¿Esto ha sido un flechazo? Capitulo 4
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Capitulo 4

—De ninguna de las maneras vas a ir sola —sentenció Alba, cruzándose de brazos con la misma firmeza con la que defendería a un inocente ante el Tribunal Supremo—.

Carlos tiene esa voz de cordero degollado que te ablanda las entrañas.

Vas a ir, vas a coger tus libros de diseño, que valen una pasta y los necesitas para trabajar, y te vas a largar.

Sin la cañita de turno, sin recordar el verano en Asturias y sin "ay, Vic, qué pena lo nuestro".

—Pero es que me da vergüenza aparecer con vosotras como si fuera con un cuerpo de escoltas —protesté, mirando el mensaje de Carlos en la pantalla del móvil. El corazón todavía me iba a mil por hora.

—Es que no vas a ir con nosotras —intervino Bea, con los ojos brillando de pura emoción maquiavélica—.

Nosotras seremos tus ángeles de Charlie.

Tus fuerzas especiales. Estaremos allí, camufladas entre el paisaje, vigilando cada uno de tus movimientos.

Si vemos que la conversación se alarga más de diez minutos o que él te toca el brazo y tú pones cara de Bambi desamparado, activamos el código rojo.

—¿Código rojo? —arqueé una ceja, medio divertida, medio aterrada.

—Aparezco yo gritando que se te está inundando el piso o que te ha llamado un cliente millonario —explicó Bea con total seriedad—. Nos sentaremos en la terraza de enfrente. Gafas de sol gigantes, un periódico con dos agujeros si hace falta. No nos va a ver. Pero tú sabrás que estamos ahí.

Pasé la siguiente hora debatiéndome entre el sentido común y la necesidad física de recuperar mis manuales de tipografía.

Al final, el pragmatismo —y la presión de mis amigas — ganó.

Le contesté a Carlos con un mensaje escueto: "Hola.

Me viene bien. Quedamos a las cinco en la plaza de San Ildefonso, en los bancos de piedra.

Trae la caja, por favor". No hubo emoticonos.

No hubo preguntas sobre su vida. Un hito histórico en mi proceso de superación.

A las cinco menos cinco, el calor seguía siendo sofocante, de ese que te pega la ropa a la espalda en cuanto das tres pasos.

Me senté en uno de los bancos de la plaza, abrazando mis rodillas.

A unos veinte metros, sentadas en la terraza de un café bajo una sombrilla, Alba y Bea disimulaban de una forma completamente ridícula.

Bea llevaba un sombrero de paja gigante que parecía una parábola de satélite y Alba fingía leer un libro de derecho civil al revés.

Les mandé una mirada de advertencia, pero ellas ni se inmutaron.

Eran profesionales de hacer el ridículo y pasar olímpicamente de ellos.

—Hola, Vic.

La voz de Carlos me hizo dar un respingo.

Apareció por el lateral de la plaza, vistiendo una de esas camisas que yo misma le había ayudado a elegir el verano pasado.

Llevaba una caja de cartón mediana entre los brazos.

Físicamente seguía siendo el mismo: el pelo castaño perfectamente recortado y peinado hacia atrás, la sonrisa tímida, el aire de chico bueno que nunca ha roto un plato.

Pero al mirarlo, sentí algo extraño. El estómago no me dio un vuelco.

No hubo fuegos artificiales. Solo una punzada de nostalgia, como cuando ves una foto vieja de un viaje que ya casi no recuerdas.

—Hola, Carlos —me levanté del banco, manteniendo las distancias.

—Estás... muy guapa. Te sienta bien el pelo un poco más corto —dijo, dejando la caja sobre el banco de piedra. Intentó dar un paso para darme dos besos, pero yo di medio paso atrás de forma sutil, extendiendo las manos hacia la caja.

—Gracias. Bueno, aquí están los libros —comenté, echando un vistazo al interior. Efectivamente, ahí estaba mi biblia de la Bauhaus y varios cuadernos de bocetos—. Te agradezco que me los hayas traído. Pensé que se habían perdido en la mudanza.

