Estirpes 15. La víctima #2
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15. La víctima #2

—Volvía a casa. Del trabajo. Iba a coger el búho —se pasó la mano por la cara—. Siempre hacía lo mismo. Siempre.

—Gracias —dijo Inés asintiendo—. Esto nos ayuda más de lo que cree.

Miguel abrió la boca, buscando desesperadamente una garantía. Al final solo le salió un: «Encuéntrenlos».

Inés sostuvo esa frase sin prometer lo que no se puede.

—Lo intentaremos, Miguel —respondió.

Su voz sonó a certeza, aunque por dentro fuera solo voluntad.

Salieron a la calle y Madrid les cayó encima con su vida normal: el rugido de los autobuses, el cierre metálico de un quiosco, una mujer que arrastraba un carrito de la compra.

El mundo seguía girando, y esa indiferencia siempre molestaba un poco después de hablar con alguien que acaba de perder su centro de gravedad.

Bruno caminaba al lado de Inés sin invadirla, respetando su espacio. En un momento, le rozó el antebrazo con la carpeta, sin querer, un contacto accidental que le hizo apartarse rápido.

—Perdón.

—No pasa nada —dijo ella, con una brusquedad que no pretendía.

Pero sí pasaba. No por el roce en sí, sino por lo que significaba. Por lo fácil que sería, en aquel momento de cansancio, dejarse cuidar. Y por lo poco que se lo permitía a sí misma.

Entraron en un bar pequeño antes de poner rumbo al anatómico.

Era un bar de barrio. Tenía un futbolín al fondo, olor a fritanga, un televisor sin volumen y el suelo pegajoso de bebidas derramadas.

Se sentaron en una mesa de metal pegada a una máquina tragaperras que parpadeaba con un ritmo hipnótico.

Inés dejó la carpeta y se quedó mirando su propio reflejo un segundo en el espejo que tenía enfrente.

Se recolocó el cuello de la camisa, comprobando que seguía siendo ella, que la suciedad del caso no se le había pegado todavía a la piel.

Bruno rompió el silencio con dos cafés humeantes.

—Lo del reloj, ¿te parece importante?

Inés apoyó los dedos en el borde de la mesa. No miraba a Bruno; su mirada estaba fija en un punto de la pared, ordenando la escena dentro de su cabeza.

—Me parece, por lo menos, extraño.

—¿Extraño por qué?

Inés giró la cabeza. Sus ojos estaban más despiertos ahora, más afilados.

—Porque no encaja.

Bruno se inclinó un poco más. Tardó unos segundos en llegar.

—El reloj de Cristóbal no valía dinero.

—No.

—Pero alguien se lo llevó.

Inés asintió.

Bruno miró hacia la calle, como si el razonamiento estuviera escrito fuera, entre los autobuses y los charcos.

—Y dejaron la cartera.

—Y el anillo.

—Entonces no querían dinero.

Inés no respondió. No hacía falta.

Bruno bajó la voz.

—Querían otra cosa.

—Exacto.

Bruno se quedó mirándola, pensativo, entendiendo su trabajo desde dentro.

—¿Un recuerdo? —preguntó Bruno.

Inés miró el café.

—O una prueba de que estuvo allí.

—¿Y esto es lo de la victi… lo tuyo, vamos?

Inés casi sonrió.

—Victimología.

—Eso.

—No empieces con cara de susto. No significa culpar a Cristóbal.

—No he dicho nada.

—Lo ibas a pensar.

Bruno levantó las manos.

—Puede.

Inés señaló la carpeta.

—Solo significa hacer la pregunta incómoda.

—¿Cuál?

—Por qué él.

Bruno apoyó los codos en la mesa.

—Vale, te lo compro. Entonces, ¿por qué Cristóbal?

Inés pensó en Miguel diciendo: «siempre hacía lo mismo». Pensó más concretamente en la palabra siempre.

—Porque es… predecible —movió un dedo, dibujando una línea imaginaria—.

Rutina. Horario. Búho. Parada. Un hombre solo.

Sin pelea previa. Sin enemigos claros. Si alguien quiere…

probar algo, escoger a alguien, medir una reacción…

—se detuvo— Cristóbal era fácil de encontrar, y era fácil que estuviera solo.

Bruno no interrumpía, la escuchaba de verdad, y eso empezaba a cambiar el aire entre los dos.

—Los skins —dijo Bruno— también atacan a gente solitaria.

—Sí —asintió Inés—. Y por eso todo el mundo va a querer que sean ellos. Porque hay un relato preparado: bandas, cacerías, odio racial. Es un molde que ya existe, y, aunque no lo creas, tranquiliza a la opinión pública.

Bruno ladeó la cabeza. Analizó a Inés. Era la primera vez que la veía de verdad. Los detalles que antes ignoraba empezaron a encajar.

—Pero tú crees que aquí hay molde… ¿sin rabia?

Inés lo miró fijamente. Bajo la luz amarillenta del bar, Bruno parecía más joven, a pesar de su seriedad. Y a ella le asustó darse cuenta de que esa seriedad, por primera vez en mucho tiempo, la hacía sentir segura.

—Exacto. En las fotos de otras agresiones de bandas ves golpes, huesos astillados, ensañamiento de manada.

Ves rabia. Aquí hay otra cosa —Inés hizo una pausa, midiendo el peso de la observación—.

Hay técnica. Hay repetición. Hay… —buscó la palabra exacta, la que definía el vacío en el cadáver— control.

Bruno bajó la vista un segundo, procesando la imagen de Cristóbal Márquez en el barro. Luego volvió a mirar a Inés a los ojos.

—Y el reloj… el reloj podría ser el detalle que delata que alguien se llevó algo «solo porque sí».

—O porque necesitaba poseer una parte de la víctima para sentirse… —Inés se calló a tiempo. No quería pronunciar la palabra poderoso. No todavía. No en ese bar donde el ruido de la tragaperras era lo único que llenaba el silencio.

Inés sintió un impulso extraño, un calor breve en el pecho que no tenía nada que ver con el café. Bruno la observaba con una expresión que empezaba a desbordar lo estrictamente profesional.

—Yo no quiero que cierren este caso en falso —confesó ella en un susurro.

—Pues entonces —respondió Bruno, inclinándose hacia ella— vamos a tener que aprender a mirar donde no nos piden que miremos.

Los dos compartieron una sonrisa cómplice. Bruno estaba resultando un compañero aventajado en el arte de leer sombras.

—Recomiéndame algo. Un libro. Algo que tú usarías para entender esto.

Inés lo miró. Parecía una pregunta cualquiera, pero ambos sabían que no lo era. Era una entrega de llaves.

—Tendrías que empezar por los americanos —dijo ella, sopesando la recomendación—. Douglas. Ressler. No busques épica; es un texto denso, casi clínico. Pero las preguntas que se hacen sobre el porqué son las únicas que importan ahora mismo.

Bruno asintió. Le acababan de entregar un arma nueva.

En ese momento, Inés pensó otra vez en el reloj analógico. En lo fácil que era meter una mano en un bolsillo ajeno cuando alguien ya no podía defenderse. Y en lo difícil que era que nadie lo viera.

Le dio el último sorbo al café y se levantó. Bruno la siguió.

Y mientras salían del bar hacia el anatómico, Inés se sorprendió caminando medio paso más despacio. No solo para que Bruno anduviera a su altura; también para que el silencio entre ambos no se llenara de ruido.