15. La víctima
Bruno se subió al vehículo en silencio, pero antes de cerrar la puerta, se quedó mirando el charco de barro que los neumáticos habían formado al aparcar sobre la acera. El agua estancada, sucia y aceitosa, reflejaba el gris del cielo madrileño.
El sonido de la lluvia torrencial golpeando las chapas del taller.
El olor a tierra mojada que, de pronto, se volvió insoportable cuando las alcantarillas de la carretera de Extremadura dijeron «basta».
Durante seis meses creyó que Javi había desaparecido en un coche blanco.
Fue la lluvia la que decidió desenterrar la mentira de Eusebio.
Todavía sentía el frío en los huesos al recordar el instante en que el agua empezó a brotar del foso de las dependencias de la gasolinera, empujando hacia la superficie una bota de agua amarilla, pequeña y brillante, que flotaba como un reproche en mitad de la inundación.
Había tomado café con el asesino sobre el mismo suelo que escondía el cadáver. Había esperado un milagro cuando lo que necesitaba era una pala.
—¡Bruno! —el grito de Parrondo lo sacó del foso—. ¿Vas a subir o te vas a quedar ahí a ver si crece el césped?
Bruno reaccionó. Cerró la puerta de un golpe, sintiendo el metal frío bajo la mano. Miró a Inés por el retrovisor; ella seguía dándole vueltas a lo del guante, buscando la lógica del Geómetra. Él, en cambio, solo podía pensar en la fragilidad de las apariencias.
—A la orden, sargento —dijo Bruno mientras arrancaba.
Engranó la primera y sacó el coche de la acera. Mientras el Peugeot se alejaba del descampado, Bruno se hizo una promesa silenciosa: esta vez no esperaría a que lloviera para ver lo que tenía delante de las narices.
En la Comandancia, la luz diurna se había quedado atrapada en los fluorescentes.
Era una luz plana, despojada de sombras; una luz que no permitía esconderse.
Al pasar por el pasillo de oficinas, el sonido devolvía un eco fino, de rutina administrativa: el timbrazo de los teléfonos, carpetas cayendo contra las mesas, un sello percutiendo sobre el papel oficial, el crujido de una silla que no quiere moverse.
Parrondo salió de su despacho con una de esas carpetas bajo el brazo y el gesto apretado.
Llevaba media ciudad metida en el estómago.
—No vamos a resolver nada mirando el suelo otra vez —dijo, sin levantar la voz—. Quiero que habléis con los familiares de la víctima.
La orden fue directa, un dardo lanzado hacia Bruno e Inés. Ella se ajustó un mechón de pelo detrás de la oreja, un gesto mecánico de concentración. Bruno permaneció quieto, con esa atención suya que no era servil, sino la de quien aprende observando cada grieta del muro.
—¿Con el hijo mayor de Cristóbal? —preguntó ella.
—Sí, el mayor. El que ha salido hablando en la televisión. El que se está tragando el funeral y la burocracia —Parrondo dejó la carpeta en la mesa del pasillo y la abrió—. Quiero saber todo sobre Cristóbal. Quiero saber sus rutinas, si tiene enemigos. Quiero una razón que no sea «pasaba por ahí».
Inés se guardó la palabra «victimología» en la punta de la lengua. Era exactamente lo que él estaba pidiendo, pero sabía que usar términos de facultad delante de Parrondo era pisar cristales. Se limitó a asentir.
—Yo me quedo aquí despachando. Si hay una llamada de los de arriba, quiero ser yo quien les dé las respuestas. También voy a meter caña a los científicos para ver si sacamos algo en claro.
—¿Algo más, mi sargento? —preguntó Inés.
Parrondo dudó una décima de segundo. Se rascó la barbilla, donde la sombra de la barba de mediodía ya empezaba a asomar.
—No le apretéis demasiado. No es el enemigo. Y… —miró a Bruno— no os dejéis llevar por el teatro. Que todo el mundo quiere un monstruo fácil.
Inés se quedó petrificada. Parecía una frase de alguno de sus libros de perfilado criminal. Con la cara de asombro, recogió la dirección y, cuando se giró para irse, vio que Parrondo ya estaba volviendo a su despacho, levitando por el pasillo. En el código del sargento no existían los «adiós».
Bruno caminaba en silencio a su lado cuando enfilaron las escaleras hacia el aparcamiento.
—¿Tú crees que nos va a contar algo útil? —preguntó él mientras bajaban.
—La gente siempre cuenta algo —contestó Inés—. Aunque no se den cuenta.
Bruno la miró de reojo.
—Eso ha sonado… a manual —dijo Bruno esbozando una sonrisa.
Inés le devolvió una media sonrisa que duró poco.
—¿Tú también? Pues no mires el manual. Mira al hijo. Mira sus gestos, su lenguaje no verbal. Necesitamos saber quién era Cristóbal de verdad, no solo qué dice su DNI.
El hijo los recibió en una sala pequeña del cuartel, que no tenía un nombre muy original: «Sala de entrevistas».
El espacio pretendía parecer neutral, pero solo conseguía ser viejo y decadente.
El mobiliario se reducía a una mesa de formica, dos sillas y una ventana alta que no se abría.
El aire olía a pintura seca y a ese ozono ácido del papel recién fotocopiado.
Miguel apenas superaba los veinte años. Llevaba una cazadora vaquera desgastada y las manos le temblaban lo justo para delatar que no había pegado ojo.
