29. LA JOYA Y LA MONEDA #2
Y se lo hizo decir doce veces, una por cada golpe de correa que le había dado en aquel cuarto la primera noche de su vida, sin subir la voz, sin acelerar el ritmo, tomándola contra la piedra con una lentitud implacable mientras la obligaba a pronunciar en voz alta la única palabra que a los dos les dolía, hasta que la palabra dejó de doler y se volvió lo que él necesitaba que fuera antes de entregarla: un dato.
Un hecho administrado. Una cosa dicha tantas veces que ya no puede romper a nadie por sorpresa.
Eso también era cuidarla, aunque no lo pareciera, y ella lo entendió aquella noche y se lo agradeció en silencio el resto de su vida.
La segunda vez la quiso en la garganta, porque era lo que ese hombre iba a comprar y quería dejársela perfecta.
La bajó hasta el fondo, con las dos manos cerradas en el pelo negro y espeso del remolino que diecisiete años no habían peinado, y la trabajó despacio y hondo, sosteniéndola en el fondo hasta el borde de lo que un cuerpo aguanta y sacándola a robar aire por la nariz justo antes, una y otra vez, forzándola hasta el límite exacto que solo él conocía de ella, y Rosaria se abrió entera, sin cerrarse una sola vez, la garganta en línea recta, las lágrimas cayéndole sin llanto, sin soltar la bola aunque tenía todos los motivos del mundo.
Y cuando él terminó, se quedó abajo, y tragó, y no se apartó hasta que él la soltó.
La tercera vez la quiso donde no la había querido casi nunca, porque las despedidas se hacen enteras.
Le desató las piernas, la dobló sobre la piedra con las manos aún atadas a la espalda y la línea de la cuerda tirándole de los hombros, y la tomó por detrás, hondo y sin prisa, sujetándola por el amarre de las muñecas como por una rienda, sintiéndola cerrarse y ceder alrededor de él con la misma obediencia con que se le había abierto la garganta, hasta que se vació dentro de ella, entero, la última vez, con una mano abierta y quieta sobre la marca roja de su espalda.
Se quedó dentro de ella un rato largo después de terminar, sin salir, con el pecho contra su espalda y las dos manos abiertas sobre la piedra a los lados de sus hombros, y ninguno de los dos dijo una palabra.
Se oía nada más la respiración de los dos, desacompasada primero y después igual, y el sonido mínimo del cáñamo cuando ella movía un milímetro los hombros, y por debajo de todo el silencio enorme y sellado de un cuarto construido para que ni un sonido entrara ni saliera nunca.
Diecisiete años caben en un silencio así.
Caben la napolitana torpe de veintitrés años a la que hubo que corregirle la postura ciento cuarenta veces, y la mujer de cabello blanco que se la corregía, y el cuaderno pequeño de las cuentas, y las tres cosas que se rompían cada invierno, y una casa que estuvo en orden dos décadas porque hubo alguien que la mantuvo así sin que nadie se lo agradeciera nunca en voz alta.
—Señor.
—Dime.
—¿Me va a mirar cuando me vaya? —dijo Rosaria contra la piedra—. El sábado. Cuando salga por la puerta. No quiero que me despida. Quiero que me mire.
Esteban Armand, que no era un hombre tierno y que no iba a serlo aquella noche ni ninguna otra, se tomó el tiempo de contestar bien, porque era lo último que ella le iba a pedir.
—Te voy a mirar hasta que se cierre el ascensor —dijo—. Y voy a estar de frente. En esta casa nadie sale nunca de una habitación andando hacia atrás.
Era de Viktoria, la frase. Los dos lo sabían. Ninguno la nombró, y esa fue la manera que tuvieron aquella noche de que la mujer del cabello blanco estuviera también en el cuarto.
Después la desató él mismo, en el orden inverso, pasándole los dedos por cada surco de la cuerda para comprobar que no había apretado de más.
Le limpió la cara con su propia mano. Le puso su chaqueta sobre los hombros.
Y le dijo, en voz baja, lo más cerca de la ternura que estuvo en diecisiete años:
—Fuiste lo mejor que tuve. Y te entrego siendo lo mejor que tuve. No hay deshonra en eso. Hay lo contrario.
—Gracias, señor —dijo Rosaria, y era verdad, y los dos lo sabían.
El hombre del norte la recibió dos días después, en otra ciudad, en un piso que no tenía nada de la contención de la Cúpula.
Tenía luz de más —lámparas por todas partes, como si el dinero le tuviera miedo a la penumbra—, oro de más en los marcos y en las manos, y un apetito de más que se le notaba en la manera de mirarla apenas entró, de arriba abajo, sin el rodeo lento y evaluador de Esteban, con la franqueza brutal del que ya ha pagado y solo quiere comprobar que no lo estafaron.
No la saludó. A las cosas que uno compra no se las saluda.
