¿Esto ha sido un flechazo? Capítulo 8
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Capítulo 8

Entré en el portal arrastrando las zapatillas de lona, subí los tres pisos de escaleras como si flotara sobre una nube de gominola y, en cuanto crucé el umbral de mi casa, saqué el móvil del bolso dispuesto a enfrentarme a la realidad.

La pantalla era un festival de notificaciones: seis llamadas perdidas de Carlos y un mensaje de texto que ni me molesté en abrir.

Sentí que una oleada de irritación me sustituía el subidón de endorfinas.

¿En serio? Cuatro años juntos y parecía que se le había olvidado por completo que yo ya no le pertenecía, que mi tiempo era mío y que si no respondía al teléfono era, sencillamente, porque no me daba la gana.

Me molestaba profundamente esa insistencia casi paternalista, ese control encubierto camuflado de preocupación que tanto daño nos había hecho al final de la relación.

Decidí ignorarlo. No iba a permitir que Carlos se cobrara otra víctima emocional esta noche.

Lancé el bolso sobre el sofá y, antes de que pudiera ducharme, la pantalla se iluminó con una videollamada entrante de Facetime. El emisor: Las Supremas de Malasaña. Sonreí y descolgué.

—¡Por fin! ¡Venga, habla, Vic, o me da un síncope aquí mismo! —chilló Bea, que aparecía en la pantalla con una mascarilla verde de arcilla en la cara y abrazada a un peluche gigante de color rosa.

Alba apareció en el otro cuadrante de la pantalla, sentada en su cama con el pijama de rayas puesto, mirando a la cámara con los ojos entornados, analizando cada milímetro de mi expresión.

—Esa cara te delata, cariño —sentenció Alba, apuntándome con un bolígrafo—. Esa cara es de pura felicidad. Desembucha. ¿Hubo o no hubo beso?

—¡Casi! —exclamé, dejándome caer de espaldas sobre la cama, tapándome la cara con los brazos mientras soltaba una risa histérica—. Chicas, es que no os lo vais a creer. Íbamos paseando, se me ha roto el tacón de la sandalia nueva en mitad de un adoquín...

—¡Te lo dije! ¡Las sandalias de Stradivarius las carga el diablo! —interrumpió Bea, dándole un trago a su copa.

—Déjala hablar, Bea —le siseó Alba.

—El caso es que me ha atrapado en el aire, me ha llevado descalza a su estudio, me ha prestado unas zapatillas de su tamaño y hemos cenado tan a gusto.

Hay una química brutal, de verdad. Es superatento, maduro, divertido...

Y cuando me ha dejado en el portal, me ha acorralado contra la puerta.

Estábamos a esto —hice un gesto con los dedos pegados— de besarnos.

Sentía hasta su respiración. Y entonces... ha sonado mi móvil.

—¡No! —gritaron las dos a la vez.

—Sí. Tres veces seguidas. Nos ha dado la risa floja y al final me ha besado en la comisura de los labios, me ha dicho "buenas noches, Victoria" con esa voz de hombre del Renacimiento que tiene y se ha ido. Estoy atontada, os lo juro. Hacía siglos que no sentía este hormigueo en el estómago.

—Oye, pues me parece un caballero —aprobó Alba, cruzándose de brazos—. Que te coma la boca en la primera cita está bien, pero dejarte con las ganas y jugar al despiste en el portal... Eso es de profesional. Te tiene ganada, Vic.

—Totalmente —secundó Bea, limpiándose un poco de arcilla de la frente—. ¿Y quién era el imbécil que llamaba? Porque si es Movistar para ofrecerte fibra óptica, voy yo misma a quemar las oficinas.

El subidón bajó un pelín. Me incorporé en la cama, apoyando la espalda en el cabecero.

—Carlos —suspiré.

Alba puso los ojos en blanco tan fuerte que temí por sus globos oculares. Bea soltó un bufido.

—¿Otra vez? Pero si le dejaste las cosas claras —dijo Alba, adoptando su tono más serio—.

Vic, ten cuidado. Carlos no está encajando bien que pases página.

Él es el que primero quiere espacio y todo ese rollo y ahora que ve que tú lo estás superando ya no le gusta la idea.

Esa insistencia ya no es amor, es orgullo herido y necesidad de control.

Quiere comprobar si sigues disponible en su banquillo por si acaso.

—Lo sé —admití, sintiendo un cansancio repentino—. Estoy empezando a estar muy harta. No se da cuenta de que cada llamada me aleja más de él. Pero bueno, no quiero pensar en eso ahora. Mañana será otro día. Me voy a la ducha, que huelo fatal.

—¡Cuéntanos si te escribe por la noche! —pidió Bea antes de colgar.

Media hora después, ya duchada, con el pelo húmedo y mi pijama más cómodo, me metí entre las sábanas limpias.

El piso estaba en silencio, solo roto por el zumbido lejano del tráfico de la calle.

Me quedé mirando el techo, con una sonrisa boba regresando a mis labios al recordar el tacto de la mano de Jaime entrelazada con la mía.

"Buenas noches, Victoria", repetí mentalmente, imitando su tono grave.

Qué jodidamente bien sonaba mi nombre en su boca.

Estaba a punto de cerrar los ojos, completamente entregada al limbo del enamoramiento incipiente, cuando la mesilla de noche volvió a cobrar vida.

El móvil vibró sobre la madera. Vibró, vibró y vibró.

Giré la cabeza, con el corazón dándome un vuelco desagradable. Miré la pantalla. Carlos. Otra vez. A las doce y media.

Me quedé de piedra, mirando el nombre parpadear en la penumbra de la habitación.

No contesté. No pensaba hacerlo. Dejé que el teléfono sonara hasta que se agotó la melodía y la habitación volvió a quedar a oscuras, pero el ambiente ya se había enturbiado.

La sombra del pasado se negaba a dejarme avanzar en paz.