¿Esto ha sido un flechazo?
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Capitulo 1
Madrid en julio es una sauna flotante con asfalto derretido y terrazas llenas. El termómetro de la plaza de la Cebada marcaba treinta y ocho grados a las ocho de la tarde, y yo sentía que mi dignidad se estaba evaporando al mismo ritmo que el hielo de mi tinto de verano.
—Victoria, de verdad, cierra la boca que te va a entrar una mosca —soltó Alba, dándole un trago largo a su cerveza—. Y deja de mirar el móvil. No te va a escribir. Y si lo hace, va a ser para pedirte que le devuelvas la suscripción de Netflix.
—No estoy mirando si me escribe —mentí descaradamente, bloqueando la pantalla por vigésima vez en diez minutos—. Estoy mirando... la hora. Porque tengo cosas que hacer. Vidas que salvar. Trabajo.
—Eres diseñadora gráfica freelance, Vic.
Tu mayor urgencia hoy es decidir si el fondo del catálogo de sandalias es beige o blanco roto —intervino Bea, acomodándose las gafas de sol sobre la cabeza mientras devoraba un cuenco de altramuces—.
Además, hace tres meses que cortaste con Carlos.
Ya va siendo hora de que entierres el cadáver emocional.
—No es un cadáver. Es un... zombi. A veces da señales de vida —suspiré, apoyando la barbilla en la palma de la mano—. Es que se me hace raro. Cuatro años juntos. ¿Y ahora qué? ¿Fingimos que no sabemos cómo prefiere el café el otro? Es ridículo.
Alba y Bea se miraron. Esa mirada. La que cruzaban cuando consideraban que mi salud mental estaba rozando el subsuelo.
Eran mis pilares desde la universidad, las únicas capaces de decirme que llevaba la falda metida por dentro de las bragas o que estaba siendo una patética sin paños calientes.
Alba era la sensatez personificada, una abogada que vestía de marca pero tenía el alma de una rockera.
Bea, por el contrario, era puro poder creativo, una florista que cambiaba de novio como de manicura y que creía firmemente que el universo nos mandaba señales a través de las canciones del hilo musical del supermercado.
—Lo que es ridículo es que lleves noventa días encerrada en tu piso hablando con tus plantas —sentenció Alba—.
Hoy vas a salir. Y no hablo de tomar una caña y a casa a ver Reels de gatitos.
Hablo de salir. De ponernos tacones, aunque nos duelan los juanetes, y acabar desayunando porras en San Ginés a las seis de la mañana.
—No tengo el cuerpo para resacas, Albi... —protesté, aunque la idea de la grasa y el azúcar a las seis de la mañana empezaba a sonar extrañamente tentadora.
—No se hable más —Bea dio un golpe en la mesa, haciendo tintinear los vasos—. Nos vamos a vestir de pecadoras y vamos a ir a la inauguración del nuevo local de la Latina. Ese que tiene un jardín interior y camareros que parecen esculpidos por Miguel Ángel. Me han dado tres pases VIP.
—¿Pases VIP? ¿Tú? —la miré con sospecha.
—Tengo mis contactos, Slogan —guiñó un ojo—. Venga, muévete. Tienes exactamente una hora para ducharte, quitarte esa cara de "el amor apesta" y ponerte el vestido verde. Sí, ese. El que te llega a mitad del muslo y hace que los hombres olviden su propio nombre.
Dos horas más tarde, el vestido verde de lino estaba cumpliendo su función, o al menos me hacía sentir un poco menos como un fantasma.
Nos bajamos de un Uber en una calle estrecha de La Latina.
El aire aún quemaba, pero Madrid de noche tiene una energía eléctrica que te empuja a cometer errores deliciosos.
El local se llamaba El Escondite. Por fuera parecía una corrala tradicional madrileña, pero al cruzar la puerta de madera oscura te topabas con un oasis de luces tenues, enredaderas que caían del techo, suelo de mosaico hidráulico y una barra de mármol que cruzaba todo el espacio.
La música —un indie pop bailable— envolvía el ambiente sin llegar a ensordecer.
—Vale, retiro lo dicho —murmuré, mirando a mi alrededor—. Esto es precioso.
—Y está lleno de tíos interesantes —añadió Bea, localizando la barra—. Albi, tú consigues hueco. Vic, tú mantén el tipo. Yo voy a por tres gin-tonics antes de que se colapse la noche.
Me quedé un momento sola, apoyada cerca de una de las columnas de hierro forjado, observando el trasiego de la gente. Por un segundo, la punzada de la ausencia regresó. Carlos y yo solíamos descubrir sitios así juntos. Me maldije internamente. Basta, Victoria. Disfruta.