Es más grande que él, pensó Rosaria, y se sorprendió de que ese fuera su primer pensamiento, y entendió enseguida que no era una observación sobre el hombre sino sobre el mundo: que había un afuera de la Cúpula, y que ese afuera empezaba ahora.
En diecisiete años no había servido a nadie más.
La sola idea de otras manos le había parecido siempre tan imposible como el mar en Katowice.
Y sin embargo ahí estaba, de pie en una sala demasiado iluminada, esperando a un desconocido, con la bola de metal fría cerrada en el puño y el aro todavía en la garganta, porque el aro solo se lo quitaría el hombre que se lo puso, y ese hombre estaba a mil kilómetros firmando una compra.
La ató él mismo, y ató distinto. Donde Esteban buscaba la línea —la postura sostenida por el nudo, el cuerpo obligado a decir “estoy disponible”—, este buscaba la inmovilidad pura: le cruzó los brazos a la espalda y los amarró hasta el codo, apretado, sin el hueco que dejaba respirar a la piel, le pasó cuerda por el torso hasta dejarla envuelta como una cosa embalada para viaje, y le sujetó la cuerda del pelo a la de las muñecas de modo que no pudiera bajar la cabeza ni apartarla: le dejó el cuello ofrecido y la nuca cautiva. No era una gramática. Era un candado.
Aprieta mal, pensó ella, con una frialdad de oficio que la salvó, porque mientras juzgaba el nudo no sentía el miedo.
Le sobra fuerza y le falta mano. Esteban jamás dejaría una vuelta mordiendo así.
Y en ese juicio mínimo, técnico, despreciativo, encontró el primer refugio: podía estar atada por un extranjero brutal y seguir siendo, por dentro, la que sabía cómo debían atarse las cosas.
Esa parte no se la había comprado. Esa parte no estaba en venta.
—Me dijeron que tu garganta vale más que el oro —dijo el hombre, en un castellano de acento duro, tomándole la cara con una mano entera—. Vamos a ver cuánto.
Y fue directo a lo único que de verdad había comprado.
No hubo espera, ni penumbra, ni pregunta.
Le abrió la boca con el pulgar y entró hondo de una sola vez, sin darle el segundo que ella sabía tomar sola, y Rosaria hizo lo único que diecisiete años le habían enseñado a hacer con el cuerpo antes que con la voluntad: tomó el aire por la nariz una décima antes del golpe, soltó la mandíbula, se abrió de arriba abajo, y lo recibió hasta el fondo sin que la garganta se le cerrara.
El hombre soltó un sonido gutural de sorpresa y de codicia, porque esperaba resistencia y encontró un conducto que se abría solo, entrenado, dispuesto, y esa facilidad lo enloqueció más que cualquier lucha.
Y lo peor no fue la fuerza. Lo peor fue el ruido.
Aquel hombre hablaba. Hablaba todo el rato, en su castellano de acento duro, celebrándose a sí mismo en voz alta, comentando lo que compraba mientras lo usaba —lo que había pagado, lo que valía, lo bien que le había salido el negocio—, y Rosaria, que venía de diecisiete años de un cuarto donde el silencio era la mitad del oficio y donde una orden se daba con una sílaba o con una ceja, descubrió aquella noche que se puede profanar una cosa simplemente narrándola.
En la Cúpula no se hablaba. Se respiraba, se contaba por dentro, se obedecía una voz que no necesitaba levantarse. Aquí había un hombre grande diciéndole a nadie, a la sala, a sus propias lámparas, lo bien que le estaba yendo la compra.
La levantó del suelo por la cuerda del pelo, la puso de pie, la dobló sobre el brazo de un sillón dorado que no tenía la altura correcta —Esteban jamás habría usado un mueble que no tuviera la altura correcta— y la tomó por detrás con la misma rudeza sin gramática, sujetándola por los brazos amarrados hasta el codo, empujándole la cara contra el terciopelo cada vez que ella levantaba la cabeza para tomar aire.
Y ella cumplió. Se abrió, se acomodó, se le adaptó al ritmo torpe en cuatro embates y se lo hizo fácil, porque un instrumento terminado hace bien lo que sabe aunque le cambien las manos, y porque hacerlo bien era, en aquel momento y en aquella sala, la última manera que le quedaba de pertenecerle a otro hombre.
Volvió a la garganta tres veces más aquella noche.
Era lo que lo obsesionaba y era lo único que de verdad había comprado, y cada vez la forzó un poco más lejos, robándole el aire más allá del punto donde Esteban se detenía siempre, sin saber que ese punto existía, sin saber que había un límite conocido y medido que un hombre a mil kilómetros llevaba diecisiete años sin cruzar ni una sola vez, no por piedad, sino porque cruzarlo habría sido admitir que necesitaba forzar algo que ya se le daba entero.
Este lo cruzó todas las veces. Y no obtuvo nada más al otro lado. Ese fue, aunque nunca llegara a entenderlo, el primer aviso de que había comprado el envase.