22. LA CÚPULA
Le puso el nombre una noche de octubre, a las dos de la mañana, solo, de pie en el centro de un cuarto que todavía no tenía luz eléctrica.
Había subido con una linterna de mano y sin ninguna razón concreta, que era como subía siempre a aquel sitio, y se había quedado quieto en mitad del hormigón mirando las cuatro paredes de doble tabique sin ventanas, y de pronto tuvo la palabra, entera, como se tienen las cosas que uno lleva meses buscando por el lado equivocado.
La palabra era “cúpula”, y le gustó por la razón más fría del mundo.
Ahí se decidía lo que de verdad se decidía. Y nadie lo iba a ver nunca.
Lo terminó en tres semanas y lo terminó él, sin decorador, sin una sola consulta, con la misma pluma con la que firmaba las cartas de crédito.
Puso luz —baja, indirecta, sin una sola lámpara de techo—, puso una puerta de una hoja que cerraba a ras y sin ruido, puso el suelo de una piedra oscura que no reflejaba nada.
Y no puso nada más. Ni cama, ni sillón, ni un cuadro, ni una cortina que no tapara ninguna ventana porque no había ventanas que tapar.
Lo dejó desnudo a propósito, con la misma lógica con la que le había enseñado a una mujer a desnudarse como si estuviera en un altar: porque un altar sin nada encima obliga más que un altar lleno.
Así empezó la Cúpula: hormigón desnudo, sin una sola concesión.
Con los años, cuando la casa creciera y cambiara de sitio, aquel cuarto se vestiría —terciopelo, luz baja, cosas con nombre— y dejaría de ser un altar de obra para volverse un altar de verdad.
Pero la primera fue la más honesta, porque era la única que no disimulaba lo que era.
Y esa noche, antes de bajar, escribió el nombre en la primera de las tres cuartillas del protocolo, con letra pequeña, y debajo, en una sola línea, la única regla del sitio:
Aquí solo entra la que está en posesión.
Le pareció una regla limpia hasta la mañana siguiente, cuando se dio cuenta de que acababa de construir un cuarto para dos y solo tenía una.
Porque Rosaria Esposito no llevaba collar.
Estaba entrenada —siete semanas de Viktoria la habían dejado sabiendo estar de pie, bajar los ojos, desnudarse de cara y pedir permiso con la mirada— y aquella noche de junio, de rodillas en el mismo cuarto cuando todavía era hormigón, se había ganado lo único que Viktoria se había negado a enseñarle.
Sabía servir. Lo sabía hacer mejor que ninguna de las dos, con la garganta trabajada hasta el fondo y sostenida, y lo había demostrado durante dos minutos exactos con la cara empapada y los ojos limpios.
Pero eso era oficio. El oficio se enseña y se aprende y se demuestra en una noche.
La pertenencia no. La pertenencia era un aro de metal blanco de un dedo de ancho, sin una sola piedra, que se llevaba oculto bajo la ropa y que pesaba sin que nadie lo viera, y ese aro Rosaria no lo tenía.
Tenía, en cambio, una cuenta a su nombre en el banco de la calle de Sevilla con tres mensualidades por delante, y un ascensor que bajaba a la calle lateral sin portero, y un billete a Nápoles que podía comprar cualquier martes por la mañana sin pedirle permiso a nadie.
Estaba en la casa. No estaba en posesión.
Y la regla que Esteban acababa de escribir con su propia mano dejaba a Rosaria Esposito exactamente fuera del único cuarto de la casa que él había construido pensando en ella sin querer reconocerlo.
Tardó cuatro días en ver lo que iba a hacer, y lo vio como veía siempre las cosas: desde el otro lado.
No podía meter en la Cúpula a una mujer que no estaba en posesión.
Pero podía usar la Cúpula, una sola vez, como el sitio donde una mujer entraba sin collar y salía con él.
No una excepción a la regla. Una puerta de entrada a la regla.
Se lo dijo a Viktoria un jueves por la noche, en el dormitorio grande, mientras ella se soltaba el pelo blanco delante del espejo.
—Mañana bajan las dos al ala norte —dijo—. A las diez.
Viktoria dejó las horquillas en la mesa, una por una.
—¿Le pongo el collar yo?
—No. —Esteban se aflojó el nudo de la corbata—. Se lo pongo yo. Usted va a estar delante.
—Ya he estado delante otra vez, señor.
—Aquella vez estaba delante para enseñar. —La miró por el espejo—. Mañana está delante para otra cosa.
Viktoria Petrova lo sostuvo en el reflejo tres segundos largos, con la cara serena de la mujer que llevaba veinte años leyendo habitaciones, y entendió las dos cosas a la vez: que le estaban pidiendo que asistiera a la ceremonia por la que dejaba de ser la única, y que se lo estaban pidiendo a ella precisamente porque era la única que podía hacerlo sin que se rompiera nada.
—Bien —dijo—. A las diez.
Y no dijo la otra cosa que pensó, que era una cuenta. Le había dado un año. Iba por el octavo mes. Y acababa de entender que el que le quedaba se lo iba a pasar de pie a la izquierda de una habitación, mirando.
La Cúpula, la noche siguiente, estaba a media luz y en silencio, porque para eso se había construido.
