23. El Informante
Bruno accedió a la sala con una carpeta azul bajo el brazo. El peso de la investigación le ganaba terreno: lucía el cabello revuelto, una barba de cuatro días y la camisa conservaba las arrugas de una noche en vela.
—Sargento. Ha entrado un aviso de anoche.
Parrondo pivotó en la silla.
—¿Qué tenemos? ¿Guarda relación con nuestra operación?
—Ataque skin. Parque del Oeste. Zona de cruising , cerca del Templo de Debod.
—¿Les han robado? ¿Parte médico?
—Los han triturado —corrigió Bruno. Su voz sonó grave—. Dos chicos. Pareja. Estaban en un coche. Cinco o seis agresores con bates de béisbol y botas. Uno de los chicos está en la UCI con contusión torácica severa. El otro tiene la mandíbula rota.
—Estaban de cacería. Idéntico patrón al de Cristóbal. Esto nos viene bien —Parrondo dio una palmada seca en el reposabrazos, su rostro iluminado por una resolución súbita—. Esto nos viene de cine.
Inés, que estaba apoyada en el marco de la ventana observando el tráfico denso y gris de Madrid, se dio la vuelta despacio.
—Los patrones no coinciden, mi sargento.
Parrondo proyectó la vista hacia el techo y dejó escapar un suspiro pesado.
—Ya estamos. Baquero y sus matices. Quizás para tu proyecto no, pero para mi trabajo sí viene bien.
—Lea el informe —dijo Inés, caminando hacia la mesa—. ¿Qué dicen los testigos? ¿Hubo interacción?
Bruno abrió la carpeta y buscó la página antes de leer.
—Sí. Dicen que entraron gritando e insultando: «maricones de mierda», «enfermos», «no os queremos aquí». Rompieron las lunas del coche a batazos antes de sacarles. Los agredieron y huyeron a la carrera, ensañándose con el mobiliario urbano y las papeleras.
Inés señaló la pizarra de corcho donde las fotografías de la autopsia de Cristóbal Márquez permanecían fijadas con chinchetas.
—Ahí lo tiene.
—¿El qué? —contestó Parrondo.
—El descontrol —sentenció Inés.
Su voz era firme, sin desafío, pero con una precisión quirúrgica. Recordó las palabras de Ressler en El que lucha con monstruos : «el asesino desorganizado actúa por impulso, usa lo que tiene a mano, deja el escenario hecho un caos».
—Lo de anoche en el Parque del Oeste fue un crimen de odio clásico.
Caliente. Sucio. Tumultuario. Querían que se enterara todo el parque —señaló la foto de las heridas de Cristóbal y los cortes limpios—.
En el asesinato de Cristóbal no hubo nada de eso.
Nadie oyó un grito. No hubo insultos racistas que despertaran al vecindario.
Cristóbal no presenta golpes de bate ni huesos rotos por contusión.
Tiene cortes. Diecisiete —Inés buscó la palabra exacta—.
Cortes hechos con frialdad. Con un guante de látex para no mancharse.
Lo de anoche fue ira. Lo de Cristóbal fue teatro.
Parrondo se puso de pie. La silla rasgó el suelo con un quejido metálico que quebró la tensión del despacho.
—¿Teatro? ¿Me estás diciendo que un asesino que apuñala diecisiete veces está actuando?
—Le estoy diciendo que es un agresor organizado —soltó Inés usando el término del FBI.
—¿Organizado? —repitió Parrondo con un rictus de incredulidad.
—Llevó su propia arma. Llevó guantes. Controló a la víctima. Eligió un lugar público pero actuó en privado. Y se llevó un trofeo —Inés miró a Parrondo—. El reloj.
—El reloj se extravió, Baquero —atajó el sargento—. O quedó sepultado bajo los escombros de aquel vertedero.
—No se perdió. Estoy segura de que se lo llevaron.
Para revivirlo —Inés sintió que pisaba terreno firme—.
En Londres hubo un caso hace dos meses. Jóvenes ajenos a la estética skin y a consignas políticas.
Mataron a un indigente creyéndose un comando del SAS.
