25. LA PREGUNTA EN VOZ ALTA #3
Cuando la tuvo así —marcada, ciega, quieta, llena de esperar—, dejó la vela y se puso delante de ella, y le habló como se le habla a alguien de quien se quiere la verdad y no el oficio.
—Ahora vas a hablar mientras sirves —dijo—. Cada vez que suba, me contestas. Y no quiero la fórmula. La fórmula ya te sale sola y esta noche no me sirve. Quiero lo de debajo de la fórmula. Pide.
—¿Puedo servirle, señor? —dijo ella, a ciegas, con la voz ya trabajada por la espera.
—Sí.
Bajó, y bajó como sabía bajar, que era lo único en lo que Viktoria nunca la pudo enseñar: tomó el aire entero por la nariz, soltó la mandíbula, se abrió de arriba abajo y se lo tomó hasta el fondo de una sola vez, sin verlo llegar, guiándose solo por el tacto y por la voz, con la nariz contra el vientre de él y la garganta abierta en línea recta.
A ciegas era distinto, y los dos lo notaron: sin los ojos, todo el cuerpo de ella se volvió una sola cosa que escuchaba.
La dejó bajar dos veces, tres, marcándole el ritmo con una mano en el pelo, y a la tercera la subió por el pelo, despacio, hasta sacársela.
—¿Por qué estás aquí? —dijo.
—Por deseo, señor. —Automática. La fórmula.
—Eso no. —La volvió a bajar. La dejó otra vez en el fondo, sostenida, hasta que le vino el primer temblor de la garganta, y la subió antes de que soltara la bola—. Otra vez. Por qué.
—Porque… —le costó, con la voz rota— porque afuera elegía yo y no valía nada. Aquí no elijo y valgo.
—Más abajo. —Bajó otra vez. La usó despacio, sin prisa, con las dos manos ahora en aquella cabeza ciega, dejándola trabajar la garganta hasta el fondo y sacándola justo antes del límite, una y otra vez, negándole el aire largo igual que le había negado a Sacchi el saber, y cada vez que la sacaba repetía la pregunta.
—Por qué.
—Porque usted es el único —dijo por fin, y ya no era fórmula, le salía a pedazos entre el aire que le faltaba— que me quitó todo y me dejó de pie.
Como hoy. Lo oí. A ese hombre. Usted no arruina.
Usted… se queda con uno. —Tragó—. Yo quería que se quedara conmigo.
Por eso vine. No por obediencia. Vine por deseo y me quedé por deseo.
Esteban se quedó un segundo quieto, porque aquello —dicho a ciegas, con cera enfriándose en la piel y la garganta destrozada— era más verdad de la que él le había sacado a nadie en años, y era, punto por punto, lo que Viktoria le había advertido en Ginebra: una mujer que cruza la puerta por deseo, y le pesa, y el peso es de verdad.
No la soltó. Esa noche no era noche de soltar a nadie.
—Termina —dijo—. Y esta vez no te saco.
La volvió a bajar, y ya no la subió.
La sostuvo abajo, con las dos manos cerradas en el pelo negro, y ella se abrió del todo, sin ojos, sin defensa, sin la bola pidiendo salir aunque tenía todos los motivos para pedirla, la garganta trabajada hasta el fondo y sostenida y sin cerrarse una sola vez, subiendo tres centímetros a robar aire por la nariz y volviendo a hundirse sola, hasta que él supo que ya no lo iba a poder sostener y no hizo nada por sostenerlo.
Se corrió en su garganta, hasta el fondo, con las dos manos cerradas en aquella cabeza ciega, y ella se quedó, y no se apartó, y tragó dos veces con él todavía dentro, sin cerrar la garganta, sin soltar la bola, hasta que él le soltó el pelo y salió despacio.
Rosaria se quedó de rodillas, a ciegas, con la cera blanca cuajada por todo el cuerpo y la respiración entrando por fin larga y entera por la boca abierta. No se limpió. No se tocó la venda. Esperó, que era lo último que se hacía.
Esteban le desató la seda de la nuca y se la quitó, despacio, y ella parpadeó en la luz baja con los ojos limpios y la cara empapada, y lo miró desde abajo.
—Gracias, señor —dijo.
Él le abrió el puño. La bola de metal seguía ahí, entera, sostenida toda la noche.
—No la soltaste.
—No hacía falta, señor.
Le fue quitando la cera después, placa a placa, de los pechos, del vientre, de la cicatriz, con una paciencia que no le dedicaba a nadie más y que en aquella casa no se contaba, y le pasó los dedos por cada sitio donde la piel había estado bajo el calor para comprobar que no había quedado marca de verdad, solo memoria.
Le puso su propia chaqueta sobre los hombros desnudos.
No dijo nada más, porque lo que se hacía después de la Cúpula no se explicaba, y era, de toda la torre, lo único que no figuraba en ninguna parte.
Subió las escaleras que no llevaban a ninguna parte con una sola frase de la noche encima, y no era ninguna de las que había dicho él, sino la que le había sacado a ella a ciegas: “usted no arruina, usted se queda con uno”.
Se dio cuenta, en el último escalón, de que Rosaria acababa de definir, sin saberlo, la única diferencia entre él y el hombre en que se había convertido Radović.
Y de que Viktoria, que se lo había advertido, ya no estaba en aquella casa para que él pudiera decírselo.
Pero estaba viva, en un piso sobre un lago, y eso —por primera vez desde que se fue— le pareció una puerta abierta y no una cerrada.