Me giré hacia la barra dispuesta a buscar a Bea, y fue entonces cuando choqué de frente contra un muro de tela vaquera.
El impacto no fue violento, pero mi copa de agua con gas —que llevaba en la mano por pura hidratación previa— terminó salpicando toda la camisa blanca del individuo en cuestión.
—¡Ay, Dios mío! Lo siento muchísimo —exclamé, dando un paso atrás y buscando desesperadamente una servilleta en mi bolso, un pañuelo, lo que fuera—. De verdad, soy una patosa andante. Ha sido sin querer.
—Tranquila, no pasa nada. Estaba limpia, pero ahora por lo menos está fresca —dijo una voz. Una voz profunda, con un deje madrileño muy sutil, de las que raspan un poquito la garganta de forma jodidamente atractiva.
Levanté la vista. Y me olvidé de cómo se respiraba.
El dueño de la camisa empapada era alto.
Mucho. Tuve que inclinar la cabeza hacia atrás para mirarlo a los ojos, que eran de un marrón verdoso, enmarcados por unas pestañas ridículamente largas.
Tenía el pelo castaño, corto pero despeinado y unos labios carnosos.
Pero lo peor —o lo mejor— era la sonrisa que jugaba en las comisuras de sus labios. No estaba enfadado. Estaba divertido.
—De verdad, déjame que te ayude... —insistí, alcanzando por fin una servilleta de papel de la barra y plantándosela en el pecho sin pensar.
En cuanto mi mano tocó la tela húmeda sobre su pectoral, sentí una especie de descarga eléctrica que me recorrió los dedos y subió por el brazo.
Me quedé congelada, con la mano pegada a su pecho, mirándolo fijamente como una imbécil.
Él no se apartó. Al contrario, bajó la mirada hacia mi mano y luego volvió a mirarme a los ojos, ensanchando su sonrisa.
—Agradezco el intento —dijo, atrapando mi muñeca con suavidad. Sus dedos estaban cálidos—. Pero creo que lo único que estás haciendo es desintegrar el papel contra mi ropa.
Me fijé y era verdad. La servilleta barata de bar se había convertido en pelotillas blancas pegadas a su camisa. Sentí que el calor me subía por las mejillas a la velocidad de la luz.
—Tierra, trágame —tapié mi cara con la otra mano—. Oficialmente soy el desastre de la noche. Puedes pedir una orden de alejamiento, lo entenderé.
Él suelta una carcajada limpia, un sonido que se filtró directamente debajo de mi piel.
—No será necesario. Además, la camisa ya necesitaba jubilarse —se sacudió los restos de papel con una mano, sin soltar mi muñeca con la otra hasta que estuvo seguro de que yo no me iba a caer de la vergüenza—. Me llamo Jaime.
—Victoria —logré decir, intentando recuperar mi centro y fallando estrepitosamente—. Pero todo el mundo me llama Vic. Menos mi madre cuando está enfadada, entonces soy Victoria Eugenia y sé que debo correr.
—Encantado, Vic-que-no-corre-de-su-madre —sus ojos brillaron con picardía—. ¿Qué te parece si para compensar el atentado textil me invitas a una copa de verdad? El agua con gas ya veo que la manejas con demasiada soltura.
Me quedé mirándolo, procesando la velocidad de los acontecimientos.
Su cercanía era abrumadora; podía olerlo, podía sentir el calor que desprendía.
Había algo en su forma de mirarme, una atención tan absoluta, que me hizo olvidar por completo el nombre de mi ex, el calor de Madrid y el hecho de que mis amigas probablemente nos estaban observando desde algún rincón.
—Me parece justo, Jaime —sonreí, dando un paso adelante, acortando esa distancia que de repente parecía demasiada—. Pero con una condición.
—Dispara —dijo él, cruzándose de brazos, lo que hizo que sus bices marcaran la tela de la camisa de una forma que debería estar prohibida por la Constitución.
—Yo elijo el sitio. La barra está colapsada y aquí hay demasiado ruido. Sé de un rincón en la terraza de arriba que tiene mejores vistas.
Jaime inclinó la cabeza, su mirada recorriendo lentamente mis labios antes de volver a clavarse en mis ojos. El aire entre los dos se volvió denso, pesado, cargado de una promesa silenciosa que nos hizo contener el aliento a ambos.
—Lidera el camino, Victoria —murmuró, con una voz que prometía que la noche no había hecho más que empezar.