Era una misión. Una fantasía de poder. Confundieron el escenario con la realidad.
Parrondo la miró fijamente con un rictus que anticipaba una risa.
—¿Fantasía? —El sargento soltó una carcajada seca—.
Esto es Madrid, niña. Aquí no se escriben novelas americanas.
Aquí los nazis matan inmigrantes y los de ETA matan guardias.
No hay misiones de fantasía . Hay hijos de puta con botas —golpeó la mesa con los nudillos—.
Tenemos a cuarenta de esos hijos de puta en los calabozos.
Tenemos sus botas. Tenemos sus navajas. Y vamos a encontrar al que pintó la cruz.
El teléfono de la mesa sonó, rompiendo el momento. Parrondo lo cogió con un gesto brusco.
—Sargento Parrondo. Dígame.
El humo de su cigarro subió recto hacia el techo, inmutable. Pero la cara del sargento cambió. Las arrugas de la frente se relajaron. Los ojos se le afilaron.
—¿Confirmado? —preguntó, bajando la voz—. De acuerdo. Remitan el fax de inmediato.
Colgó el auricular con una lentitud extrema, tratando el plástico con la delicadeza que se le reserva al cristal fino. Miró a Bruno, pero se centró en Inés. Había un brillo de triunfo depredador en su mirada.
—Era Lofoscopia —dijo Bruno dando un paso adelante, ansioso.
—¿La huella del guante? —Inés se acercó al escritorio.
—Afirmativo. Han logrado separar el tejido del látex. Hay un fragmento dactilar en el interior. Un pulgar derecho.
—¿Y es válida para cotejo? —dijo Inés, conteniendo el aliento.
—Tiene doce puntos característicos —confirmó Parrondo—. No es perfecta pero es válida.
—¿Y ahora qué? —Bruno no terminaba de encajar las piezas.
—Nos vamos de pesca. Necesitamos un pez que encaje con ese anzuelo.
—¿Vamos a tomarle las huellas a todos los skins de Madrid? —preguntó Bruno, abriendo demasiado los ojos, como temiendo que la respuesta fuese «sí».
—No, muchacho. Primero vamos a informarnos para acotar: calle y archivos, por ese orden. Coged vuestras cosas. Toca moverse.
17:00 h. Madrid. Moncloa. Cafetería El Pardo.
La zona de Moncloa era territorio de nadie y territorio de todos. Por la mañana, era de los estudiantes de la Universidad Complutense con sus carpetas y sus ideales todavía puros. Por la noche, era de las tribus: Heavys, punkies, skins, sharperos…
El coche camuflado aparcó en doble fila frente a la cafetería, cerca del Arco de la Victoria.
—Nada de libretas —exigió Parrondo, apagando el motor—. Y nada de nombres. Nada de preguntas. Solo escuchad.
Inés y Bruno asintieron desde el asiento de atrás.
—¿Quién es la fuente? —preguntó Inés.
Parrondo se miró en el retrovisor mientras se ajustaba el cuello de la camisa.
—Alguien que se mueve donde nosotros no podemos. Y joder, acabo de decir que nada de preguntas.
En el interior de la cafetería, el tabaco flotaba en una neblina densa, propia de una quema de rastrojos en un espacio confinado.
El hedor de la cerveza y el calimocho barato se adhería a las paredes.
La percusión frenética de Come Out and Play estalló desde los altavoces de la barra, compitiendo con el estruendo de voces y las carcajadas juveniles.
Los acordes de influencia árabe de la guitarra de The Offspring se entrelazaron con el tintineo irregular de una tragaperras en un rincón.
En las mesas, grupos de universitarios se concentraban en las cartas y los dados mientras la voz nasal de Dexter Holland sentenciaba que había que mantener las distancias.
Parrondo avanzó hacia un rincón del fondo, a resguardo de la ventana.
Allí aguardaba un joven frente a un café con leche.
Vestía un polo Fred Perry y lucía un corte de pelo militar: rapado en los flancos y con algo más de longitud en la parte superior.
Habitaba el local sin terminar de fundirse con el ecosistema.
