Estirpes 28. La redada
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28. La redada

La calle Marceliano Santa María no era una calle; era una trinchera de la Primera Guerra Mundial. A la sombra del Santiago Bernabéu, los bares de la zona funcionaban como templos paganos donde se adoraba al fútbol y a la violencia a partes iguales; quizás un poco más a la violencia.

En el aire se notaba esa electricidad estática que precede a las peleas: un olor metálico, casi húmedo, que anunciaba que la noche llevaba ventaja.

Parrondo aplastó el cigarro contra la suela del zapato y lo dejó morir en el asfalto.

—Vamos a entrar con todo —radió por la emisora—. Que se note que estamos aquí. Quiero espectáculo del bueno.

Tres furgones azules de la Unidad de Intervención Policial frenaron en seco, bloqueando ambos extremos de la calle. Las sirenas rebotaron contra las fachadas de ladrillo, convirtiendo la tarde en una discoteca policial.

—¡Guardia Civil! ¡Policía! ¡Al suelo! ¡Todo el mundo al suelo!

Parrondo entró el primero en el Drakkar. No sacó el arma: no era necesario. Sacó la defensa rígida. Pateó la puerta con la autoridad de quien lleva media vida pisando mierda.

Detrás de él, la marea de uniformes inundó el local.

La música —un Oi! machacón y desafinado— murió de golpe.

El caos habitual se desató al instante: sillas volcadas, un vaso estrellado contra la pared, insultos: «putos perros», que se ahogaban en cuanto los clientes veían los cascos y las porras.

La música agonizaba.

Inés cruzó entre sombras y cuerpos, apuntando la vista hacia el fondo.

En una esquina, lejos de la barra, Ramón Garrido se quedó paralizado. Llevaba la bomber verde de su hermano, muerto en combate. Le quedaba grande de hombros. Pero se la había puesto igual. Un disfraz de superhéroe listo para el combate.

Los amigos de Rubén —el « Kaiser », el « Bolas »— le habían invitado esa noche:

«Vente, enano. Hoy brindamos por tu hermano. Hoy eres uno de los nuestros».

Pero ahora, con las luces azules barriendo el local, Ramón no se sentía uno de ellos.

Se sentía un niño disfrazado en una fiesta de adultos peligrosos.

—¡Manos a la cabeza! ¡A la pared todo dios!

Un agente empujó a Ramón. Él obedeció al instante, temblando.

A su lado, el Kaiser escupió al suelo y miró a los policías con aburrimiento profesional. Para el Kaiser, aquello era la rutina de cada semana.

Para Ramón, era el fin del mundo.

Inés y Bruno entraron en la segunda oleada, con los maletines de reseñas policiales. Su trabajo no era amedrentar: era identificar.

—Quiero la filiación completa de todos —ordenó Parrondo, paseándose entre los detenidos como un general victorioso—. Nombres, DNI y huellas.

Quiero saber quién ha estado aquí esta noche.

Inés empezó por el final de la barra. Sujetó la mano de un skinhead con un tatuaje de telaraña en el codo. Le manchó los dedos de tinta y apretó las falanges contra la ficha. El tipo la miró con asco.

—¿Te pone cachonda, muñeca?

Inés ni siquiera levantó la vista.

—Me pone meter tus datos en el ordenador y que me faciliten meterte en la trena, muñeco.

Uno a uno fueron pasando hasta que le llegó el turno a Ramón. El chico estaba encogido, intentando hacerse invisible entre dos armarios de dos metros. Inés le cogió la mano derecha. Estaba fría. Sudada.

—Nombre y apellidos.

—Ramón… Ramón Garrido.

—DNI.

Ramón lo recitó de memoria, atropellándose con los números. Inés le entintó el pulgar. Notó que el chico temblaba. No era el temblor de la adrenalina ni de la rabia contenida que tenían los otros.

Era el temblor del pánico.

Inés levantó la vista. Vio unos ojos que huían.

