26. KATOWICE
En Katowice el frío era otra cosa. No el frío calculado de un cuarto sin ventanas, sino un frío que venía del cielo bajo y de la nieve sucia de carbón y se metía en las casas por debajo de las puertas, y contra el que la gente no se defendía con collares ni con paciencia sino con sopa y con silencio.
En una de esas casas, en la parte alta de la ciudad, donde las calles empezaban a subir hacia las minas, vivía una niña que se llamaba Kasia Nowak y que no siempre se había llamado así.
Tenía catorce años. Nadie en aquella casa habría sabido decir con exactitud cuántos, porque había llegado sin papeles y los papeles se los habían hecho después, y en los papeles ponía una fecha que alguien eligió una tarde en una oficina para que cuadrara.
Pero tenía catorce, más o menos, y llevaba siete en aquella casa, que eran los únicos siete que recordaba con nombres y con caras, porque de antes no recordaba casi nada, y lo poco que recordaba no sabía dónde ponerlo.
Bogdan Nowak la había registrado un invierno, siete años atrás, con el nombre de una hija suya, y no había dado explicaciones a nadie, porque era minero y los mineros de la cuenca no daban explicaciones: bajaban, subían, y lo que hacían entre una cosa y otra era suyo.
Cuando le preguntaban —y casi nadie preguntaba— decía que era sobrina de un primo del este, y la palabra este cerraba la conversación como la cierra en todas partes, porque del este venían las cosas de las que no se hablaba.
Nunca le contó a la niña de dónde había salido.
No por crueldad. Porque él tampoco lo sabía del todo, y porque un hombre que le ha dado a una criatura un techo y un apellido considera que ya le ha dado bastante como para además cargarla con una pregunta.
Danuta Nowak era la que la había criado, si criar es la palabra.
La sostuvo, la alimentó, le enseñó el idioma que la niña llegó a hablar como propio aunque de vez en cuando una vocal se le iba por un sitio raro, le enseñó a pelar patatas sin desperdiciar cáscara y a fregar un suelo de manera que no hubiera que fregarlo dos veces y a no llorar por cosas que no se arreglaban llorando, que en aquella casa eran casi todas.
No la quiso con ternura de sobra, porque Danuta no tenía ternura de sobra para nadie, ni siquiera para lo suyo.
La quiso con exactitud, que en una casa pobre es una manera más honda de querer: le dio siempre lo justo, nunca menos, y le enseñó, sin decirlo nunca con palabras, que el mundo funciona así, dando lo justo, y que quien espera más se hace daño solo.
La niña aprendió esa lección mejor que ninguna otra. Sería, muchos años después y en otra ciudad, la primera que le sorprendería a un hombre: que no pedía de más.
Se aprendía por el plato. En aquella casa la comida se repartía con una justicia aritmética que no admitía discusión ni cariño: a cada uno lo suyo, medido con el cucharón y no con el afecto, y el que quería más esperaba a que sobrara, y casi nunca sobraba.
Los hijos de la sangre protestaban, porque los hijos de la sangre protestan siempre y en todas las casas del mundo, y saben desde muy chicos que protestar no les va a costar el sitio.
La niña no protestó nunca. Ni una sola vez en nueve años.
Danuta lo tomó durante mucho tiempo por buena educación, hasta que una noche de febrero, sirviendo con el cucharón en la mano, se dio cuenta de que la criatura no protestaba porque calculaba: miraba la olla, contaba las cabezas, y sabía antes que nadie exactamente cuánto le tocaba.
Y cuando le ponían delante justo eso, ni un dedo más ni un dedo menos, se lo comía sin levantar la vista, con una satisfacción tranquila que a Danuta le pareció, aquella noche, la cosa más triste que había visto en su cocina.
—Esta no pide —le dijo después a Bogdan, en la oscuridad, con esa voz baja que se reserva para las cosas que se dicen en la cama y no se repiten de día.
—Mejor.
—No sé si mejor. —Danuta se quedó callada un rato largo, mirando el techo—. A los que no piden nadie les da.
Fue lo más cerca que estuvo aquella mujer, en nueve años, de decir en voz alta algo tierno sobre la niña. Y tenía razón, y se equivocaba, y las dos cosas iban a tardar treinta años en demostrarse en una ciudad que Danuta Nowak no vería nunca.
El nombre le pesaba, aunque no habría sabido decir por qué.
Kasia Nowak había sido, primero, otra persona: la hija verdadera de Bogdan y Danuta, una muchacha que la niña no llegó a conocer porque para cuando ella llegó a la casa la Kasia de verdad ya no estaba —se había ido a Cracovia a servir en una casa buena y de ahí a un sanatorio y del sanatorio a ninguna parte, y en la casa no se hablaba de eso, como no se hablaba de casi nada—.
De modo que la niña había heredado un nombre que ya había vivido en otro cuerpo, y había algo en eso que no cuadraba y que ella notaba sin poder nombrarlo, como se nota un zapato que es medio número más grande: se puede caminar, pero el pie sabe que el zapato no se hizo para él.
