29. Ya no hay vuelta atrás
«El dolor no es una debilidad, es combustible. Cuando el Sujeto Alfa pierde sus anclas emocionales con el mundo de los Mansos, su transición hacia el estado de Geómetra es completa. Ya no siente; ejecuta».
—Estirpes. El Despertar del Brazo
Antonio volvía del taller con las manos en los bolsillos de su cazadora vaquera, forrada de borrego sintético.
Olía a grasa, disolvente y cansancio. Sus manos y espalda parecían de cuarenta años, aunque biológicamente no llegaba a los veinte.
Al girar en Mártires de la Ventilla, el frío invernal le azotó la cara. Pero no fue eso lo que lo detuvo.
Había luces azules parpadeando contra las fachadas de ladrillo visto.
Dos Talbot Horizon del Cuerpo Nacional de Policía bloqueaban la entrada de su portal.
Una ambulancia del SAMUR estaba aparcada en doble fila, con las puertas traseras abiertas, pero los sanitarios no corrían.
Estaban fuera, fumando, apoyados en el capó.
La imagen lo decía todo: llegaba tarde. Lo que había ocurrido, ya había terminado.
Antonio echó a correr por inercia. Sus botas repiqueteaban contra el asfalto. Al llegar al cordón policial, un agente intentó frenarle poniendo una mano en su pecho. Antonio ni siquiera tuvo que empujarlo; su simple envergadura hizo retroceder al policía.
—¡Eh, quieto ahí! —gritó el agente.
—¡Es mi puta casa! —rugió Antonio.
Antes de que pudiera llegar al portal, una mano pequeña y arrugada le agarró de la manga. Era Carmen, la vecina del segundo, envuelta en una bata de boatiné, con la cara desencajada y los ojos hinchados.
—Antonio, hijo… no subas. No subas, por tu madre.
El gigante se quedó paralizado.
—¿Qué ha pasado, Carmen? ¿Dónde está mi padre?
La vecina se echó a llorar, tapándose la boca.
—No es por tu padre. Tu padre no estaba, hijo. Ya sabes cómo es… llevaba dos días sin aparecer. Han venido a cobrar. Han tirado la puerta abajo. Tu madre intentó impedir que se llevaran la televisión.
Carmen se retorció las manos.
—Uno la apartó de un empujón.
Bajó los ojos.
—Cayó contra el radiador…
Cerró la boca.
—Cuando llegaron los vecinos ya no respiraba.
Antonio dejó de escuchar. Miró la ventana de su casa, en el tercer piso.
La luz del salón seguía encendida, amarilla, pobre.
En su mente, vio con absoluta claridad el hueco rectangular y polvoriento en el mueble del salón, con los cables de antena colgando en el vacío.
Ese agujero físico era exactamente el mismo que acababa de abrírsele a él en el pecho.
No gritó. No lloró. Algo dentro de él, la última cuerda que lo mantenía atado a la normalidad, cedió.
La última hebra que aún lo unía al mundo terminó de partirse, sin hacer ruido.
Dos días después. Cementerio de Fuencarral. Madrid
El cielo era una placa de plomo sobre Madrid.
Hacía viento, un viento seco que levantaba el polvo rojo de las tumbas de tierra y se metía en los ojos llorosos de la gente.
El ataúd era de la madera más barata que ofrecía la beneficencia.
No había flores, solo una corona marchita que habían pagado entre tres vecinos.
El padre de Antonio no había aparecido. Tampoco lo había hecho en el tanatorio ni en el hospital.
Antonio permanecía de pie frente al nicho abierto, rígido como una estatua de granito.
Llevaba un traje negro que le quedaba estrecho de hombros, de una liquidación en Bravo Murillo.
No había derramado una sola lágrima en cuarenta y ocho horas.
A tres pasos de él, guardando una distancia respetuosa pero vigilante, se encontraban Carlos y Ramón.
Ramón temblaba de frío en su chándal oscuro, mirando al suelo y dando patadas a las piedras que había a su alrededor.
Carlos, en cambio, llevaba un abrigo de paño negro de corte impecable.
Sus zapatos relucían, limpios, en un contraste insultante con el barro que manchaba las botas de Antonio y de los sepultureros.
En medio de aquella miseria periférica, Carlos parecía un ser intocable bajando al inframundo solo para reclamar lo que era suyo.
Estaba perfectamente quieto, observando a Antonio no con pena, sino con la fascinación de un artesano viendo cómo el fuego templaba el acero.
Cuando los enterradores empujaron la caja hacia el hueco de ladrillo y empezaron a sellarlo con cemento rápido, los pocos vecinos se dispersaron, dando palmaditas huecas en el brazo de Antonio: «Lo siento mucho, chico». «Hay que ser fuerte». Palabras vacías. Palabras de Mansos.
Antonio esperó a estar solo con ellos. El ruido de la paleta untando el cemento era el único sonido en aquella calle de muertos. Carlos dio un paso al frente y se paró junto a él.
—La policía ha trincado a dos en un poblado de Vallecas —dijo Antonio. Su voz no parecía humana. Era un zumbido bajo, metálico—. Estaban vendiendo el televisor por tres papelas de caballo.
Ramón se frotó los brazos.
—Hijos de puta. Ojalá se pudran en la cárcel.
Antonio giró la cabeza muy despacio y miró a Ramón con un vacío que le heló la sangre al chico.
—La cárcel es un techo. La cárcel es comida caliente. A los Huecos no se les encierra. A los Huecos se les entierra.
Carlos se ajustó las gafas. Sintió un escalofrío de pura excitación intelectual. Antonio acababa de usar, sin saberlo, la terminología del juego: la palabra Huecos . El dolor lo había convertido.
—El sistema está diseñado para proteger la podredumbre, Antonio —dijo Carlos, midiendo el tono e inyectando el veneno gota a gota—. La policía, los jueces… son Dormidos. Son Mansos que toleran que un Hueco mate a tu madre por una dosis. No van a hacer nada para arreglar el mundo.
Antonio volvió a mirar el nicho recién sellado. El cemento aún estaba húmedo. Apretó los puños a los lados del cuerpo. Los nudillos le crujieron.
—Mi padre trajo la mierda a mi casa. Los yonquis la ejecutaron. Todos son lo mismo. Ruido. Basura que sobra.
Antonio se giró de lleno hacia Carlos. Sus ojos eran dos pozos negros. Ya no había un chaval de barrio allí; solo quedaba un jugador herido y con ganas de venganza.
—Dijiste que el tablero estaba sucio. Dijiste que hacía falta orden.
—Lo dije —asintió Carlos, solemne.
—¿El juego está preparado?
A Carlos no se le movió la boca, pero algo se encendió detrás de sus gafas. La pieza maestra se colocaba sola en el tablero.
—El juego está preparado.
Antonio asintió una sola vez.
—Pues se acabó la teoría. La limpieza empieza ahora.
A sus espaldas, la paleta del sepulturero alisó la última capa de mortero.
El nicho quedó sellado.
Y también el destino de los tres.