21. LA TORRE #4
Viktoria estaba de pie a la izquierda, vestida, con un vestido gris de lana fina, el pelo blanco recogido bajo la nuca y las manos quietas. Cuarenta años en tres meses. El aro de metal en la garganta.
Y en el centro de la alfombra, de pie, desnuda, en la postura que le habían corregido durante siete semanas, estaba Rosaria Esposito.
Y la postura era perfecta.
Mentón alto. Hombros abiertos hacia atrás. Manos sueltas a los costados, sin cruzar. Los pies un palmo. La espalda recta sin estar rígida.
Y dentro de aquella postura de mujer del norte, aprendida a golpe de correcciones, había un cuerpo napolitano de veintitrés años: la piel espesa y oscura, del color de la miel a contraluz, brillando un poco en los hombros con la luz baja de las lámparas; las caderas anchas; los muslos gruesos tocándose; los pechos grandes y llenos por abajo, algo separados, subiendo y bajando deprisa; y los dos pezones oscuros, granulados, con las areolas anchas contrayéndose ya solas de puro miedo, arrugándose alrededor y oscureciéndose hasta parecer negras en aquella luz.
Estaba temblando.
—Está temblando —dijo Esteban.
—Sí —dijo Viktoria—. Lleva cuarenta minutos ahí de pie esperándole a usted. Se lo he hecho yo.
—De rodillas.
Rosaria se arrodilló en la alfombra y lo hizo bien, que era lo único que sabía hacer bien: rodillas separadas, espalda recta, manos abiertas sobre los muslos con las palmas hacia arriba.
Esteban se puso delante.
—Míreme.
Lo miró.
—Antes de tocar, siempre con la mirada. Pide usted permiso con los ojos y espera. —Bajó la barbilla un grado—. Eso es todo lo que necesita saber de por qué. Lo demás es cómo, y lo demás va a doler.
Ella tragó saliva.
—¿Puedo servirle, señor?
Y lo dijo con acento, con la sintaxis torpe de siete semanas de español, y aun así lo dijo entero y bien, porque Viktoria se lo había hecho repetir cuarenta veces en cuatro días.
—Sí.
Empezó bien, y ese fue el problema.
Empezó como sabía empezar, que era muy bien: con la boca abierta y mucha saliva, sin prisa, la lengua plana subiendo por toda la longitud y bajando por el otro lado, la mano en la base, los ojos levantados.
Tenía la boca grande y los labios llenos y sabía usarlos, y en los primeros dos minutos Esteban tuvo que apretar los dientes dos veces.
Después le puso la mano abierta en la nuca y empujó.
Y Rosaria Esposito se cerró.
Fue inmediato y fue completo. En el momento en que el fondo del paladar registró el contacto, la garganta se le cerró en un espasmo, el cuerpo entero le dio una sacudida hacia atrás y le vino la arcada: seca, sonora, con los ojos abriéndose de golpe y las dos manos subiendo del regazo hacia los muslos de él.
Esteban la soltó al instante.
Ella se apartó, tosió tres veces, se llevó el dorso de la mano a la boca, y se quedó ahí de rodillas respirando por la boca con los ojos llenos de agua.
—Perdón. Perdón, señor.
—No pida perdón.
—Es que yo no… eso no lo he hecho nunca así. —Tragó saliva y volvió a toser—. Nunca hasta el fondo. En la casa no… nadie…
—Ya lo sé.
—Puedo hacer otras cosas. —Levantó la cara, y por primera vez en siete semanas se le vio entero el pánico de una mujer que ha vivido de gustar y que acaba de fallar en lo único que creía saber—. Se lo juro, señor, yo sé hacer otras cosas mejor que…
—Rosaria.
Ella se calló.
—Otra vez —dijo Esteban.
Lo intentó siete veces en cincuenta minutos, y las siete se cerró.
La segunda le duró tres segundos más y la arcada fue peor: se le saltaron las lágrimas de verdad, se le corrió una hebra de saliva por la barbilla hasta el pecho, y tuvo que apoyar las dos manos en el suelo un momento.
La tercera empezó a llorar antes de empezar, y él paró.
—No —dijo—. No así. Levántese.
La levantó. La llevó dos pasos hacia la pared, le puso la espalda contra el hormigón frío y le habló muy cerca, con las dos manos en los hombros.
—Esto no lo va a poder hacer con la garganta —dijo—. La garganta no le obedece a usted y no me obedece a mí. Se cierra sola porque para eso está, y llevamos cincuenta minutos peleando con un músculo que va a ganar siempre.
—Entonces no puedo.
—Sí puede. Pero no peleando. —Le levantó el mentón—. ¿Cómo respira usted cuando se mete en el mar?
—Yo no me meto en el mar.
—¿Cómo respira cuando la asustan?
Rosaria lo pensó.
—Rápido. Por la boca.
—Y por eso se cierra. —Le puso la mano abierta en el esternón, entre los dos pechos—. Por la nariz. Antes. Toma usted el aire entero, despacio, por la nariz, y después baja. Y no lo suelta. Y sobre todo: no traga. En el momento en que trague, se cerró.
—¿Y cuánto…?
—Ese es el otro asunto. —Le sostuvo la mirada—.
Yo no la voy a sacar. Va a tener que sacarse usted, y por eso quiero que sepa cómo.
—Le tomó la mano derecha y se la puso abierta en su propio muslo—.
Aquí. Palma abierta y un golpe. Uno solo.
Y salgo en menos de un segundo, siempre, todas las veces, aunque no lleve ni tres.
—¿Y si no me da tiempo a…?
—Le va a dar tiempo. —Le cerró la mano y la volvió a abrir—. Enséñemelo.
Ella le dio en el muslo con la palma abierta.
—Otra vez.
Le dio otra vez.
—Bien. De rodillas.
La cuarta llegó a cuatro segundos.
Esteban se quedó completamente quieto y no empujó ni un milímetro más: la sostuvo con la mano abierta en la nuca, sin presión, dejando que fuera el peso de la cabeza de ella lo que bajara, y le habló mientras tanto, muy despacio, sin ninguna urgencia.
—Ahí. No trague. Suelte la mandíbula. Ábrase.
Ella se cerró a los cuatro segundos y le dio en el muslo, y él salió antes de que el golpe terminara.
—Bien —dijo.
—No he llegado.
—Ha durado cuatro segundos y me ha avisado usted misma. Eso es exactamente lo que quería. Otra vez.
La quinta fue peor que la cuarta y la sexta fue peor que la quinta, porque el cuerpo se acuerda del miedo y se anticipa, y Rosaria empezó a cerrarse antes de tiempo, en el camino, con la arcada montada de antemano.