21. LA TORRE
El solar costaba cuatro veces lo que él tenía y construir encima costaba veinte veces más.
Esteban hizo los números en tres tardes y le salió lo mismo las tres veces: no se podía. Con doscientos treinta mil francos y un negocio de treinta y cuatro socios se compra una casa en la calle del Prado, no se levanta un edificio en el paseo de la Castellana.
La cuarta tarde dejó de sumar y se puso a mirar el problema desde el otro lado, que era la única cosa que había aprendido a hacer mejor que nadie.
No necesito dinero para construir una torre. Necesito que la torre no sea mía.
Y ahí se le abrió entero.
No iba a construir un edificio para Umbrella.
Eso era imposible y además era estúpido, porque una torre entera dedicada a una casa de comidas discretas es la cosa más visible que puede levantarse en una ciudad.
Iba a construir un edificio de oficinas de alquiler en la avenida nueva, un edificio absolutamente convencional, y lo iba a financiar vendiendo plantas sobre plano a la misma gente que comía en la calle del Prado.
Un banco necesitaba sede. Dos aseguradoras necesitaban sede. Cuatro despachos de abogados llevaban dos años buscando metros en una ciudad que no los tenía.
Se lo planteó a once socios en tres semanas, de uno en uno, en las salas de la segunda planta, y no les vendió una inversión: les vendió una preocupación quitada de encima.
Metros en la avenida nueva, a precio de hoy, con entrega en treinta y seis meses, pagando el sesenta por ciento durante la obra.
En febrero tenía comprometidas catorce plantas de las treinta y una.
Ninguno de aquellos hombres preguntó qué se hacía en las cinco de arriba. Estaban comprando un problema resuelto, y los problemas resueltos no se miran por encima del hombro.
Umbrella se pagó su propia torre con el dinero de los que iban a vivir debajo, y ninguno de ellos supo nunca que estaba financiando el techo de otro.
Richard Coleman puso el primer dinero de verdad, y lo puso mal.
Fue en enero, en una sala de la segunda planta, con los planos todavía en un rollo y sin una sola licencia concedida.
Esteban le explicó la operación en once minutos con la sequedad con la que explicaba todo, le dijo el riesgo entero sin adornarlo —licencias, tres años, una avenida que el ayuntamiento no había abierto todavía— y le puso delante una cifra.
Coleman tenía veinticinco años. Escuchó con las manos quietas, que era lo mejor que hacía, y cuando Esteban terminó no discutió el precio.
No solo no lo discutió: subió.
—Deme dos plantas más de las que me ofrece —dijo—. Y le pago las cuatro por delante. Todo, ahora, no en treinta y seis meses.
Esteban se quedó medio segundo mirándolo.
Fue un segundo entero, en realidad, y Coleman no supo nunca lo que pasó dentro de aquel hombre en ese tiempo, porque lo que pasó fue una frase dicha por un archivero húngaro en un segundo piso de una calle detrás de la rue du Rhône:
Si alguna vez se sienta usted en una mesa con alguien que no regatea jamás y que paga por delante, mírelo bien.
Lo miró bien.
Y vio a un chico de veinticinco años de Filadelfia, con un traje demasiado nuevo, que llevaba siete meses en Madrid, que se había pasado tres horas sentado en una silla incómoda al lado de un paragüero porque no conocía a nadie, y que estaba pagando por adelantado por la única razón por la que paga por adelantado la gente de veinticinco años: porque le quema el dinero en el bolsillo y porque quiere que lo tomen en serio.
No era él. Era imposible que fuera él.
Y esa fue la primera de las muchas veces en veinte años en que Esteban Armand miró a Richard Coleman con una sospecha exacta, minuciosa y completamente equivocada, y la apartó, y se quedó con una incomodidad de fondo que no se le fue nunca del todo.
Coleman fue el mejor socio que tuvo y el hombre del que menos se fio en su vida, y ninguna de las dos cosas tenía nada que ver con la otra.
A Viktor Reinhardt le escribió en marzo, cinco líneas, sin saludo.
Contestó en cuatro.
Los alemanes construimos mejor que ustedes y más caro. Elija. Estaré en Madrid el 14.
Llegó el 14 con dos ingenieros de Fráncfort, una carpeta y ninguna intención de quedarse.
En tres días desmontó el proyecto del arquitecto madrileño que Esteban había contratado en diciembre —pieza por pieza, sin levantar la voz, con esa manera suya de encontrar el error de un auditor de veinticinco años en una tarde— y en el cuarto puso encima de la mesa una estructura de hormigón que costaba un dieciocho por ciento más y aguantaba treinta y un plantas en vez de veintiséis.
—Esto es lo que hay —dijo—. Y no me haga socio de nada, que no quiero.
—No pensaba hacerlo.
—Bien.
Cobró sus honorarios, cobró los de los dos ingenieros y volvió a Fráncfort el domingo.
Después vino cada tres meses durante tres años.
Llegaba el jueves, revisaba la obra el viernes con el casco puesto y la libreta en la mano, encontraba entre cuatro y nueve cosas mal hechas, las dictaba en voz alta al jefe de obra sin una sola concesión al orgullo de nadie, cenaba con Esteban el sábado hablando exclusivamente de hormigón, y se iba.
