absoluta que he dicho en mucho tiempo.

El corazón me dio un vuelco salvaje.

—Jaime... —alcancé a decir en un hilo de voz.

—Estoy enamorado de ti, Victoria. Y estoy muy cansado de jugar a eso de “finjamos ser novios frente a mi familia” o a los amigos que se acuestan  —dio un paso más, pegando sus labios casi a los míos en la penumbra del coche—.

Así que te lo voy a pedir aquí. Victoria Slogan, ¿quieres ser mi novia? De verdad. Con todas las consecuencias.

Me quedé mirándolo, sintiendo que una oleada de pura felicidad me borraba de un plumazo todos los miedos, las sombras del pasado y los píxeles del trabajo. Le eché los brazos al cuello, rompiendo la última barrera que nos separaba, y le busqué la boca con una urgencia deliciosa.

—Sí, coño, sí —respondí entre el beso, riéndome y llorando a la vez contra sus labios—. Quiero ser tu novia. Toda tuya.

Jaime soltó una carcajada y me apretó contra su pecho, sellando el trato con un beso profundo que nos devolvió a la realidad de la forma más bonita posible.