¿Esto ha sido un flechazo? Capitulo 2
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Capitulo 2

El camino hacia la terraza trasera de El Escondite era una gymkana de hombros ajenos, disculpas a medias y cruces de miradas.

Yo iba delante, consciente de cada uno de mis pasos y de cómo el vestido verde se movía con el vaivén de mis caderas.

Detrás, a una distancia prudencial pero lo suficientemente cerca como para sentir su sombra, venía Jaime.

Justo cuando enfilaba el pasillo que llevaba a las escaleras coloniales, una mano con las uñas pintadas de un fucsia estridente me atrapó del brazo con la fuerza de un pulpo polizón.

—¿A dónde vas, Juana de Arco? ¿Y quién es el maromo que llevas detrás? —susurró Bea en mi oreja, camuflada detrás de una planta de hojas gigantes.

Alba apareció a su lado, sosteniendo dos de los tres gin-tonics que se suponía que debíamos tomarnos juntas. Tenía los ojos como platos de postre.

—Vic, por el amor de Dios, dime que no estás intentando ahogar tus penas con el primer modelo de pasarela que has encontrado tirado por el suelo —masculló Alba en un tono preocupado—. Que te conocemos. Luego lloras con las canciones de Taylor Swift.

—Chicas, por favor —susurré, intentando sonreír hacia el frente para que Jaime, que se había detenido un par de pasos atrás mirando discretamente su móvil, no se diera cuenta de que estaba siendo el centro de un comité de evaluación—.

Ha sido un accidente. Le he tirado el agua encima.

Le voy a pagar una copa. Un acto de caridad cristiana.

—Sí, claro. Y yo soy monja de clausura —se mofó Bea, entornando los ojos—.

El tío está tremendo. Tiene unos brazos que podrían reescribir la historia de España.

No la cages. Si necesitas que finjamos un secuestro o que tu tía abuela se ha caído por el hueco del ascensor para escapar, nos mandas un emoji de berenjena.

—¿Una berenjena? ¿En serio? —protesté, conteniendo la risa—. Me voy. No me esperéis despiertas.

—¡Usa protección emocional, Victoria Eugenia! —me lanzó Alba como última advertencia mientras yo me daba la vuelta con mi mejor sonrisa de "aquí no ha pasado nada".

Jaime guardó el teléfono en el bolsillo de los vaqueros en cuanto me vio regresar. Su mirada recorrió el espacio donde mis amigas disimulaban —bastante mal, cabe decir, porque Bea se había puesto a mirar fijamente un cuadro abstracto al revés— y luego se posó en mí, divertido.

—¿Has pasado el control de aduanas? —preguntó, con ese tono socarrón que empezaba a ponerme nerviosa.

—Más o menos. Han revisado mi visado y creen que soy un peligro público —respondí, subiendo el primer escalón—. Por aquí.

La terraza de arriba era un remanso de paz comparada con el hervidero de la planta baja.

El suelo era de madera, iluminado por hileras de bombillas amarillas de verbena que cruzaban de un lado a otro.

Había pocos sofás de mimbre, mucha vegetación y una brisa ligera que, por fin, daba un respiro al calor de la capital.

Desde la barandilla se veían los tejados de teja roja de La Latina y, al fondo, la silueta iluminada de la cúpula de San Francisco el Grande.

Nos acercamos a una pequeña barra secundaria que estaba prácticamente vacía. El camarero, un chico joven con pajarita, nos atendió al instante.

—Dos gin-tonics de Nordés, por favor. Con tónica ligera y un toque de uva —pidió Jaime sin pestañear, mirándome de reojo—. Supongo que te va el rollo afrutado pero seco, ¿me equivoco?

—Has acertado —admití, sorprendida—. Aunque después de lo de abajo, deberías haberme pedido un babero.

—El babero te lo voy a pedir yo a ti si vuelves a mirarme con esa cara de culpabilidad —se apoyó de espaldas en la barra, cruzando los tobillos. La camisa blanca seguía teniendo un cerco húmedo en el pecho, pero a él no parecía importarle mucho—. Cuéntame, Victoria, ¿a qué te dedicas?

—Soy diseñadora gráfica —dije, aceptando la copa que el camarero me tendía—.

Hago branding, logotipos, maquetación...

Básicamente, peleo con clientes que quieren que el logo sea "más grande y que resalte más" pero no saben lo que significa el espacio en blanco.

Freelance, para más señas. O lo que es lo mismo: mi propia jefa y mi propia esclava. ¿Y tú? Déjame adivinar...

Lo miré de arriba abajo con descaro, intentando jugar a su mismo juego. Tenía unas manos grandes, con los dedos largos y un reloj de cuero oscuro que gritaba "tengo buen gusto pero no necesito presumir".

—A ver, sácame el perfil —bromeó él, dándole un sorbo a su copa. Sus ojos marrones verdosos brillaron bajo la luz de las bombillas.

—Mmm... Tienes pinta de arquitecto. O algo creativo. De los que usan libretas de Moleskine negras y se quejan de la gentrificación mientras se toman un café de especialidad de cuatro euros en Malasaña.

Jaime soltó una carcajada que hizo que un par de personas se giraran. Tenía una risa contagiosa.

—Casi, pero no. Te has ido muy arriba —negó con la cabeza—.

Soy interiorista. Trabajo reformando locales, pisos antiguos, ese tipo de cosas.

De hecho... —hizo un gesto con la mano, señalando las lámparas de mimbre y la disposición de las plantas de la terraza—.

Este sitio es obra de mi estudio. Lo inauguramos hoy oficialmente.

Me quedé con la copa a mitad de camino hacia la boca.

—O sea, que te he tirado un vaso de agua encima, en tu propio local, el día de tu propia inauguración —resumí, sintiendo que el trago de ginebra bajaba raspando—. Definitivamente, Dios me da sus peores batallas a mí porque sabe que soy un meme andante.

—Oye, pues míralo por el lado bueno —Jaime dio un paso hacia mí, reduciendo la distancia entre nuestros cuerpos a apenas unos centímetros.

El calor que desprendía era casi palpable, y su perfume se mezcló con el olor a menta de las copas—.

Ha sido la mejor inauguración de mi vida.

Nadie me había bautizado con tanta energía.

El tono de su voz bajó ligeramente, volviéndose más íntimo.

La música de abajo llegaba amortiguada, como si el resto del mundo se hubiera desvanecido un poco.

Mis ojos bajaron un segundo hacia sus labios, que estaban peligrosamente cerca, y luego subieron hacia los suyos.

Había una tensión extraña flotando entre nosotros, una especie de imán que nos empujaba a acercarnos pero que el sentido común —o lo que quedaba de él— nos obligaba a frenar.

—No te confíes, Jaime —le advertí en un susurro, sosteniéndole la mirada con toda la valentía que pude reunir—. Aún no me has visto con un plato de croquetas cerca. Eso sí que es deporte de riesgo.

Él volvió a reír.

—Estoy dispuesto a correr el riesgo. De hecho, me encantan los desafíos.