Su estampa evocaba a un opositor a notarías o el aire de un cachorro de las Nuevas Generaciones.
—Siéntate, Parrondo —dijo el chico sin levantar la vista—. Llegas tarde.
—El tráfico. Ya sabes cómo es Madrid —Parrondo tomó asiento e hizo una seña a Inés y Bruno para que lo imitaran—. Estos son mis chicos. Son de fiar.
El informante les echó una mirada rápida, gélida. Sus ojos azules escaneaban como cámaras de seguridad.
—No tienen pinta de entender mucho de la calle —dictaminó con desdén.
—Para eso te tengo a ti —cortó rápido Parrondo.
—Bueno, me he quedado con sus caras. Espero no tener que recordarlas.
—Venga, relájate. ¿Qué hay en el menú?
El joven se reclinó en el asiento.
—El menú está caliente. Muy caliente. Desde lo ocurrido con Lucrecia en la discoteca Four Roses, la gente está muy nerviosa.
—¿Quiénes? —preguntó Bruno, ignorando el peso de la mirada de Parrondo.
—Todos —el informante empezó a contar con los dedos—. Los de los Cubos están descontrolados. Son críos, la mayoría. Beben, se meten rayas y salen a cazar guarros o inmigrantes. Pero son chapuceros. Rompen botellas, usan cadenas. Ruido y furia.
—¿Y los de Vallecas? —se adelantó Inés. Parrondo la miró con el pensamiento grabado en su gesto: «¿No he dicho que nada de preguntas?»
—Esos son más de barrio. Obreros parados que culpan al moro de turno de que no haya curro. Son brutos, pero no tienen disciplina.
El hombre bajó la voz, inclinándose sobre la mesa.
—Olvidad a esos grupos. El problema son las Bases Autónomas.
—Los universitarios de la facultad de Derecho —murmuró Parrondo.
—Exacto. Ahí no hay borrachos. Hay ideólogos.
«Anarcofascistas», se hacen llamar ahora.
Devoran a Nietzsche y luego salen a romper cabezas con una planificación militar.
Incluso publican una revista, La Peste Negra.
Si les queréis conocer, es su biblia. Ellos dictan la estética skin actual.
Si Bases impone las botas negras, el resto acata la orden sin rechistar.
Parrondo empezó a impacientarse. Le gustaban las cosas cortitas y al pie.
—¿Y los Ultras Sur?
—El fondo sur del Bernabéu es la oficina de reclutamiento. Entras por el fútbol, sales por la política. Quieren demostrar que mandan en la ciudad. Están también en una fase muy violenta, en plena escalada. Son unos cabezas huecas descontrolados.
Parrondo tamborileaba los dedos sobre la mesa.
—Vamos a lo importante. El chico de la parada de autobús. Cristóbal Márquez. ¿Quién ha sido?
El informante negó con la cabeza.
—He preguntado. He movido el avispero en los Cubos y en Argüelles. Nadie se atribuye el tanto.
—Eso es raro —dijo Inés—. A los skins les gusta presumir. Les gusta el trofeo y la notoriedad.
El informante miró a Inés con cierto respeto.
—Exacto. Por eso los datos chirrían —extrajo un cigarro y lo encendió con un Zippo plateado que tenía grabado un símbolo solar—.
Escuchadme bien. Los skins matan por odio o por borrachera.
Una paliza que se va de las manos. Una cuchillada en el hígado en medio de una trifulca —echó el humo hacia el techo—.
Pero lo de ese chico… diecisiete puñaladas, el corazón casi sacado con bisturí.
Eso no es una pelea de bar. Eso no cuadra.
—¿Insinúas que no han sido skins? —preguntó Bruno otra vez, saltándose las normas previas de Parrondo.
—Insinúo que quien lo ha hecho parece que se ha disfrazado de skin, pero tiene la cabeza en otro sitio —apagó el cigarro a medias—.
Los de Bases creen que hay alguien nuevo en el tablero.
Alguien que está jugando a ser Dios. Si buscas violencia, ve a Argüelles.
