Capitulo 3
Nunca falla. No hay mañana de resaca en la que no salga el sol. Entra impasible, directo a los ojos, como un rayo láser dispuesto a recordarte que ya no tienes veinte años y que tres gin-tonics son, oficialmente, un intento de homicidio involuntario.
Me tapé la cabeza con la almohada, pero el olor a café recién hecho y el ruido de la batidora destrozaron mi último intento de seguir en el limbo.
—¡Victoria Eugenia! ¡Arriba! Si yo estoy despierta después de haber tenido que aguantar a un procurador pesado anoche, tú también —la voz de Alba retumbó desde el pasillo, seguida del eco de sus tacones.
—Buenos días, bella durmiente —canturreó Bea, empujando una taza de café con leche hacia mí—. Bebe. No hagas preguntas. Luego nos cuentas por qué tienes esa sonrisa de boba pegada a la cara si se supone que estás sufriendo.
—No tengo ninguna sonrisa —mentí, dándole un sorbo al café que me quemó hasta las pestañas—. Tengo espasmos faciales por la deshidratación. Buenos días a ti también, Albi. ¿Por qué estás trabajando un domingo?
—Porque el crimen no descansa, Vic. Y mis ganas de cotillear, tampoco —Alba cerró la tapa del portátil de un golpe seco y me miró fijamente por encima de sus gafas—.
A ver. Desenrolla la alfombra roja. Anoche te perdimos la pista durante dos horas en la terraza.
Luego bajaste, nos dijiste que estabas cansada, te subiste a un Cabify sola y aquí estamos. ¿Qué pasó con el tío bueno?
Me senté en la banqueta de la cocina, abrazando la taza caliente. El recuerdo de Jaime apoyado en la barandilla, con los ojos brillando bajo las bombillas de la terraza, me golpeó el estómago con una fuerza que me hizo contener el aliento. Dios, hacía meses que no sentía ese vuelco.
—No pasó nada —admití, sintiendo un cosquilleo ridículo en el estómago—. Hablamos. Mucho. Me contó que el local lo había diseñado él. Es encantador, chicas. Divertido. De los que te miran a los ojos cuando hablas y no al escote o al móvil.
—Esos son los más peligrosos —sentenció Alba, cruzándose de brazos—. Los que van de caballeros intelectuales y luego resulta que tienen tres novias en Tinder y un trauma sin resolver con su madre.
—No seas cínica, Albi —le reprochó Bea, apoyando los codos en la encimera—. Cuéntame el salseo, Vic. ¿Hubo beso? ¿Hincharon el perro? ¿Hubo rocel?
—¡Que no! —me reí, tapándome la cara con las manos—. Os he dicho que fue todo bonito. Tensión de la buena. Estábamos tan cerca que podía oler su perfume, pero ninguno dio el paso. Fue... precioso, la verdad.
—¿Y el final de la película? —insistió Bea con los ojos abiertos de par en par—. No me digas que te despediste con un apretón de manos como si fuera una entrevista de trabajo de InfoJobs.
—Me pidió el teléfono. Bueno, en realidad, cogió mi móvil, se apuntó él mismo y me mandó un mensaje para que me quedara con su número —saqué el teléfono del bolsillo de los shorts y lo desbloqueé con manos un poco temblorosas—. Mirad.
Alba y Bea se abalanzaron sobre la pantalla como dos pirañas en un río del Amazonas. En la pantalla de WhatsApp solo había un chat nuevo de un número no guardado. El mensaje decía:
"Para que no te olvides de que me debes una camisa. O una cena con croquetas. Soy Jaime."
—Vale, tiene puntos —aprobó Alba, ajustándose las gafas—. El toque de las croquetas demuestra que ha prestado atención a la conversación. Le doy un siete de diez.
—¿Un siete? ¡Es un diez! —chilló Bea—. ¡Te ha dejado la pelota en tu tejado, Vic! ¿Qué le vas a contestar? Tienes que escribirle ya. Algo casual pero que deje claro que no estás desesperada, pero que sí quieres verle. Ponle un emoji de un fantasma. No, mejor un tigre.
—¿Un tigre? Bea, por favor, déjame gestionar esto —resoplé, bloqueando el móvil otra vez—. No le voy a escribir todavía. Es domingo por la mañana. Estará durmiendo o... yo qué sé. Además, tengo que procesarlo. Todavía me siento un poco rara.
La cocina se quedó en silencio un segundo. Alba suspiró y me puso una mano cálida sobre el hombro. Su faceta de sargento desapareció en un parpadeo, dejando ver a la amiga que me había sostenido el pelo mientras lloraba en el baño tres meses atrás.
—¿Es por Carlos? —preguntó con suavidad.
Sentí un nudo molesto en la garganta. El fantasma de mi ex siempre aparecía cuando las cosas empezaban a ir demasiado bien, como un recordatorio de que el amor también podía romperse en mil pedazos sin previo aviso.
—Un poco —reconocí, mirando el fondo de mi taza de café—.
Es que... con Jaime sentí algo que no sentía desde hace años.
Esa chispa. Y me da pánico. Me da pánico volver a meterme en una historia, ilusionarme, cambiar mi rutina, abrirme a alguien...
para que luego pase lo mismo. Acabo de reconstruir mi vida sola en este piso.
No sé si estoy lista para que alguien me la desordene otra vez.
—Vic —Bea se acercó y me dio un abrazo de lado—.
Desordenar la vida es lo único que hace que valga la pena vivirla.
Carlos fue un capítulo largo, sí, pero ya se ha terminado.
No puedes leer el resto del libro si te quedas atascada releyendo la misma página.
Además, mira el lado bueno: Dijiste que Jaime es interiorista, ¿no?
Si te desordena la vida, al menos te la dejará bien decorada.
No pude evitar soltar una carcajada entre dientes. Mis amigas eran insoportables, pero eran mi mejor medicina.
Justo en ese momento, el móvil vibró sobre la mesa de la cocina. El sonido hizo que las tres diésemos un respingo. Volví a mirar la pantalla. No era Jaime.
Era un mensaje de Carlos.
"Hola, Vic. Sé que es domingo y probablemente estés descansando, pero he encontrado una caja con tus libros de diseño en el trastero. ¿Te viene bien que me pase esta tarde a dejártelos y tomamos algo?"
El estómago se me cayó directamente a los pies. Miré a Alba y a Bea.
—Estupendo —soltó Bea mirando la pantalla del móvil cuando lo volví a dejar sobre la mesa—. Y ahí está de nuevo la misma página aburrida del libro que no deja que sigas avanzando con tu vida.