—Gracias por llamarme —dijo, sin saber dónde poner la vista—. La verdad… no sé qué puedo decir. No termino de entender por qué le ha pasado esto a mi padre.
Inés se presentó con una voz suave, dejando el rango fuera de la sala. Bruno permaneció un paso por detrás, cediéndole el protagonismo a ella, convirtiéndose en una presencia sólida pero en un segundo plano.
—No buscamos que diga algo trascendental, Miguel —explicó Inés—. Buscamos saber cómo era su padre. Cómo era su día a día. A veces, los detalles más pequeños son los que nos ayudan a encontrar al culpable.
El hijo apretó la mandíbula. El sonido fue nítido en el silencio de la sala.
—Normal. Era… normal. Trabajaba un montón. A veces doblaba turnos. Llegaba reventado, se duchaba y se quedaba dormido con la tele puesta. —Se le escapó una risa desganada—. Siempre decía que a mí me tocaba hincar los codos para no acabar como él.
—¿Tenía problemas con alguien? —preguntó Bruno.
Miguel negó con la cabeza.
—Nada. Alguna bronca de vecinos por tonterías. Lo típico —miró a Inés—. A mi padre le robaron una vez la cartera en el metro. Pero… ya está. Nunca se metía en líos. Ni bebía fuera. Ni… —se calló.
Inés contuvo la respiración. Sintió ese escalofrío en la nuca que su padre le había enseñado a identificar. La información importante estaba ahí, escrita en el aire viciado de la sala, esperando a ser iluminada.
Miguel bajó la vista al suelo y se frotó la cara con ambas manos. Hundió los dedos en la piel con fuerza. Quería arrancarse el cansancio. Quería arrancarse la duda.
—Tenía… una mujer —lo soltó como si fuera una culpa que le habían grapado a la lengua—. Una viuda. Lo sé porque lo pillé una vez por casualidad. No lo sabía nadie. Ni mis hermanos. Era discreto. No era una doble vida. Era compañía, supongo —se encogió—. Y me pidió que no lo dijera.
Bruno lo apuntó en la libreta, de forma simple, sin convertirlo en una novela.
—¿Sabe su nombre? —preguntó ella.
Miguel dudó, buscando en la memoria, pero terminó negando.
—Solo sé que vive por Argüelles, o por esa zona. Se veían de vez en cuando. Mi padre decía que no quería líos. Que era «una señora» —se mordió el labio—. Y ahora me da miedo decir esto, porque no sé si tiene algo que ver.
—No está haciendo nada malo —dijo Inés, suave—. Está ayudando, se lo aseguro.
Miguel respiró profundo. Ese permiso velado le aflojó el pecho.
—Cuando nos dieron sus cosas… —continuó— nos entregaron la cartera, las llaves, un anillo… —hizo una pausa— faltaba el reloj.
Inés levantó la vista.
—¿Faltaba el reloj? ¿Era una pieza de valor?
—No era caro —Miguel se animó con esa certeza concreta—.
Mi padre siempre llevaba reloj. Siempre.
Era uno barato, pero clásico. De manecillas, redondo.
Se lo compró en un mercadillo, creo. Se le rayó el cristal al mes y le daba igual.
Si salía a trabajar sin reloj, volvía a por él. Era como una manía.
Inés dejó que el silencio se posara un instante.
—En la escena apareció un reloj —afirmó Inés, midiendo el peso de cada palabra—. Estaba roto, a unos metros del cuerpo.
Miguel frunció el ceño, intentando visualizarlo.
—¿Un reloj?
Inés evitó pronunciar la marca Casio por el momento. Quería una descripción limpia.
—Digital. La correa era de plástico negro y la pantalla estaba estallada. Lo más probable es que haya impactado con fuerza contra el suelo.
Miguel negó con la cabeza antes de que ella terminara la frase.
—No. No es de él. Mi padre no usaba digitales, decía que eran juguetes para chavales. Y menos de esos con números grandes. —Se quedó rígido en la silla—. No entiendo por qué falta el suyo. Quizás no lo hayan encontrado con todo el jaleo…
Bruno se removió en el asiento, incómodo; el crujido del metal sonó como una advertencia. Inés sostuvo la mirada vidriosa de Miguel.
—Es una buena pregunta, Miguel. A nosotros también nos gustaría saber por qué no está.
Miguel bajó la voz, casi hasta el susurro.
—¿Cree que se lo han llevado?
Inés no contestó de inmediato. Una respuesta rápida habría sido una mentira reconfortante, y ella necesitaba la verdad. Esa pregunta era, precisamente, la grieta en el muro.
—A veces se llevan lo que parece pequeño, Miguel. Un recuerdo, una marca. Como esos imanes que compramos cuando vamos de viaje.
El chico se quedó mirando la superficie de la mesa. El reloj invisible de su padre estaba allí mismo, marcando un tiempo que ya no le pertenecía. Tragó saliva de nuevo.
—Mi madre dice que fue una banda. Que ahora hay de todo suelto por Madrid. Que los chavales van por ahí buscando lío… —No encontró las palabras para definir el sinsentido—. Pero mi padre… mi padre no era nadie. No tenía nada que ver con esa gente.
Inés pensó que, para el que empuñó el cuchillo, ser «nadie» era exactamente el motivo. Pero se lo calló.
—¿Qué hacía su padre ese día, Miguel? —preguntó Bruno, cambiando el aire.