Vio una bomber que parecía un babi de guardería.

—¿Qué haces aquí, chico? —preguntó Inés, bajando un tono la voz.

El chaval bajó la vista un segundo. Miró de reojo al Kaiser, que estaba siendo cacheado a dos metros.

—Nada, tomando algo. Con… con unos amigos.

—No tienes pinta de ser amigo de estos.

—Eran amigos de mi hermano. Murió hace dos años.

—Lo siento —dijo Inés, sincera—. Mi más sentido pésame.

Terminó de tomarle las huellas. Le limpió el dedo con una toallita húmeda.

—Vete a casa, Ramón —añadió—. Esta gente no son tus amigos. Son problemas con patas. Estudia. Diviértete.

Aquí no vas a encontrar ninguna solución.

Parrondo pasó por detrás.

—¿Ese está limpio? —preguntó el sargento, señalando a Ramón.

Inés miró la ficha. No tenía antecedentes.

—Limpio, mi sargento. Sin nada relevante.

—Pues que se largue. Que se lo cuente a su mamá —gruñó Parrondo.

Luego gritó hacia el bar.

—¡Los que tengan antecedentes, al furgón! ¡Los demás, fuera de mi vista!

Ramón salió del Drakkar. Se perdió calle abajo, tragado por la gente que salía del estadio, desapareciendo en la noche de Madrid.

Parrondo sonrió, satisfecho.

—Buen trabajo. Tenemos cincuenta fichas nuevas.

El juez va a estar encantado.

Mañana la prensa dirá que hemos limpiado el Bernabéu de escoria nazi.

Una hora después. Laboratorio de la Comandancia

La impresora HP LaserJet III escupió una hoja con un zumbido agónico. El técnico de laboratorio la recogió y la leyó bajo la luz amarilla del techo.

Volvió al principio.

Frunció el ceño.

Después levantó lentamente la vista.

—Sargento. Tiene que ver esto.

Parrondo estaba fuera, fumando. Inés y Bruno revisaban las fichas aún manchadas de tinta. Se acercaron.

—Sorpréndeme —dijo Parrondo, expectante.

El técnico dejó la hoja sobre la mesa, pero no habló enseguida. Pasó el dedo por una de las ampliaciones dactilares, como si necesitara convencerse de que no estaba leyendo mal.

—El cotejo rápido —explicó el técnico—. Hemos cruzado las huellas que tomasteis en la redada del bar con la base de datos… y no os lo vais a creer. Era un cotejo rutinario. Sinceramente, no esperaba que saliera nada tan deprisa.

Levantó la vista.

—Tenemos una coincidencia.

La cara de Parrondo se iluminó como un foco policial cortando la niebla de la noche madrileña.

—Adelante. ¿Quién ha sido? Me juego lo que quieras a que es el cabronazo enorme que se cree el rey de los nazis.

El técnico puso la hoja sobre la mesa. Había dos huellas ampliadas: una borrosa —la del guante— y otra nítida —la de la ficha del bar—. Los puntos coincidían. Doce puntos característicos.

El técnico respiró una vez antes de leer el nombre y giró lentamente la hoja hacia ellos.

Inés bajó la vista.

—Hemos tenido suerte. La mayoría ya estaban fichados, pero este no.

Durante una fracción de segundo Inés no entendió lo que estaba viendo.

Después reconoció la fotografía.

Sintió un vacío en el estómago.

No.

No podía ser.

Parrondo leyó el nombre en voz alta.

—Ramón Garrido.

El sargento puso cara de no tener ni idea de quién era. En cambio, Inés reconoció al instante aquella filiación: el chaval que no pegaba ni con cola en ese ambiente.

Se hizo un silencio absoluto. Parrondo tiró el cigarro al suelo y lo pisó con una violencia innecesaria. Se giró hacia Inés. Una sonrisa lenta, de depredador, empezó a dibujarse en su rostro. Los ojos le brillaban.

