21. LA TORRE #3
Ese fue el primer detalle de aquel cuerpo que Esteban Armand miró más tiempo del necesario, la primera noche, y lo recordaría con una precisión desagradable veinte años después.
Grandes, de una areola ancha —cuatro centímetros largos, más ancha en el derecho que en el izquierdo—, de un marrón oscuro que en la penumbra parecía casi negro y que con luz tenía un fondo rojizo, como el vino tinto sobre madera.
La piel de la areola no era lisa: tenía relieve, granulada alrededor del pezón, con cuatro o cinco glándulas marcadas que se le levantaban cuando tenía frío o cuando alguien la miraba mucho rato.
Y el pezón, en el centro, era grueso y corto, y no se le ponía duro con la misma facilidad que a la otra: había que trabajarlo.
Cuando por fin se le levantaba —y tardaba, y ella se avergonzaba de que tardara— la areola entera se le contraía alrededor, arrugándose, y se le oscurecía todavía más, y quedaba el pezón muy hacia fuera, mucho más grande de lo que había parecido diez minutos antes.
En el costado izquierdo, debajo de la última costilla, tenía una cicatriz de doce centímetros, blanca y fina.
Se la había hecho a los nueve años con una plancha de zinc en una azotea de la Sanità, y Esteban se la encontró la primera noche pasándole la mano por el costado, y se detuvo ahí, y se acordó de un alambre y de un chico de once años, y no dijo absolutamente nada.
Llegaron a Madrid el 3 de abril.
Esteban le puso un cuarto en el ala sur del Piso 27, con baño propio, en el extremo opuesto al dormitorio grande, y durante nueve días no la tocó ni una sola vez.
Lo que hizo en esos nueve días fue lo que había aprendido de un hombre que colecciona deudas y de una mujer que no mentía nunca: la dejó estar.
Le abrió una cuenta a su nombre en el banco de la calle de Sevilla y le ingresó tres mensualidades por adelantado, para que en cualquier momento pudiera comprar un billete a Nápoles sin pedirle permiso a nadie.
Le puso una profesora de español cuatro horas al día.
Y le dijo, una sola vez, en el pasillo, que aquella casa tenía dos ascensores y que uno de ellos bajaba a la calle lateral y no tenía portero.
Rosaria Esposito entendió las tres cosas.
Y a los nueve días, una noche, se plantó en la puerta del despacho del Piso 27 y preguntó, en un español torpe que se había estudiado aquella tarde, cuándo iba a empezar a trabajar.
—¿En qué cree usted que va a trabajar?
—No lo sé —dijo ella—. Pero llevo nueve días comiendo aquí y no he hecho nada, y en mi casa eso tiene un nombre.
Esteban dejó la pluma.
—Mañana a las siete —dijo—. Le va a enseñar otra persona.
Se lo dijo a Viktoria aquella misma noche, en el dormitorio grande, y se lo dijo mal.
Se lo dijo como se dicen las cosas cuando uno ha decidido que no son importantes: de espaldas, mientras se quitaba los gemelos, en cuatro frases, sin darle ninguna solemnidad y sin preguntar.
—La italiana se queda.
Viktoria estaba sentada en el borde de la cama.
—Ya lo sé.
—Y no se queda de servicio.
—Eso también lo sé, señor. —Tenía las manos quietas sobre las rodillas—. Lo sé desde el 3 de abril, a las once de la noche, cuando usted le puso el cuarto en el ala sur y no en el de arriba, con el servicio.
Esteban se dio la vuelta.
Ella tenía cuarenta y dos años, el pelo blanco recogido, el aro de metal en la garganta, y la cara absolutamente serena de la mujer que llevaba veinte años leyendo habitaciones y a la que no se le había escapado un solo dato de aquella casa en once días.
—Quiero que la enseñe usted —dijo él.
Y hubo un silencio en aquel dormitorio que duró cuatro segundos y que en veinte años ninguno de los dos volvió a mencionar.
—¿Por qué yo? —dijo Viktoria.
—Porque es la única que sabe.
—Esa no es la razón, señor.
—No —admitió Esteban—. La razón es que si se lo enseño yo, dentro de tres meses hay dos mujeres en esta casa esperando cada una lo suyo, y esto se convierte en un desorden, y usted me enseñó hace ocho años lo que le pasa a una casa sin gobierno.
—Se soltó el segundo gemelo—. Si se lo enseña usted, hay una sola manera de hacer las cosas y la manera es la suya.
—Y yo dejo de ser la mujer de esta casa.
—Sí.
—Y paso a ser la primera de dos.
—Sí.
Viktoria Petrova asintió despacio, dos veces.
—Bien —dijo—. Empiezo mañana.
Y ninguna de las dos cosas que pensó en aquel momento se las dijo. La primera era que aquello se lo había buscado ella misma ocho años antes, en una biblioteca de Ginebra, enseñándole a mandar a un hombre que no tenía método. La segunda era que le quedaba, calculó, poco más de un año.
Se equivocó en cuatro meses.
Lo que Viktoria le hizo a Rosaria Esposito durante siete semanas no tuvo nada de piadoso.
Empezó a las siete de la mañana del día siguiente, en la habitación vacía del ala norte —la del doble tabique, que seguía en obra gris, con el hormigón desnudo y una bombilla colgando de un cable—, y empezó por lo que parecía menos importante.
—De pie. Ahí. Quieta.
Rosaria se puso donde le dijeron.
