Capítulo 6
Caminar descalza con un vestido de seda champán es una experiencia que recomiendo firmemente si lo que buscas es sentirte la protagonista de una película indie francesa.
El suelo de Madrid conservaba el calor del día, y la textura de las piedras bajo mis pies descalzos me conectaba a la tierra de una forma casi mística.
Pero lo que de verdad me mantenía flotando no era el asfalto caliente. Era la mano de Jaime.
Su agarre era firme, protector y jodidamente cálido. De vez en cuando, con el pulgar, me acariciaba el dorso de la mano de forma inconsciente, enviando descargas eléctricas directamente a mi zona de peligro.
—Espera aquí un segundo —me dijo de pronto, deteniéndome frente a un portal antiguo con un cartel de madera que rezaba Estudio Gómez Interiorismo.
—¿Este es tu cuartel general? —pregunté, apoyando la espalda contra la fachada de piedra para darle un descanso a mis pies.
—El mismo. No te muevas. Si viene la policía a multarte por vagabundismo, diles que eres mi musa —guiñó un ojo y desapareció tras la puerta de madera.
Tardó menos de tres minutos. Cuando regresó, traía en la mano un par de zapatillas de lona blancas, de esas clásicas tipo Victoria, visiblemente usadas pero limpias.
—Son del último proyecto que hicimos. Las compramos para pintar un mural y se quedaron en el almacén —se agachó frente a mí, apoyando una rodilla en el suelo sin importarle ensuciar sus vaqueros oscuros—. A ver Cenicienta, introduce el pie. Son una talla treinta y ocho. Espero que cuadre.
Me apoyé en su hombro para mantener el equilibrio mientras me calzaba las zapatillas.
Me quedaban un pelín grandes, pero en ese momento me parecieron el calzado más glamuroso del planeta.
Al levantarme, me miré los pies y luego el vestido satinado.
El contraste era… bueno, no estaba tan mal. Un desastre deliciosamente chic.
—Estás increíble, Victoria.Tienes un rollo callejero que me va a costar asimilar —bromeó, poniéndose en pie.
Al enderezarse, se quedó demasiado cerca.
Tanto que su pecho rozó sutilmente el mío.
Se hizo el silencio en el callejón. Jaime bajó la mirada hacia mis labios y yo contuve el aliento, sintiendo que la temperatura subía diez grados de golpe.
Su mano libre subió despacio por mi brazo, dejando un rastro de piel de gallina a su paso, hasta posarse en mi nuca.
Sus dedos se enredaron suavemente en mi pelo corto.
Podía sentir los latidos de su corazón, rápidos, acompasados con los míos.
Parecía que iba a besarme. Deseé que me besara.
Pero entonces, con una lentitud tortuosa, se limitó a rozar con su pulgar mi mejilla y sonrió de lado, apartándose un milímetro.
—Vamos a por esas bravas antes de que me muerda la lengua.
Cabrón. Un cabrón encantador que sabía perfectamente lo que hacía. Me dejó con la miel en los labios y las hormonas haciendo la ola mientras me guiaba hacia la taberna.
El sitio era un rincón clandestino con paredes de ladrillo, barriles de madera a modo de mesas y un olor a ajo y pimentón que abría el apetito a cualquiera.
Nos sentamos en dos taburetes altos en una esquina apartada.
Pedimos una ración de bravas de las de verdad —con la salsa picante secreta de la casa—, unos pimientos de Padrón y dos cañas bien tiradas.
La conversación fluyó con una facilidad pasmosa.
Hablamos de nuestros trabajos, de lo caótico que era ser autónomo en España y de nuestras manías más absurdas.
Descubrí que Jaime odiaba que la gente doblara las esquinas de las páginas de los libros y que yo no podía dormir si la puerta del armario estaba entreabierta.
Nos reímos tanto que me dolió el estómago.
Había una complicidad tan limpia, sazonada con esas miradas intensas de reojo y esos roces fortuitos de rodillas bajo la mesa, que por un momento olvidé que el mundo exterior existía.
Hasta que el bolso empezó a vibrar.
Al principio lo ignoré. Estaba demasiado concentrada en la forma en que Jaime gesticulaba con sus manos grandes mientras me explicaba cómo había restaurado un teatro antiguo. Pero la vibración cesó y, a los cinco segundos, volvió a empezar. Y otra vez.
—¿No vas a contestar? Puede ser algo importante —comentó Jaime, señalando con la cabeza el bolso de tela que colgaba del taburete.
—Será Bea para saber si sigo viva —le resté importancia, sacando el móvil dispuestos a ponerlo en silencio.
Pero no era Bea.
En la pantalla aparecían tres llamadas perdidas de Carlos. Y justo en ese instante, saltó un mensaje de texto largo, un bloque de letras grises que ocupaba media pantalla. Mis ojos lo leyeron casi sin querer:
"Vic, por favor, cógeme el teléfono. Sé que estás con él. Te vi anoche en la Latina y hoy en la plaza estabas rara. No puedo dejar de pensar en lo que dijiste. He ido a nuestro antiguo bar y todo me recuerda a ti. No me hagas esto, no me dejes así después de cuatro años. Te echo de menos."
El estómago se me cerró de golpe y ahogué una arcada. La culpa, esa vieja amiga no invitada, se coló por la rendija de mi burbuja de felicidad. Me quedé mirando la pantalla fija, con el rostro desencajado.
Jaime, que no se perdía un solo detalle, dejó su vaso de cerveza en la mesa y se inclinó hacia mí. La diversión de sus ojos desapareció, sustituida por una mirada analítica, seria y extrañamente comprensiva.
—¿Todo bien? ¿Malas noticias? —dijo, con esa voz grave que parecía capaz de calmar cualquier tormenta—. Tienes cara de haber visto a un fantasma.
Me tragué el nudo de la garganta y apagué la pantalla del móvil, dejándolo boca abajo sobre la madera del barril.
—A un fantasma —admití en un hilo de voz, sintiéndome de repente muy vulnerable bajo su mirada—. Un fantasma del pasado que insiste en no querer ser pasado.
No estoy segura de sí entendió la referencia, a lo que realmente me refería pero Jaime no se puso a la defensiva, lo cual me sorprendió gratamente. Simplemente estiró la mano sobre la mesa y envolvió mis dedos fríos con los suyos, dándome un apretón suave, un ancla en mitad de mi caos mental.
—El pasado a veces es muy ruidoso, Vic —murmuró, sosteniéndome la mirada—. Pero tú eres la que decide si le subes el volumen o si cambias de canción. Y yo, personalmente, prefiero la música que está sonando aquí dentro ahora mismo.
El aire se volvió mucho más ligero de golpe. Carlos seguía ahí, en una pantalla apagada, pero Jaime estaba delante de mí con una madurez que me desarmó por completo.