—Ya... Los encontré ayer buscando unas herramientas —Carlos se metió las manos en los bolsillos de los pantalones cortos, balanceándose sobre los talones.

El ambiente se volvió incómodo—. Vic... ¿cómo estás?

Te noto... distante. Hace tres meses que no sé nada de ti.

Me dolió que me bloquearas de Instagram.

—Era lo mejor para los dos, Carlos —respondí con suavidad pero con firmeza. De reojo, vi que Bea se recolocaba las gafas de sol y se inclinaba hacia delante en su silla. La infantería estaba alerta—. Necesitaba espacio. Y tú también.

—Ya, pero... no sé. Echo de menos hablar contigo. Nadie me entiende como tú, Vic. He estado pensando mucho en lo que pasó. Quizá nos precipitamos. Las parejas pasan por baches, y nosotros tiramos la toalla demasiado pronto.

Ahí estaba. El anzuelo. El clásico "nos precipitamos" que tantas noches me había hecho llorar en posición fetal.

Miré a Carlos y, por un segundo, me dio pena.

Pena de nosotros, de lo que fuimos, de la comodidad de lo conocido.

Pero entonces, la imagen de Jaime anoche en la terraza, con su risa, su seguridad y esa forma de mirarme que prometía un mundo entero por descubrir, me cruzó la mente como un relámpago.

Carlos era el pasado. Un pasado cómodo, pero roto. Y yo quería el futuro.

—No nos precipitamos, Carlos —le dije, mirándolo directamente a los ojos. Mi voz sonó más segura de lo que esperaba—. Lo intentamos durante cuatro años. Nos quisimos mucho, pero se acabó. Y está bien que se haya acabado. Nos estábamos haciendo daño.

Carlos parpadeó, sorprendido por mi frialdad. Supongo que esperaba encontrar a la Victoria que se deshacía en lágrimas con la menor muestra de afecto.

—¿Hay... hay alguien más? —preguntó de repente, con un toque de orgullo herido en la voz.

Justo en ese preciso instante el móvil que llevaba en la mano vibró. La pantalla se iluminó. Era un mensaje de WhatsApp. Un número sin guardar.

"He estado pensando que el agua con gas es demasiado peligrosa para nuestra primera cita. ¿Qué tal si arriesgamos con unas cervezas y unas bravas mañana por la noche? Prometo llevar una camisa que se pueda lavar fácil. Jaime."

Una sonrisa involuntaria, de esas que no puedes frenar aunque te vaya la vida en ello, se me dibujó en la cara. Carlos la vio. Siguió la dirección de mi mirada hacia la pantalla del teléfono. Su rostro se ensombreció.

—Ya veo —murmuró, dando un paso atrás—. Así que por eso tenías tanta prisa por recuperar los libros.

—No tiene nada que ver con esto, Carlos —dije, bloqueando la pantalla, aunque el corazón me latía con fuerza, esta vez de pura emoción—. Esto es por mí. Por nosotros. Lo nuestro se terminó antes de que apareciera nadie más.

Cogí la caja de cartón entre mis brazos. Pesaba, pero la carga emocional que me acababa de quitar de encima había pesado mucho más.

—Gracias por los libros. Que te vaya muy bien, de verdad —añadí, dándome la vuelta antes de que él pudiera decir nada más.

Caminé a paso firme hacia la terraza donde Alba y Bea ya estaban dejando el dinero de los cafés sobre la mesa, listas para escoltarme en la retirada. Al cruzar la calle, me eché a reír con ganas, sintiéndome libre por primera vez en meses.

—¡Esa es mi chica! —chilló Bea, enganchándose de mi brazo izquierdo mientras Alba cogía el derecho—. ¡Menuda cobra emocional le has hecho! Hemos estado a punto de lanzar el código rojo, pero te has defendido como una leona.

—¿Y esa sonrisa? —preguntó Alba, mirándome con astucia—. A ti te ha entrado un mensaje justo cuando el susodicho se ha puesto melodramático. Confiesa. ¿El interiorista ha movido ficha?

Apreté la caja contra mi pecho y sacudí la cabeza con energía.

—Ha movido ficha —admití, mordiéndome el labio—. Mañana hemos quedado.