En doce visitas no preguntó ni una sola vez qué se hacía en la casa de la calle del Prado.
Eso fue exactamente lo que hizo que, ocho años después, Esteban lo sentara en la mesa.
Los planos se cerraron un martes de mayo, y hay que contarlo despacio, porque en aquella mesa de dibujo se decidió el sitio donde iban a ocurrir, veinte años más tarde, cosas que ninguno de los presentes podía imaginar.
Treinta y una plantas.
No treinta y cuatro, que era lo que Reinhardt había calculado que aguantaba la estructura, sino treinta y una, porque el ayuntamiento no autorizó más altura en aquella manzana y porque Esteban decidió que no valía la pena pelear tres plantas con doce concejales.
De la 1 a la 26: alquiler. Bancos, aseguradoras, despachos, una compañía eléctrica. La coartada y la renta. Un edificio de oficinas absolutamente normal, con dos accesos, cuatro ascensores públicos, portería, y una placa en la entrada con doce nombres de sociedades.
De la 27 a la 31: lo otro.
Cinco plantas a las que no llegaba ninguno de los cuatro ascensores públicos. Un quinto ascensor, independiente, con acceso desde un vestíbulo trasero que daba a la calle lateral, sin placa y sin portero.
El Piso 31.
El último. Y la razón por la que Esteban lo eligió no se la explicó nunca a nadie, y era la misma que llevaba organizándole la vida desde los veintidós años: desde arriba se ve todo y no se es visto.
Un despacho, una sala de reuniones, una antesala. Ventanas del suelo al techo en tres orientaciones. Ciento diecisiete metros sobre el nivel de la calle, que era mucho más de lo que hacía falta para trabajar y exactamente lo que hacía falta para no ser mirado por nadie nunca más.
Era la posición del camarero, perfeccionada y llevada a ciento diecisiete metros de altura.
El Piso 27.
La casa. Y la razón de que fuera el 27 y no el 30 era puramente material: cuatro plantas de separación entre donde se vivía y donde se trabajaba.
Las plantas 28, 29 y 30 quedaron previstas como archivo, servicio y una sala de instalaciones. Tres pisos que no llevaban a ninguna parte y por los que había que pasar obligatoriamente para subir del 27 al 31.
Nadie llegaba arriba por casualidad. Nadie bajaba a la casa sin cruzar tres plantas vacías.
Y en el plano del 27, en el ala norte, al fondo, había un espacio.
Lo dibujó él mismo con lápiz, encima del plano del arquitecto, un martes por la tarde.
Un rectángulo de unos noventa metros cuadrados en el extremo del ala norte, con una sola puerta y sin ventanas a la fachada. Se lo pasó a Reinhardt por encima de la mesa.
El alemán lo miró once segundos.
—¿Qué es?
—No lo sé todavía.
—Eso no es una respuesta.
—Es la única que tengo. —Esteban le dio la vuelta al plano—.
Lo quiero sin ventanas exteriores, con doble tabique en las cuatro paredes y con la instalación preparada para calor y agua.
Lo quiero de manera que desde el resto de la casa no se oiga absolutamente nada de lo que pase ahí dentro, y al revés.
Reinhardt sacó el lápiz.
—Eso sube el coste de esa planta un siete por ciento.
—Lo sé.
—Puedo darle un aislamiento así por la mitad de dinero si me deja poner ventanas altas.
—No.
—¿Por qué no?
Y Esteban se quedó callado, porque no lo sabía.
Aquella fue una de las tres o cuatro decisiones de su vida que tomó sin poder explicarlas, y la única que además sabía en el momento que no podía explicar.
Llevaba cuatro años con un protocolo escrito en tres cuartillas y una mujer con un aro de metal en la garganta, y todo eso ocurría en dormitorios: en un cuarto sobre un lago, en un piso de la calle de Almagro, en habitaciones que servían para otra cosa el resto del tiempo.
Y hacía falta un sitio.
No sabía cuál, ni para qué exactamente, ni con quién. Solo sabía que el orden que se había inventado no podía seguir ocurriendo en habitaciones prestadas, del mismo modo que un tribunal no puede reunirse en el pasillo.
—Póngalo sin ventanas —dijo—. Y no lo termine. Déjelo en obra gris: paredes, suelo, instalación y nada más. Sin luz, sin puertas, sin acabados.
—¿Y quién lo termina?
—Ya lo veremos.
Reinhardt anotó tres cosas en la libreta, marcó el rectángulo con una cruz y no volvió a preguntar por él en tres años.
En los planos de obra, aquel espacio figuró siempre como dependencia norte, sin uso previsto.
La torre tardó tres años y dos meses.
Se hundió el terreno en octubre del primer año y hubo que rehacer la cimentación, con cuatro meses de retraso y una discusión con Reinhardt que empezó a las nueve de la mañana y terminó a las nueve de la noche sin que ninguno de los dos levantara la voz.
Hubo una huelga en el segundo verano. Hubo dos accidentes, uno de ellos grave, y Esteban pagó de su bolsillo la pensión de la familia durante veintidós años sin que constara en ninguna contabilidad de la casa.
Y mientras tanto, abajo, la calle del Prado siguió funcionando.