Esteban, El Origen del Dominio (Umbrella: El Imperio de la Obediencia nº 3) 20. EL PRIMER CAPITAL #3
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20. EL PRIMER CAPITAL #3

—A una mujer desnuda de la que no sabe absolutamente nada. —Le subió las manos por la cintura, por las costillas, hasta abrirlas debajo de los pechos sin llegar a tocarlos—. Ni el nombre, ni de dónde viene, ni lo que hizo en Ginebra durante quince años. Nada. Aquí no es usted nadie.

Viktoria abrió los ojos.

—No, señor.

—Diga que le gusta.

—Me gusta, señor.

—Diga la verdad.

Ella se quedó callada tres segundos, con el vaho de su propia respiración empañándole el cristal a diez centímetros de la cara.

—Me da miedo —dijo.

—Bien —dijo Esteban—. Ahora sí.

Le cerró las manos sobre los pechos y ella gimió contra el cristal, y aquella habitación vacía se lo devolvió entero.

La trabajó de pie contra el balcón cuarenta minutos y no la dejó darse la vuelta ni una sola vez.

Le mordió la nuca por encima del aro, le pasó la lengua por el hueco de detrás de la oreja, le apretó los dos pechos con las manos abiertas hasta que los pezones se le pusieron duros como piedras entre sus dedos, y todo el rato le fue diciendo cosas al oído en voz muy baja, y todo el rato ella tuvo que sostener la mirada en cuatro ventanas encendidas.

Le abrió las piernas con la rodilla.

Estaba empapada, y él se lo dijo, y ella cerró los ojos y él le mandó abrirlos otra vez.

La hizo apoyar las dos manos en el cristal, separadas, con los brazos estirados y la espalda arqueada y las caderas hacia atrás; y entró así, de una sola vez, entero, y la primera embestida le arrancó un sonido que se oyó en toda la casa vacía y probablemente en el patio de luces.

—Más bajo —dijo él.

—No puedo, señor.

—Más bajo.

Y ella tuvo que morderse el labio y tragarse todo lo demás durante media hora, contra un cristal frío, mientras un hombre que ya no se llamaba como su madre la sujetaba por las caderas y le decía al oído, tres veces, con una calma administrativa:

—Aquí no es usted nadie. Aquí no es usted nada más que esto.

Se corrió dos veces sin permiso, y él se lo dejó pasar las dos, que fue la única cosa blanda que hizo aquella noche.

A la tercera se lo hizo pedir.

—Señor. Por favor. Se lo pido.

—¿Qué es usted?

—Suya, señor.

—¿Nada más?

—Nada más.

—Ahora.

Y Viktoria Petrova se rompió de pie, con las dos palmas abiertas sobre un balcón de la calle de Almagro y la frente contra el vidrio, y las contracciones fueron tan largas que él tuvo que sostenerla por la cintura con los dos brazos para que no se le fuera al suelo, y siguió sosteniéndola treinta segundos después, mientras se vaciaba dentro con la cara enterrada en aquel pelo blanco.

Los cuatro balcones de enfrente siguieron encendidos.

Nadie se asomó.

Y cuando ella recuperó el aire y pudo hablar, con la mejilla todavía pegada al cristal, lo primero que dijo fue lo que decía siempre.

—Gracias, señor.

Y lo segundo no lo había dicho nunca.

—¿Va a ser así siempre aquí?

Esteban no le contestó, porque no supo qué contestar.

En junio, un martes por la tarde, se presentó en la casa de la calle del Prado un americano de veinticuatro años preguntando si podía almorzar.

No podía: la casa no admitía a nadie que no viniera de la mano de un socio, y él no conocía a nadie en aquella ciudad. Se lo explicó Sacchi con toda la simpatía del mundo y sin ninguna intención de resolvérselo.

El americano se sentó en el vestíbulo estrecho a esperar de todas formas.

Estuvo tres horas.

Se llamaba Richard Coleman, tenía el dinero de su padre en el bolsillo y ni una sola idea propia de qué hacer con él, y aquella tarde, cuando Esteban salió por fin y lo encontró todavía sentado en la silla de al lado del paragüero de latón, le preguntó qué quería exactamente.

—Sentarme donde se hable —dijo Coleman.

—Aquí no se habla de nada.

—Ya sé. Por eso.

Esteban se quedó mirándolo un momento: veinticuatro años, un traje demasiado nuevo, la incapacidad americana absoluta para entender por qué una puerta debería estar cerrada, y una paciencia de tres horas en una silla incómoda que no encajaba con ninguna de las tres cosas anteriores.

—Vuelva el jueves —dijo—. Y no traiga a nadie.

En septiembre, la casa de la calle del Prado tenía treinta y cuatro socios, dos listas de espera y un problema que Esteban llevaba dos meses viendo venir.

Era demasiado pequeña.

No podían comer más de veinticuatro personas al día sin que unos se cruzaran con otros, y todo el negocio consistía exactamente en que no se cruzaran. Había rechazado a once socios en agosto. Sacchi le llevaba nombres cada semana y él decía que no, y cada no era dinero que se quedaba en la puerta.

Una casa de tres plantas en la calle del Prado tiene un techo. Está en la tercera planta.

Aquel otoño, un corredor de fincas al que había invitado a comer dos veces le habló de un solar en el paseo de la Castellana, cerca de un descampado donde el ayuntamiento iba a abrir una avenida.

Esteban fue a verlo un domingo por la mañana, solo, andando.

Era un rectángulo de tierra con dos escombros y una valla caída, y no había nada alrededor más que polvo y una tapia. Estuvo ahí veinte minutos con las manos en los bolsillos, mirando hacia arriba, hacia el aire vacío que había encima de aquel solar.

Y pensó, por primera vez en su vida, en construir en vertical.