29. LA JOYA Y LA MONEDA #3
La usó entonces con una rudeza directa y hambrienta, sujetándola por la nuca cautiva, marcándole un ritmo que no era el de nadie que la respetara, hondo y seguido, sin sacarla a respirar cuando debía, robándole el aire más allá del límite que Esteban rozaba y nunca cruzaba.
Y ahí, en ese exceso, Rosaria encontró su segundo refugio, el más hondo, el que ni ella se esperaba: él no sabe que no me está forzando.
Cree que me vence. No sabe que yo decido quedarme.
Tenía la bola en el puño. La salida entera del mundo cabía en abrir tres dedos.
Podía soltarla y aquello se paraba —Esteban se lo había hecho jurar al hombre, lo había dejado escrito, la salida viajaba con ella—.
Y no la soltó. La apretó más fuerte, hasta sentir el metal frío marcándole la palma, y en ese apretón puso todo lo que le quedaba: esto no me lo hacen.
Esto lo doy. Es lo último que soy suya, señor, aunque usted no lo vea.
Las lágrimas le corrían por la fuerza y por el aire que faltaba, sin llanto por debajo, la cara empapada, y el hombre las tomó por rendición y se creció, y ella lo dejó creerlo, porque dejarlo creer era también un arte y era el último que ejercía en nombre de la casa que la había hecho.
Cuando el hombre terminó, terminó como todo lo suyo: de más.
Se hundió hasta el fondo y se corrió en su garganta con un rugido, masivamente, demasiado, más de lo que ninguna garganta puede tragar de una vez, y Rosaria tragó lo que pudo, dos veces, tres, con él todavía dentro, pero era demasiado y él no salía, y lo que no cupo se le desbordó por las comisuras, le resbaló por la barbilla, por el cuello, por el aro de metal, y cayó espeso sobre los pechos aún envueltos en la cuerda, escurriéndose entre las vueltas, por el vientre, hasta dejarla marcada de arriba abajo, bañada, brillando bajo aquella luz de más.
Él se retiró por fin y la miró chorreante, atada, cubierta, con una satisfacción bruta, y no la limpió.
No la limpió. Ese fue el detalle que a Rosaria le dijo, con más claridad que ninguna otra cosa, dónde estaba: Esteban siempre limpiaba.
Después de cada noche, sin excepción, las manos de él le pasaban por la cara, por el cuerpo, comprobando, cerrando, devolviéndola a sí misma; era lo que se hacía después, lo que no se contaba, lo único que en aquella casa se parecía a la ternura.
Este la dejó como estaba, empapada de él, porque para este la marca no era una firma de cuidado sino un trofeo, y quería verlo encima de ella mientras seguía.
Porque siguió.
La volvió del otro lado sin darle respiro, con el semen aún escurriéndole por el cuerpo, y la usó otra vez, y otra, toda la noche, probando a fondo lo que había comprado, cambiándola de posición como se prueba una pieza desde todos los ángulos, siempre volviendo a la garganta porque era lo que lo obsesionaba, hasta dejarla ronca y deshecha y todavía obediente.
Y Rosaria cumplió cada vez, entera, sin fallar una sola, porque un instrumento terminado hace bien lo que sabe aunque le cambien las manos, y porque en algún momento de aquella noche larga había dejado de contar los usos y había empezado a hacer otra cosa, más suya, más secreta: se había ido por dentro al único sitio que ese hombre no había comprado.
Se fue a la Cúpula. A la piedra oscura, a la luz baja, al silencio.
A las manos que ataban dejando respirar el nudo.
A una voz que decía “no la soltaste” y a la suya que contestaba “no hacía falta, señor”.
Se fue ahí y se quedó ahí mientras el cuerpo cumplía en otra ciudad, bajo otro hombre, y descubrió esa noche la última lección de su vida, la que ni Viktoria ni Esteban le habían enseñado porque no se enseña: que a una mujer que ha aprendido a poseerse por dentro se le puede vender el cuerpo, se le puede forzar la garganta, se le puede bañar en desprecio, y hay un cuarto cerrado, al fondo, detrás de la obediencia perfecta, en el que no entra nadie que no haya sido invitado, y que ella no iba a invitar jamás a aquel hombre, aunque le entregara todo lo demás durante años.
No la soltó. La bola, quiero decir. Ni esa noche ni las que vinieron. No porque no pudiera. Porque había decidido, en su último acto de deseo, honrar hasta el final lo que un hombre había hecho de ella, aunque ese hombre ya no fuera a verlo nunca.
Nadie de esta historia volvió a saber de ella con certeza.
Se decía, años después, que el hombre del norte la conservó mucho tiempo, que la valoraba como se valora una pieza única, que nunca encontró otra igual, que la buscaba con una obsesión que no entendía.
Se decía. Nunca supo, el pobre, que lo que buscaba y no encontraba no era la garganta ni el cuerpo, que esos los tuvo siempre: era el cuarto cerrado del fondo, el único que valía de verdad, el que Rosaria Esposito se llevó intacto a donde fuera que la vida acabara llevándola, porque era lo único que nunca fue moneda.
Esteban firmó la compra de Skylume una mañana gris, sin ceremonia, con la misma pluma con la que firmaba las cartas de crédito.
Aquella noche, ya cerrada la operación, mandó pedir lo que pedía siempre antes de tomar posesión de algo: el expediente completo de su nueva adquisición.
Todo lo que pudiera saberse de la mujer que venía dentro de la empresa, la secretaria, para no tener sorpresas, porque él no tenía sorpresas nunca.
El expediente llegó fino. Demasiado fino.
Había una carrera profesional impecable, ascenso tras ascenso, cartas de recomendación de gente que ya no la tenía y aún la echaba de menos.
Había un nombre, Jade, que ella misma se había puesto.
Había un apellido prestado. Y había, antes de cierto punto, nada.
Un muro liso. Ningún registro de nacimiento que cuadrara, ningún rastro anterior a una fecha a partir de la cual la mujer simplemente empezaba a existir, como si alguien, en algún momento, hubiera borrado con cuidado profesional todo lo que había antes.
Esteban leyó aquel muro y sonrió apenas, con esa expresión que no era una sonrisa pero ocupaba su lugar. Una mujer sin pasado utilizable. Una mujer a la que nadie podía usar en su contra porque no había de dónde tirar. Perfecta. La adquisición más limpia de su vida.
No reconoció el muro. No tenía cómo. Habían pasado los años suficientes, y un hombre no reconoce la pared que él mismo mandó levantar cuando la encuentra desde el otro lado y sin nombre.
No supo —no podía saber— que aquel borrado tan pulcro, aquel año arrancado del mundo con precisión de archivero, lo había encargado él, mucho tiempo atrás, en otra ciudad, por otra razón, y que era la última pieza de una máquina que había echado a andar a los veintidós años con un sobre sellado en la mano.
Guardó el expediente. Tenía a Skylume. Tenía a la mujer que venía dentro.
Y había hecho, para tenerla, lo único que se había jurado no hacer nunca: había entregado a la única que poseía sin reservas, y con ella se había quedado sin la coartada que lo hacía invulnerable.
Ya no era el hombre al que no se le podía quitar mucho.
Acababa de adquirir, sin saberlo todavía, exactamente aquello por lo que un día lo podrían romper.
Pero eso todavía no lo sabía. Esa noche solo sabía que la torre estaba lista, que la casa estaba en orden, y que en algún lugar de la ciudad, en un piso alto que muy pronto sería suyo, dormía una mujer que aún se creía libre.