Capítulo 5
En menos de veinte minutos mi habitación parecía el escenario de un crimen. Había vaqueros tirados por el suelo, vestidos colgando de las lámparas y camisetas esparcidas por la cama como si un tornado hubiera pasado exclusivamente por mi armario.
—No, no y definitivamente no —sentenció Alba, lanzando un vestido negro de punto hacia la pila de los descartes—. Vic, vas a tomar unas cañas, no a un funeral. Necesitas algo que diga "soy sofisticada pero me como las alitas de pollo con las manos".
—¡Eso no existe, Alba! —protesté, sentada en el suelo en ropa interior, desesperada—. O eres sofisticada o comes alitas con las manos. Las dos cosas juntas son un oximorón del estilismo.
—Existe, existe —intervino Bea, saliendo de mi baño con un bote de laca en una mano y un vestido de tirantes satinado de color champán en la otra—.
Mirad esto. Es sencillo, es sexy, cae como el agua y si le metes una cazadora vaquera por encima y unas sandalias de esparto altas, rompes el rollo arreglado. Estarás para que te coman a besos.
Me probé el vestido champán bajo la estricta supervisión de mis amigas.
El tejido de seda se deslizaba bien, insinuando las curvas justas sin marcar de más, y el escote en la espalda me hacía sentir peligrosamente atractiva.
Alba asintió con la cabeza, lo que equivalía a una ovación en el Congreso de los Diputados, y Bea soltó un grito de aprobación mientras me rociaba con mi perfume de vainilla.
—Estás espectacular, Vic —murmuró Bea, guiñándome un ojo—. Ahora ve allí, mantén la calma y recuerda: si te toca la mano de casualidad por encima de la mesa, no retires el brazo como si te hubiera dado un calambre. Deja que fluya.
A las ocho y media de la tarde, bajé las escaleras de mi edificio sintiéndome como una versión mejorada de mí misma.
La ciudad seguía derritiéndose de calor, pero el atardecer teñía el cielo de un tono rosa y anaranjado precioso que se colaba entre los callejones.
Decidí ir andando para calmar los nervios, disfrutando del bullicio de la calle Huertas, el trasiego de turistas y los madrileños que abarrotaban las terrazas.
Habíamos quedado en la puerta del teatro Español.
Divisé a Jaime desde lejos y el corazón me dio un vuelco tan violento que casi me frena los pies.
Llevaba unos vaqueros oscuros, unas zapatillas blancas impolutas y una camiseta azul marino de manga corta.
Estaba apoyado en una de las columnas, mirando distraído el reloj. Tenía una percha imponente.
—Hola, Victoria —sonrió en cuanto me vio acercarme. Sus ojos brillaron de una forma que me hizo olvidar instantáneamente las tres horas de debate sobre el vestuario—. Estás... jodidamente guapa. El vestido te sienta espectacular.
Noté como el corazón volvía a darme un vuelco aunque decidí ignorarlo.
—Gracias. Mis amigas lo escogieron por mí —admití sin filtros, haciéndole reír—. Veo que has optado por el azul. Menos propenso a las manchas, apruebo la elección.
—Aprendo rápido —me tendió el brazo con un gesto caballeroso y divertido—. Vámonos antes de que la plaza se llene más. He reservado en una taberna escondida que hacen las mejores bravas de la ciudad, pero el camino es un poco empinado.
—Puedo con ello —aseguré con orgullo, echando a caminar.
Gran error.
Llevábamos apenas cinco minutos andando, bajando por una calle adoquinada bastante estrecha, cuando la rueda de mi sandalia derecha decidió que era un buen momento para encajarse en la rendija de dos adoquines mal puestos.
Di un paso, el zapato se quedó clavado y escuché un sonoro y catastrófico ¡CRAC! .
El equilibrio me abandonó por completo. Solté un gritito y caí hacia delante, directa al suelo.
Pero el suelo nunca llegó. Dos brazos firmes, anchos y asombrosamente rápidos me atraparon por la cintura antes de que mis rodillas tocaran el asfalto.
El impacto me estampó directamente contra el pecho de Jaime.
Mi rostro quedó a escasos centímetros de su cuello; pude oler su colonia, notar el calor de su piel y la dureza de sus músculos bajo la camiseta.
Contuve ruidosamente la respiración.
A ver, siendo justa conmigo misma, la verdad era que andaba bastante necesitada últimamente.
La última vez que había tenido sexo o algo parecido a eso había sido desde mucho antes de la ruptura con Carlos y Jaime no era precisamente alguien que no despertara un apetito interesante en lo más profundo de mi cuerpo.
—¿Estás bien? —preguntó con su aliento cosquilleandome la coronilla. Me sostenía con una fuerza increíble, manteniéndome pegada a él.
—Físicamente sí. Psicológicamente... acabo de perder un miembro de mi familia zapateril —logré decir, roja como un tomate, mirando hacia el suelo.
Mi sandalia derecha estaba huérfana. El tacón de madera se había partido limpiamente por la mitad, quedándose atascado en el adoquín como la espada Excalibur en la roca.
Jaime miró el zapato roto, luego me miró a mí y, en lugar de poner cara de fastidio o de lástima, soltó una carcajada. Me bajó con suavidad hasta que pude apoyar el pie sano en el suelo, pero no me soltó la cintura.
—Definitivamente, Victoria, contigo las citas no son aburridas —dijo, con los ojos llenos de diversión—. En la inauguración me empapas, y hoy intentas hacer un aterrizaje forzoso contra el pavimento.
—Te lo advertí —protesté, apoyándome en su hombro para no caerme—. Soy un peligro público. Ahora mismo tengo la altura de una modelo en un pie y de un Hobbit en el otro. ¿Qué se supone que hacemos ahora? No puedo andar así hasta la taberna.
Jaime miró a los lados del callejón. Estábamos en una zona residencial tranquila, sin tiendas cerca. Se agachó, sacó el tacón roto del adoquín con un tirón seco y me lo entregó. Luego, se enderezó y se cruzó de brazos, mirándome de arriba abajo con esa media sonrisa picara.
—Bueno, tenemos dos opciones —propuso, dando un paso más hacia mí, acortando el espacio hasta que nuestras respiraciones se cruzaron—. Opción A: te llevo en brazos al estilo película romántica de Hollywood por mitad de Huertas, lo cual va a ser un espectáculo digno de ver. O la opción B...
—¿Cuál es la opción B? —pregunté, tragando saliva, completamente hipnotizada por la cercanía de sus labios.
—La opción B es que te quites la otra sandalia, vayas descalza por el centro de Madrid como una auténtica rebelde y yo te sujete de la mano todo el camino para que no pises ningún cristal.
Me quedé mirándolo. La tensión entre los dos se volvió a encender, lenta pero abrasadora. No había prisa por besarnos, no hacía falta; el juego de miradas, la forma en que su mano seguía rozando mi cadera y la locura de la situación eran más que suficientes para hacerme arder por dentro.
—Elijo la opción B —dije, desabrochándome la sandalia izquierda con una sonrisa desafiante—. Pero más te vale cumplir tu promesa, Jaime. Si piso un chicle, la culpa será tuya. Y créeme, no te gustará verme medio histérica.
Él extendió su mano, grande y cálida, y entrelazó sus dedos con los míos con una firmeza que me hizo estremecer ensanchando la sonrisa.
—Eso está por verse. Vamos a cenar.