¿Esto ha sido un flechazo? Capítulo 7
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Capítulo 7

—Tienes razón —dije, esbozando una sonrisa a medias mientras metía el móvil en el fondo de mi bolso de tela como quien entierra un residuo radiactivo—. La música de aquí dentro mola mucho más. Además, las bravas se están enfriando y eso sí que es un pecado de proporciones bíblicas.

Jaime arqueó una ceja, captando al vuelo mi necesidad imperiosa de cambiar de tema. Su mirada escaneó mi rostro durante medio segundo, asegurándose de que estaba entera, y luego regresó ese brillo inteligente a sus ojos.

—Me alegra que recuperes tus prioridades, Victoria. El pimentón de la Vera no espera a nadie —asintió, dándole un buen trago a su caña—. Por cierto, no me has contado de dónde viene tu obsesión con las croquetas. ¿Hablamos de un trauma infantil o de un paladar sibarita?

Agradecí el capote mental con el alma. Durante la siguiente hora, Carlos y sus mensajes desesperados quedaron sepultados bajo anécdotas de mi abuela Concha —que según yo, hacía las mejores croquetas de jamón del hemisferio norte—, debates intensos sobre si la tortilla de patatas debe llevar cebolla (ambos estuvimos de acuerdo en que la concepción sin cebolla es un error de la naturaleza) y risas que se mezclaban con el ruido de las copas de la taberna.

Cuando salimos a la calle, el aire se había refrescado un poco, convirtiéndose en esa brisa deliciosa de las noches de verano que te invita a alargar los paseos.

Yo caminaba con mis zapatillas de lona blancas un par de tallas más grandes, arrastrando un poco los pies de forma cómica, y Jaime me rodeaba los hombros con el brazo, manteniéndome pegada a su costado.

Su calor corporal era como un imán. Cada vez que su cadera chocaba contra la mía al andar, sentía un respingo en la boca del estómago.

—¿Segura de que no prefieres que cojamos un taxi? —preguntó, mirándome desde arriba con una sonrisa de medio lado mientras enfilábamos la cuesta de San Justo hacia la plaza Mayor.

—Ni hablar. Hay que amortizar estas zapatillas de pintor —bromeé, ajustándome la cazadora vaquera sobre los hombros—. Además, me gusta caminar.

Cruzamos el centro charlando a paso lento, disfrutando de la ciudad iluminada, hasta que por fin nos plantamos frente al portal de mi edificio.

Las luces de las farolas de la calle peinaban la fachada de piedra y los balcones de forja.

Nos detuvimos justo en el umbral, bajo el arco de madera antigua.

Me giré para quedar frente a él. La distancia entre nuestros cuerpos se redujo a lo mínimo.

Podía oler perfectamente su perfume mezclado con el toque cítrico de la ginebra que nos habíamos tomado al principio de la noche.

Jaime dio un paso más, acorralándome sutilmente contra la puerta del portal.

Apoyó una mano en la madera, justo al lado de mi cabeza, y bajó la mirada hacia mis labios con una intensidad que me hizo contener el aliento.

El silencio que se instaló entre los dos fue denso, cargado de una promesa que llevaba cocinándose desde el momento en que le tiré el agua encima en la Latina.

El aire quemaba. Su otra mano subió por mi cintura, despacio, haciendo que el tejido satinado del vestido champán se deslizara sobre mi piel.

Me incliné hacia él de forma casi magnética, cerrando los ojos, esperando el impacto de sus labios contra los míos.

Y entonces... ¡RIING!

El tono de llamada estándar de iPhone estalló desde el interior de mi bolso con la sutileza de una banda de cornetas y tambores en un monasterio zen.

Los dos nos congelamos a milímetros de distancia. Abrí los ojos, horrorizada. Jaime soltó un bufido de frustración contenido, pero la comisura de sus labios se torció hacia arriba.

—No puede ser —murmuré, deseando que el suelo se abriera y me tragara.

La llamada se cortó. Nos miramos fijamente, retomando el hilo de la respiración. Jaime volvió a inclinar la cabeza, dispuesto a ignorar la dichosa interrupción pero antes de que pudiera rozar mi boca... ¡RIING! de nuevo.

Nos quedamos estáticos. A la tercera vibración consecutiva, Jaime soltó una carcajada, echando la cabeza hacia atrás, y yo me tapé la cara con las manos, riéndome de pura desesperación.

—Definitivamente, Victoria —dijo él, recuperando el aliento mientras me quitaba las manos de la cara con suavidad—, tu vida tiene una banda sonora muy inoportuna.

—Te juro que voy a tirar ese aparato al Manzanares mañana mismo —protesté, roja como un tomate.

—No lo hagas, que luego ¿cómo te voy a proponer la segunda cita? —Jaime me sostuvo la mirada, sus ojos brillando con una ternura y una seguridad que me desarmaron por completo.

Se inclinó despacio, esquivando el ruido persistente del bolso, y en lugar de buscar mis labios, depositó un beso cálido y deliberado justo en la comisura de mi boca. Sus labios rozaron el límite de los míos, dejándome una sensación de hormigueo salvaje que me bajó por toda la columna vertebral.

—Buenas noches, Victoria —susurró contra mi piel, con esa voz grave que me hacía derretir.

Dio un paso atrás, metiéndose las manos en los bolsillos de los vaqueros, y me dedicó una última mirada antes de darse la vuelta y caminar calle abajo bajo la luz de las farolas.

Me quedé apoyada en la puerta del portal, tocándome la comisura de los labios con las yemas de los dedos, con el corazón en la garganta y una sonrisa de boba absoluta. El móvil seguía sonando en el bolso, pero en ese momento, me importaba una mierda.