Si buscas odio, ve a Vallecas. Pero si buscas inteligencia… empieza por Marceliano Santa Marina.
Parrondo se levantó.
—Suficiente por ahora. Mantén la oreja pegada al suelo. Si captas algo sobre esos nuevos jugadores, me llamas.
El informante asintió con la cabeza y se aproximó al sargento, invadiendo su espacio personal.
—Oye, Parrondo.
—¿Qué?
—¿Qué pasa con mi traslado? Llevo dos años infiltrado en esta mierda. Empiezo a estar quemado. Si me pillan los de Bases, aparezco en la Casa de Campo con una bolsa en la cabeza.
—Todo llega, compañero —dijo Parrondo en voz baja—. Aguanta un poco más. Tu hoja de servicios te lo agradecerá.
17:45 h. Interior del coche camuflado
El mutismo en el habitáculo se tornó asfixiante. Parrondo conducía con brusquedad, a golpes cortos de embrague, encajando las marchas con violencia. Exhaló una calada y chascó la lengua; activaba ese automatismo cada vez que la irritación se le subía a la cara.
Inés rompió la calma:
—Ese tipo forma parte del cuerpo. Debe de ser un destino amargo.
—Es un activo —corrigió Parrondo, sin apartar la vista de la carretera—. Un mal necesario. Para cazar lobos, tienes que vestirte de lobo. Y alguien tiene que hacerlo.
—Lleva simbología nazi en el mechero —murmuró Bruno, incómodo—. Y usaba la misma retórica.
—Se llama cobertura, Galván —escupió Parrondo. El tono era áspero, pero en la comisura de los labios asomaba algo parecido a un orgullo retorcido.
Inés se inclinó un poco hacia adelante. No podía ver sus ojos, solo el humo que se reflejaba en el parabrisas.
—¿Es legal lo que hace? ¿O le estamos dejando que participe en las palizas para que nos pase información? No me gustan las cosas ilegales, sobre todo si nacen dentro del cuerpo.
Parrondo frenó en seco en un semáforo en rojo. El crujido del freno sonó como una amenaza. Se giró hacia atrás. Su brazo descansó sobre el respaldo del asiento del copiloto. Miró a Inés. La midió con la mirada de los viejos mandos: rápida, calculada, más evaluación que contacto.
—Escucha, niña. En la calle no hay manuales. Hay resultados. El compañero nos da los nombres de los que pegan a los mendigos. Gracias a él hemos evitado tres muertes este mes.
—Pero… —empezó Inés.
—Pero nada.
La voz de Parrondo fue un filo de acero. Golpeó el volante con el pulgar.
—Lo que has visto ahí dentro, ese chico, su cara, su rango… eso no existe. No lo vas a escribir en ningún informe. No lo vas a comentar con nadie ni lo vas a ver en tus sueños.
Parrondo se inclinó un poco más hacia ella. El humo de su cigarro cruzó la luz del tablero y le dibujó la cara como en una vieja fotografía.
—Hay cosas que se hacen para que el sistema funcione, pero que no se pueden admitir. Así ha sido siempre y así seguirá siendo. ¿Entendido?
Inés sostuvo la mirada con un gesto desafiante.
—¿Me estás amenazando, sargento?
Parrondo negó con la cabeza con lentitud. Una sonrisa amarga le cruzó el rostro, con la pesadez de quien contempla un espectro del pasado.
—No digas eso en voz alta nunca —susurró Parrondo—. Solo te estoy avisando. Te estoy enseñando a sobrevivir. En el juego de la calle, las reflexiones morales carecen de tiempo.
La luz del semáforo mutó al verde. Parrondo percutió dos veces el cuero del volante antes de hundir el pedal, un ritual que clausuraba cualquier réplica.
Inés permaneció rígida en el asiento posterior, con los pulmones anegados por el aroma rancio del tabaco.
Aquel olor se mezcló con un poso más viejo, el de sus propios recuerdos.
No sabía por qué, pero sintió que esas palabras tenían eco.
Que venían de muy lejos, de una vida que ya no le pertenecía.
Era una herencia.