Esteban, El Origen del Dominio (Umbrella: El Imperio de la Obediencia nº 3) 21. LA TORRE #2
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21. LA TORRE #2

Sesenta socios el segundo año. Ochenta y uno el tercero.

Coleman trajo dinero americano y un socio de Boston.

Sacchi trajo gente todas las semanas, y su cara caía bien en cuarenta segundos, y en tres años no supo nunca ni de dónde salía el capital ni qué se estaba construyendo exactamente en aquella avenida.

Esteban entró a vivir en el Piso 27 en el otoño de su año treinta.

Y el primer día que subió, con la casa todavía oliendo a pintura, recorrió las diecinueve habitaciones una por una y terminó al fondo del ala norte, delante de una puerta que no tenía puerta, mirando un rectángulo de noventa metros cuadrados de hormigón desnudo, sin luz eléctrica, con cuatro paredes de doble tabique y un suelo de cemento fratasado.

Estuvo ahí de pie unos minutos, con las manos en los bolsillos.

Después salió y cerró aquella ala, y el espacio se quedó sin usar catorce meses más.

Lo de Nápoles fue un negocio del que Esteban no estuvo orgulloso, y no por lo que la gente supondría.

Fue en el segundo año de obra. Compró, por un asunto de deudas cruzadas y a través de una sociedad de Vaduz, un paquete de activos de una familia napolitana que se estaba deshaciendo: dos edificios en el Vomero, una participación en una naviera de cabotaje, un almacén, y una casa en el Rione Sanità que en los papeles figuraba como hospedaje con servicios.

Compró el paquete entero sin desglosarlo, por debajo de precio, con la prisa de un hombre que necesitaba liquidez para una torre.

Y no lo miró.

Esa fue la parte de la que no estuvo orgulloso: que un hombre que llevaba diez años sin firmar un papel sin leerlo dos veces compró en cuarenta minutos un activo cuyo contenido no había inventariado, porque tenía la cabeza en un forjado de la planta 19 y porque le estaban dando un descuento del treinta por ciento.

En marzo bajó a Nápoles a ver lo que había comprado.

Los edificios del Vomero estaban bien. La naviera era un desastre y la vendió en seis semanas. El almacén no valía nada.

Y en la casa del Rione Sanità había once mujeres.

No estaban encerradas. Conviene decirlo con precisión, porque la precisión es lo único que separa una cosa de otra.

Nadie llevaba grilletes, no había puertas con llave, y cualquiera de aquellas once mujeres podía haber salido a la calle un martes por la mañana y no volver, y tres o cuatro veces al año alguna lo hacía.

Lo que había era una contabilidad.

Un libro de tapas de hule, con una página por persona, llevado con una prolijidad admirable por una señora de sesenta años que se llamaba doña Assunta y que no era un monstruo: era una administradora.

Y en cada página había un debe y un haber.

En el debe: el viaje desde el pueblo, la ropa, la cama, la comida diaria, el médico, la multa por una noche libre, el adelanto que se le mandó a la madre en el 47. En el haber: el trabajo.

Y en ninguna de las once páginas el haber alcanzaba nunca al debe.

Esteban se pasó una tarde entera con aquel libro en un cuarto que olía a lejía, sumando columnas con un lápiz.

Once mujeres, entre diecinueve y cuarenta y un años, debiendo entre cuatro mil y veintiséis mil liras cada una a una casa que era suya desde hacía siete semanas y que él había comprado sin abrir el inventario.

Y no era ilegal. Esa fue la parte que le sentó peor, y le costó dos días entender por qué.

Era una deuda documentada, con firmas —dos con huella dactilar en vez de firma—, en un país donde aquello ni siquiera necesitaba esconderse demasiado.

Cualquier abogado del mundo le habría dicho que el activo era perfectamente válido y que si quería podía venderlo con las once páginas dentro, y que aquello se hacía todos los días en todos los puertos del Mediterráneo.

Se acordó de una mujer polaca de diecinueve años a la que un serbio de veintidós compró en una casa de la vía Carducci pagando en efectivo, y de un plato de pescado en un sitio con manteles.

Aquella noche no durmió, y no por lo que la gente supondría tampoco.

No lo mantuvo despierto la compasión. Lo mantuvo despierto una cosa mucho más incómoda: el descubrimiento de que la diferencia entre lo que él estaba haciendo con una mujer en un piso de la calle de Almagro y lo que doña Assunta llevaba en un libro de tapas de hule tenía que poder decirse en una frase, y que si no era capaz de decirla, entonces no había ninguna diferencia.

Tardó hasta las cuatro de la mañana.

La frase que encontró era esta: una puerta que se puede cruzar en los dos sentidos.

Y a las cinco de la mañana, sentado en la cama de un hotel de la piazza Municipio, entendió que aquella frase no era un consuelo sino un encargo, porque su casa de Madrid, tal como estaba, tampoco la cumplía del todo.

Lo resolvió el jueves, en una tarde, y le costó menos dinero del que le había costado la naviera.

Hizo venir a un notario y a un abogado de Roma. Extinguió las once deudas —las once, íntegras, sin descuento y sin condiciones— mediante un documento público que hizo leer en voz alta delante de las once mujeres, en el comedor de la casa, con doña Assunta presente y furiosa.