Esteban entró el último, como entraba siempre. Las dos estaban ya en el centro, sobre la piedra oscura, y las dos estaban desnudas, y era la primera vez.
Viktoria a la izquierda. Cuarenta y dos años, el cuerpo de línea que él conocía de memoria —largo, sin peso, la clavícula marcada, los pechos pequeños y altos, la piel muy blanca que a aquella luz baja tenía un fondo de ceniza—, el pelo recogido bajo la nuca y el aro de metal en la garganta, que era lo único que llevaba puesto y lo único que no se iba a quitar.
De pie en la postura exacta que ella misma había inventado ocho años antes: espalda recta sin rigidez, mentón alto, manos sueltas a los costados, el cuerpo diciendo “estoy disponible” sin que la boca dijera nada.
Y a la derecha, Rosaria. Veintitrés años y todo lo contrario: peso donde la otra era línea, la piel espesa del color de la miel oscura vista a contraluz, las caderas anchas y bajas, los muslos gruesos tocándose, los pechos grandes y llenos por abajo subiendo y bajando ya deprisa, los dos pezones oscuros con las areolas anchas granuladas contrayéndose solas de puro miedo.
La cicatriz blanca de doce centímetros bajo la última costilla.
La postura, aprendida a golpe de correcciones, perfecta.
Y la garganta —él lo sabía— era lo único de aquel cuarto que estaba a su favor.
—Las dos saben para qué es esta noche —dijo Esteban.
—Sí, señor —dijeron, con cuatro meses de distancia en el acento.
—Una de ustedes ya tiene collar. La otra sale de aquí con uno o sale sin él. —Se quitó la chaqueta y la dejó doblada sobre la única silla del cuarto—. Y no lo decide lo que haga sola. Lo decide lo que hagan juntas.
Viktoria bajó los ojos dos tercios, despacio, sin dejar de mirar hasta el último momento, que era la reverencia sin rodillas, la de entrega y no la de miedo. Rosaria la copió medio segundo tarde y algo peor, y ese medio segundo era exactamente la distancia que las separaba.
—De rodillas.
Se arrodillaron las dos a la vez, y las dos lo hicieron bien: rodillas separadas, espalda recta, las manos abiertas sobre los muslos con las palmas hacia arriba. Esteban se puso delante, y esperó, y las dos levantaron la cara y pidieron permiso con la mirada, y él bajó la barbilla un grado.
—¿Puedo servirle, señor? —dijo Viktoria.
—¿Puedo servirle, señor? —dijo Rosaria, medio segundo después.
—Sí.
Empezó Viktoria, porque le tocaba empezar a Viktoria, y empezó como sabía hacerlo ella, que no era como lo hacía la otra.
Sin prisa y sin fondo. Con las dos manos, con la boca cerrada sobre la punta y la lengua trabajando despacio por debajo, sosteniéndolo justo en el borde y bajándolo cada vez que lo notaba subir demasiado, porque lo que Viktoria Petrova sabía hacer —y llevaba veinte años sabiéndolo— no era hacer que un hombre terminara, sino hacer que no quisiera terminar todavía.
Lo llevó al filo dos veces y las dos veces lo dejó ahí, temblando, sin dejarlo caer, con una crueldad administrativa que no tenía nada de urgente.
Y cuando lo tuvo bien puesto en ese sitio donde un hombre haría cualquier cosa, se apartó, sin que él se lo mandara, y giró la cabeza hacia la derecha.
—Ahora ella —dijo Viktoria—. Que para eso es buena.
Fue lo más elegante y lo más cruel que hizo en toda la noche: entregarle a la napolitana un hombre al borde, para que la napolitana hiciera delante de ella lo único en lo que la llevaba de ventaja.
Rosaria bajó.
Y bajó entera, sin pelear, como había aprendido a hacerlo aquella noche de junio: tomando el aire por la nariz antes, soltando la mandíbula, sin tragar, abriéndose de arriba abajo.
Se lo tomó hasta el fondo de una sola vez, con la nariz contra el vientre de él y las dos manos abiertas sobre los muslos, y se quedó, y la garganta no se le cerró ni una vez.
Donde Viktoria retenía, Rosaria se hundía.
Donde Viktoria pensaba, Rosaria desaparecía.
Subió tres centímetros para tomar aire en un jadeo corto y volvió a bajar sin que nadie se lo pidiera, y otra vez, y otra, con las lágrimas cayéndole por las mejillas sin que hubiera nada parecido al llanto en aquella cara.
Esteban las alternó.
Las tuvo así un rato largo, pasándose de una boca a la otra sin decir casi nada, usando a la mayor para no terminar y a la joven para no poder aguantarlo, que eran las dos mitades exactas de la misma cosa, y en algún momento entendió —con esa parte fría de la cabeza que no se le apagaba nunca ni ahí— que aquello era la casa entera resumida en noventa metros cuadrados: el mando y el fondo, la forma y el peso, la que le había enseñado a mandar y la que había comprado libre en una casa cerrada de Nápoles.
Cuando supo que ya no lo iba a poder sostener, lo dijo.
—Las dos. La cara.
Las dos subieron a la vez y se quedaron de rodillas, muy juntas, con las caras casi tocándose y levantadas hacia él, y esperaron.
Y él le dio prioridad a Viktoria, y lo hizo a propósito, y las dos lo entendieron a propósito.