A veces, cuando Danuta la llamaba desde la cocina —“¡Kasia!”—, había una fracción de segundo, una sola, en que la niña no se daba por aludida.
Un latido. Después contestaba, y iba, y era Kasia, y nadie notaba nunca aquel latido salvo ella.
Con los años el latido se hizo más corto, pero no se fue del todo.
Vivió toda su vida con la sensación mínima y constante de que la estaban llamando a ella con el nombre de otra, y nunca supo que la sensación era exacta.
Una vez estuvo a punto de salir.
Tenía once años y estaba fregando el suelo de la cocina, de rodillas, con el trapo, cuando Danuta entró y le dijo algo desde la puerta sin mirarla, una frase cualquiera de las que se dicen de paso. Y la niña contestó sin pensar.
Contestó con un nombre. No con el suyo: dijo una palabra de dos sílabas, en voz alta, dirigida a nadie, y se quedó paralizada con el trapo empapado en la mano y el corazón golpeándole de una manera que no correspondía en absoluto a una cocina de Katowice un jueves por la tarde.
—¿Qué dijiste?
—Nada.
—Dijiste algo.
—Nada —repitió la niña, y volvió a bajar la cabeza, y siguió fregando el mismo cuadrado de suelo mucho después de que estuviera limpio, y no la levantó hasta que oyó a Danuta salir al descansillo.
Aquella noche, en la cama, intentó recuperarla.
Se quedó despierta a oscuras buscando la palabra con la misma paciencia con que se busca una llave en un bolsillo, y ya no estaba: se le había ido por donde se le iban todas las cosas de antes, por ese pozo del que solo subía agua turbia y ningún nombre.
Pero durante unos segundos, arrodillada en un suelo mojado, una mujer que todavía era una niña había pronunciado su propio nombre en voz alta y no lo había reconocido.
No volvió a pasar. El pozo, que la había salvado cerrándose, siguió cerrado, y ella siguió obedeciéndolo, porque a los que sobreviven se les queda para siempre el instinto de hacerle caso a la parte que los salvó.
Lo que sí conservaba, de antes de los Nowak, eran tres o cuatro cosas sin dueño.
Conservaba el mar, aunque en Katowice no había mar y ella no recordaba haberlo visto: cuando el viento silbaba fuerte por las rendijas, algo en el cuerpo se le ponía en guardia de una manera que no correspondía a Katowice, como si el viento tuviera que traer olor a sal y no lo trajera, y la ausencia de ese olor la inquietaba sin que supiera qué echaba de menos.
Conservaba una manera de quedarse muy quieta —completamente quieta, sin un músculo— cuando alrededor había ruido o peligro, una quietud que a Danuta le parecía obediencia y que era otra cosa, más vieja, aprendida en un sitio del que la niña no guardaba imagen. Y conservaba unas palabras.
Eran pocas. Una nana, quizá, o el resto de una.
Le venían solas algunas noches, en el duermevela, en un polaco que no era exactamente el polaco de Katowice sino uno más suave, más del norte, con una cadencia que a ella le sonaba a su propia voz y a ninguna otra.
No las entendía todas. Una la entendía: significaba “estoy aquí”.
No sabía quién la decía ni a quién. Le pertenecía del modo en que nos pertenece el latido: sin que la hayamos elegido y sin poder devolverla.
La decía a veces por dentro, muy bajo, cuando el frío apretaba o cuando el latido del nombre se hacía más largo de la cuenta, y le hacía bien, y nunca se preguntó por qué, porque hay consuelos que uno no interroga por miedo a que se rompan.
El lector que un día sepa de dónde viene esa frase entenderá por qué la niña dormía mejor cuando se la decía. La niña no lo entendió nunca. Se limitó a usarla, como se usa un abrigo heredado sin saber de quién fue.
Iba a la escuela hasta que dejó de ir, que fue pronto, porque en aquella casa los libros duraban lo que duraba la necesidad de manos, y las manos hicieron falta antes de lo que habrían hecho falta en una casa con más suerte.
Pero mientras fue, aprendió deprisa, y aprendió sobre todo una cosa que no se enseña en ninguna escuela y que ella traía puesta: a leer una habitación antes de entrar en ella.
Sabía, sin que nadie le explicara cómo, cuándo Bogdan había tenido un mal día en la mina por la manera en que dejaba las botas en la puerta, y cuándo Danuta estaba a punto de estallar por el ángulo de sus hombros sobre la olla, y ajustaba su presencia a lo que la habitación pedía —desaparecía cuando había que desaparecer, servía cuando había que servir, hablaba solo cuando el aire lo admitía—.
Los Nowak lo tomaban por una niña fácil, callada, de buen carácter.
No era buen carácter. Era un instrumento afilado desde muy chica en una escuela que no figura en ningún expediente, la de una casa donde no leer bien el aire a tiempo tenía consecuencias que la niña no recordaba pero que el cuerpo sí.
Un ejemplo, porque un oficio se ve mejor en un gesto que en una explicación.