A cada una le entregó, en la mano, el equivalente a cuatro meses de un jornal de fábrica en efectivo, y una copia del documento.

Y después dijo, en un italiano correcto y con acento de Marsella, la única frase que dijo en toda la tarde:

—Esta casa se cierra el día quince. No hay deuda. Vayan donde quieran.

Nueve se fueron en once días.

De las otras dos, una tenía cuarenta y un años, no tenía adónde ir, y Esteban le pagó el traspaso de una pensión pequeña en Portici que aquella mujer llevó durante diecinueve años y que dio de comer a tres personas.

Y la otra no se fue.

Se llamaba Rosaria Esposito y tenía veintitrés años.

El apellido era lo primero que había que saber de ella, y no lo sabía casi nadie fuera del sur: Esposito, en Nápoles, es el apellido que se les daba en los registros a los niños que nadie reclamaba. Esposto. Expuesto. Puesto fuera. Media ciudad lo lleva, y la mitad de esa media no sabe por qué.

Su abuela lo había recibido en una inclusa de la vía Foria en 1889.

Estuvo tres días sin irse. No pidió nada, no dio explicaciones, no hizo ninguna de las cosas que Esteban esperaba y para las que tenía preparadas cuatro respuestas distintas.

Siguió durmiendo en su cuarto, siguió ayudando a recoger la casa que se estaba cerrando, y el día quince por la mañana, cuando doña Assunta se fue con dos maletas y sin despedirse de nadie, ella seguía ahí, sentada en el último escalón de la escalera, con una bolsa de tela en el regazo.

Esteban bajó a las nueve para cerrar la puerta y se la encontró.

—Se cierra hoy.

—Lo sé.

—Tiene usted el documento y el dinero.

—Sí.

—¿Entonces?

Rosaria Esposito levantó la cara.

—¿Puedo ir con usted? —dijo.

—No.

—¿Por qué no?

—Porque no sabe adónde voy ni a qué —dijo Esteban—, y porque una mujer que le pide a un hombre que se la lleve tres días después de que ese hombre le quite una deuda de doce mil liras no está pidiendo, está pagando.

Ella se quedó callada un momento. Y después dijo la única cosa del mundo que podía haber cambiado aquella conversación.

—Ya sé lo que es pagar —dijo—. Llevo siete años pagando. Lo que le estoy pidiendo es lo otro.

—¿Qué es lo otro?

—Elegir.

Y ahí, en el zaguán de una casa cerrada del Rione Sanità, a las nueve de la mañana, Esteban Armand se oyó a sí mismo hacer una pregunta que llevaba diez años dándole vueltas en la cabeza desde un patio con jazmín pasado de temporada en el bulevar Périer, y que no le había hecho nunca a nadie con esas palabras.

—¿Estás aquí por obediencia o por deseo?

Rosaria no entendió la pregunta. Naturalmente que no la entendió: nadie podía entenderla todavía, porque aquella pregunta no significaba nada fuera de la cabeza de un hombre.

—Por deseo —contestó de todas formas.

Fue la primera vez que se dijo en voz alta, con la respuesta correcta, por casualidad, en el sitio equivocado.

Esteban tardó cuatro segundos.

—El tren de Roma sale a las once y veinte —dijo—. Si no está usted en el andén, no la busco.

De Rosaria Esposito hay que decir cómo era, porque el resto de esta historia no se entiende si no.

Tenía veintitrés años y era napolitana de la manera en que solo se es napolitano de la Sanità: morena de un moreno cálido, aceitunado, de piel espesa y sin una sola veta rosada, del color de la miel oscura vista a contraluz.

Al lado de Viktoria Petrova parecían dos especies distintas del mismo animal.

Metro sesenta y ocho, que era alta para su barrio. El pelo negro, muy negro, sin brillos azules, tan espeso que cuando se lo soltaba entero le pesaba en la nuca, ondulado en las puntas y con un remolino en la sien derecha que no había manera de peinar.

La cara era ancha en los pómulos y estrecha en la mandíbula, con la nariz recta y un punto larga, con esa forma que en Nápoles se hereda de los griegos, y los ojos muy oscuros y muy separados debajo de unas cejas que no se había depilado nunca.

La boca grande, de labios llenos, con el superior algo más grueso que el inferior, que es una rareza y que hacía que pareciera que estaba a punto de decir algo aunque llevara media hora callada.

El cuerpo no se parecía en nada al de la otra.

Donde Viktoria era línea, Rosaria era peso.

Hombros redondos y sin músculo marcado. Los brazos suaves, sin una sola vena a la vista.

La cintura corta y estrecha de verdad —no de gimnasio: de familia—, y a partir de ahí unas caderas anchas y bajas, de mujer del sur, con los muslos gruesos que se tocaban al andar y que se le apretaban uno contra otro cuando estaba de pie con los pies juntos.

Los pechos eran grandes y pesaban. Llenos por abajo, algo separados, con esa caída mínima que tienen a los veintitrés años los pechos de verdad y que no tiene ninguno de los que salen en las fotografías.

Cuando se tumbaba boca arriba se le abrían hacia los lados y se le aplanaban un poco, y cuando se ponía de rodillas volvían a juntarse solos.

Y los pezones eran oscuros.