21. LA TORRE #5
En la sexta vomitó un poco de saliva y bilis en el suelo, al lado de la alfombra.
Y ahí, por primera vez en toda la noche, se oyó la voz de Viktoria Petrova desde la izquierda de la habitación.
—Señor.
Esteban se volvió.
Ella no se había movido de donde estaba en una hora y diez minutos. Seguía de pie, vestida, con las manos quietas.
—Está usted haciéndolo mal —dijo.
—¿Qué estoy haciendo mal?
—Le está pidiendo que se abra y la tiene muerta de miedo, y una garganta con miedo no se abre ni con veinte años de práctica. —Dio dos pasos hacia el centro—. Y hay una cosa que usted no puede darle porque no la tiene.
—¿Cuál?
Viktoria Petrova, cuarenta y dos años, el pelo blanco recogido, el aro de metal en la garganta, se agachó al lado de Rosaria Esposito, que estaba de rodillas en el suelo con la cara mojada y un hilo de saliva colgándole de la barbilla, y le puso la mano abierta en la espalda desnuda.
Y le habló en voz baja, muy cerca del oído, en un italiano que nadie sabía que hablaba.
Fueron cuatro frases y Esteban no entendió más que dos palabras.
Rosaria escuchó con los ojos cerrados. Asintió una vez. Después giró la cara y miró a aquella mujer de cuarenta y dos años a diez centímetros de distancia, y le dijo algo, y Viktoria le contestó con dos palabras más y le apretó la espalda con la palma abierta.
Después se levantó y volvió a su sitio.
—¿Qué le ha dicho? —preguntó Esteban.
—Que a mí me costó nueve meses —dijo Viktoria—. Y que la primera vez que lo conseguí tenía veintiséis años y estaba llorando igual que ella.
Rosaria se limpió la boca con el dorso de la mano.
—Otra vez, señor —dijo.
La séptima llegó a nueve segundos.
La octava a veintiuno, y ahí ocurrió por fin lo que tenía que ocurrir: en el segundo diecisiete, cuando el cuerpo entero estaba pidiendo cerrarse, Rosaria Esposito dejó de pelear.
Fue visible desde fuera. Se le soltaron los hombros. La mandíbula se le aflojó de golpe, la garganta dejó de subir y bajar buscando tragar, y todo el cuello se le abrió en línea recta.
Y bajó ella sola dos centímetros más.
Esteban notó el cambio con una precisión brutal —el paso de un músculo que resiste a un conducto que acepta— y tuvo que quedarse absolutamente quieto y respirar hondo dos veces para no terminar en ese mismo segundo.
—Ahí —dijo—. Eso. No se mueva.
Aguantó veintiuno y le dio en el muslo.
—Muy bien.
Rosaria subió, tomó aire por la boca, con la cara empapada y los ojos rojos, y sonrió.
Fue lo más obsceno de toda la noche, y no tuvo nada que ver con el sexo: una mujer de veintitrés años, de rodillas, destrozada, sonriendo porque había hecho bien un ejercicio.
De ahí en adelante fue subiendo.
Treinta segundos. Cuarenta. Cincuenta y cinco, con la nariz contra el vientre de él y las dos manos abiertas sobre los muslos y las lágrimas cayéndole por las mejillas sin que hubiera nada parecido al llanto en aquella cara.
Y en cada bajada, Esteban le sostenía la nuca y le decía lo mismo, con la voz administrativa que le había enseñado una mujer de pelo blanco en un piso sobre un lago:
—Por la nariz. Antes. No trague.
Y en cada subida, Rosaria tomaba un aire entero, y volvía a bajar sin que nadie se lo pidiera.
La última duró dos minutos.
No fue una bajada: fue una permanencia. Esteban se sentó en el borde de una silla que había hecho subir por la tarde, y ella se colocó entre sus rodillas, y bajó entera, hasta el fondo, con la nariz contra él, y se quedó.
Y él le puso las dos manos en la cabeza y no la empujó.
Ahí estuvo dos minutos exactos, que él contó porque contaba siempre.
Ella subía tres o cuatro centímetros cada quince o veinte segundos, tomaba aire por la nariz en un jadeo corto y volvía a hundirse hasta abajo sin que nadie se lo mandara, y en toda la maniobra la garganta no se le cerró ni una sola vez.
Dos minutos entera, sin pelear, sin arcadas, con el cuerpo abierto de arriba abajo y las dos manos quietas sobre los muslos.
Aquello fue lo que a Esteban Armand le arrancó todo lo que tenía.
Se corrió ahí abajo, hasta el fondo, con las dos manos cerradas en aquel pelo negro y espeso, y ella se quedó, y tragó dos veces sin cerrarse, y no se apartó hasta que él le soltó la cabeza.
Cuando subió, tenía la barbilla, el cuello y los dos pechos brillantes de saliva, y los pezones oscuros hinchados y duros del todo por primera vez en toda la noche, con las areolas anchas contraídas y arrugadas alrededor, casi negras en aquella luz.
Respiró tres veces.
Y después volvió a la posición: espalda recta, rodillas separadas, manos abiertas sobre los muslos, la cara hecha un desastre y los ojos limpios.
—Gracias, señor —dijo.
Y Viktoria Petrova, desde la izquierda de la habitación, vestida, con las manos quietas y sin haberse movido en dos horas y media, cerró los ojos un segundo.
Porque aquella fórmula no se la había enseñado ella.
Se la había inventado ella misma, ocho años antes, en una alfombra clara de un piso sobre un lago de Ginebra, una noche en que un hombre de veintitrés años acababa de leerle en el rellano tres cuartillas escritas a mano.
Y acababa de oírla en otra boca.