—¿Lo ves, Baquero? —dijo, la voz destilando triunfo—. ¿Lo ves o no lo ves? —Señaló el papel—. Un skinhead. En un bar nazi. Con amigos nazis. Y su huella en la escena del crimen.

Te dije que la calle lo resolvería.

Parrondo soltó una carcajada seca, ronca, casi feliz.

—Perfilado… Conducta… —se burló—. Al final era lo que yo decía desde el minuto uno.

Una manada de locos descontrolados.

Y hemos cazado a uno.

Parrondo agarró la radio.

—Atención, todas las unidades. Busca y captura inmediata. Sujeto: Ramón Garrido. Domicilio en…

—¡No! —Inés le puso la mano sobre la radio.

Parrondo se quedó helado. Miró la mano de Inés sobre la suya; luego la miró a los ojos.

—¿Qué haces, guardia? Quítame la mano de encima ahora mismo.

—No lo detenga todavía, mi sargento. Por favor.

—¿Que no lo detenga? —Parrondo se soltó con un gesto brusco—. Tenemos al asesino, Baquero. O al menos a uno de ellos. Voy a ir a su casa, voy a tirar la puerta abajo y voy a sacarle hasta la primera papilla que se tomó.

—Ramón no es el asesino —dijo Inés, hablando rápido, consciente de que tenía pocos segundos para hacerle pensar—. O no es el que manda.

—¿Y a mí qué me importa quién manda? Estaba allí.

—Piénselo, sargento. —Inés señaló la ficha—. Estaba temblando. Llevaba la ropa de su hermano muerto como un disfraz. Me dijo que estaba allí por los amigos de su hermano, no por él.

Inés respiró hondo.

—Ramón es débil. Es un seguidor. Un imitador. Si lo detenemos ahora, cantará, sí. Dirá que fue él, o acusará al primero que vea para salvarse. Y cerraremos el caso con un falso culpable o con un peón sacrificado.

Parrondo la miró con escepticismo, pero cortó las transmisiones.

—¿Y qué sugieres? ¿Invitarle a un café?

—Vigilancia —dijo Inés—. Déjeme ir a su casa. Ahora que le hemos soltado, creerá que está a salvo… o entrará en pánico. Cometerá errores. Llamará a quien le da las órdenes.

Inés se acercó un paso más al sargento.

—Ramón es la pieza blanda. Si lo presionamos ahora, se rompe y solo tendremos los trozos. Si lo seguimos, nos llevará al resto.

—¿Al resto de quién o de qué? —bufó Parrondo—. ¿Al resto de la banda del Drakkar?

—No —respondió Inés, segura—. A los que escriben el guion. A los que no llevan botas ni se emborrachan en los bares.

Bruno intervino por primera vez.

—Tiene sentido, sargento. La huella lo sitúa en la escena, pero no en el cadáver. No ha sido él quien ha diseñado esto.

Parrondo miró el papel impreso. Miró por la ventana la calle oscura. Masticó la duda.

Sabía que Ledesma quería una detención ya.

Sabía que la prensa quería sangre mañana.

Pero también sabía que Inés tenía instinto.

Y a él tampoco le cuadraba el asunto.

—Veinticuatro horas —gruñó Parrondo—. Te doy veinticuatro horas de vigilancia discreta. Si no te lleva a ningún sitio, entro con la fuerza bruta y lo saco de los pelos.

—Gracias, mi sargento.

Parrondo guardó el impreso en la carpeta del caso.

—No me des las gracias. Tráeme algo mejor que un niñato asustado.

Inés asintió. Miró la foto de Ramón en la ficha. Parecía un niño perdido.

—Lo haré —dijo Inés—. Tenemos al peón, sargento. Pero nos falta el rey.

Parrondo se encendió otro cigarrillo y miró hacia el cielo iluminado de Madrid.

—Pues ve a buscar a tu rey, Baquero. Pero recuerda una cosa. El rey nunca cae primero.