—Cuarenta minutos —dijo Viktoria—. Sin apoyarse, sin cruzar los brazos, sin cambiar el peso de pierna. Si se mueve, empezamos otra vez desde el principio.
—¿Para qué?
—Esa pregunta le acaba de costar veinte minutos más.
La primera semana fue solo eso: estar. La postura, corregida con dos dedos, una y otra vez, sin una palabra de ánimo.
El mentón alto —más—. Los hombros abiertos —atrás, no arriba—.
Las manos sueltas a los costados y jamás cruzadas por delante, y esa fue la que más le costó, porque Rosaria Esposito llevaba siete años en una casa del Rione Sanità donde una mujer se tapa el cuerpo con las manos por instinto y por decencia y porque siempre hay alguien mirando.
Viktoria se las apartó ciento cuarenta veces.
A la cuarta le dijo, sin ninguna dulzura:
—Una mujer que se cruza las manos delante del cuerpo está pidiendo perdón por tenerlo. Aquí no se pide perdón por eso. Otra vez.
La segunda semana, la mirada. Sostener un segundo y bajar los ojos dos tercios, despacio, sin dejar de mirar hasta el último momento.
Rosaria lo hizo mal noventa veces —los bajaba del todo, con la cabeza, como se baja la cabeza en un barrio donde bajar la cabeza es lo que salva— y Viktoria se lo corrigió noventa veces con una paciencia glacial que no se parecía en nada a la bondad.
—No. Eso es miedo. Otra vez.
—Es que yo…
—Otra vez.
La tercera semana, desnudarse. Y ahí Rosaria lloró, dos veces, y las dos veces Viktoria esperó a que terminara y le dijo que siguiera desde el principio.
Porque ella se desnudaba deprisa. Se desnudaba con la eficiencia sin ceremonia de quien lo ha hecho cuatro mil veces por dinero, mirando a otro lado, doblando la ropa deprisa para tener las manos ocupadas.
—Otra vez —dijo Viktoria—. Y ahora míreme mientras lo hace.
—No puedo.
—Ya lo sé. Otra vez.
Le costó once días.
Y el undécimo, cuando por fin lo hizo entero —despacio, de cara, sin apartar los ojos, sacando los hombros de la blusa de uno en uno—, Viktoria Petrova no la felicitó. Se limitó a decir:
—Eso es. Y ahora lo va a hacer usted así todos los días de su vida, hasta que se muera o hasta que él se canse, y va a llegar un momento en que no sabrá hacerlo de otra manera ni sola en su cuarto.
Rosaria la miró.
—¿A usted le pasa?
—Sí —dijo Viktoria.
Y siguió con la clase.
Fue implacable con ella y fue exacta, y hubo una sola cosa que no le enseñó.
No le enseñó nada de lo otro. Ni una técnica, ni una postura, ni una sola de las cosas que a Rosaria Esposito le habrían resultado más fáciles del mundo, porque de eso ella sabía muchísimo más que ninguna de las dos.
Y ese fue el desprecio más elegante que Esteban vio hacer a nadie en veinte años: Viktoria le enseñó a la napolitana todo lo que se puede hacer con el cuerpo vestido y de pie, y le dejó exactamente el terreno en el que la otra ya era mejor.
Lo dijo una sola vez, la quinta semana, mientras le corregía por vigésima vez la reverencia sin arrodillarse.
—Usted sabe hacer que un hombre termine. Eso lo sabe hacer cualquiera con veinte años y paciencia. —Le levantó el mentón con dos dedos—. Lo que yo le estoy enseñando es a hacer que un hombre no quiera terminar todavía. Es lo contrario y cuesta siete años.
La séptima semana, un jueves de junio, Viktoria entró en el despacho del Piso 31 a las ocho de la tarde.
Esteban tenía delante los planos de la planta 19 y una carta de Reinhardt.
—Ya está —dijo ella.
—¿Está lista?
—No. Está lo bastante lista para que la termine usted, que es distinto y es lo que se puede conseguir en siete semanas.
—Se quedó de pie al otro lado de la mesa—.
Sabe estar de pie. Sabe desnudarse. Sabe bajar los ojos.
Sabe pedir permiso con la mirada y esperar.
No sabe casi nada más y hay una cosa que no le he enseñado.
—¿Cuál?
—La de rodillas.
Esteban levantó la vista.
—¿Por qué no?
—Porque ahí es mejor que yo —dijo Viktoria Petrova, con una serenidad absoluta—. Y porque llevo siete semanas dándole a esa chica todo lo que tengo, señor, y no soy tan generosa como para regalarle también lo único en lo que yo le llevo veinte años de ventaja.
Se hizo un silencio.
—Enséñeselo usted —dijo ella—. Esta noche. Y quiero estar delante.
—¿Por qué?
—Porque si no estoy delante, mañana por la mañana esta casa tiene dos mujeres y ninguna sabe cuál es cuál. —Se dio la vuelta hacia la puerta—. Y porque yo no me voy de una habitación andando hacia atrás.
La habitación del ala norte tenía aquella noche una alfombra, dos lámparas de pie que Esteban había hecho subir por la tarde, y nada más.
Seguía siendo hormigón desnudo. Seguía sin ventanas. La bombilla del cable estaba apagada y las dos lámparas dejaban el techo entero en penumbra y encendían solo el metro de aire que había encima del suelo.
Y no se oía absolutamente nada del resto del mundo, porque para eso se había construido.
Esteban entró el último.