20. EL PRIMER CAPITAL #2
Aquella ciudad tenía dinero nuevo, muchísimo, y no tenía dónde ponerlo a hablar.
Los negocios se cerraban en los comedores de tres hoteles, en dos casinos y en cuatro restaurantes de la parte vieja, y en todos ellos se oía absolutamente todo.
Un hombre que quería vender una fábrica tenía que sentarse a comer con el comprador en un sitio donde había ocho mesas más, y a la semana siguiente lo sabían cuarenta personas, y el precio se le caía un veinte por ciento antes de firmar.
Las esposas se enteraban de las amantes por el maître.
Los socios se enteraban de que iban a dejar de serlo por un camarero.
Y nadie lo vivía como un problema. Lo vivían como el clima: una cosa que está ahí, que no tiene arreglo, sobre la que uno se queja en invierno.
Esteban lo miró durante ocho semanas y vio lo que había visto siempre, desde los veintidós años, con una bandeja en la mano.
El silencio bien administrado es la única mercancía que no se abarata nunca.
Alquiló una casa en la calle del Prado, de tres plantas, con la fachada sin placa.
Puso un comedor de doce cubiertos en la primera y tres salas pequeñas en la segunda.
Contrató a un cocinero francés que estaba sin trabajo por un asunto de faldas y a cuatro personas de servicio, y a las cuatro les pagó, desde el primer mes, casi el doble de lo que se pagaba en Madrid.
Ese fue el negocio entero, y no era complicado: si a un camarero le pagas el doble, no lo compra el vecino.
Y encima de eso montó lo demás, que sí lo era.
Nada escrito. Ni una reserva, ni un libro de clientes, ni una factura con un nombre. Se pagaba una cuota anual por adelantado, en efectivo o contra una sociedad, y a partir de ahí las comidas no se cobraban, porque una factura de un almuerzo prueba que dos hombres almorzaron juntos.
Las salas de la segunda planta no comunicaban entre sí y tenían dos escaleras, de manera que dos grupos podían estar en la casa a la vez sin verse ni al llegar ni al salir.
Y una regla que Esteban escribió él mismo en una cuartilla y que hizo leer y firmar a los cuatro empleados, y que era la única cosa firmada en toda la casa:
Lo que se oye en esta casa no existe. El que lo repita una vez no vuelve a trabajar en esta ciudad.
Ferrand había hecho aquello durante treinta años con la memoria y con el miedo. Esteban lo hizo con nóminas, con arquitectura y con un papel de tres líneas.
En junio tenía once socios. En septiembre, treinta y cuatro.
La sociedad se llamaba Carrera y Fontán.
Fue el nombre más aburrido que se le ocurrió, y lo eligió con el mismo criterio con el que había elegido “Armand”: que no significara nada, que no se recordara, que sonara a despacho de administración de fincas de la calle de Alcalá.
Carrera y Fontán no existían: eran dos apellidos españoles corrientes que quedaban bien juntos en una placa de latón pequeña.
Y nadie la llamó así jamás.
Lo del nombre pasó un martes de mayo y no lo vio venir nadie.
Aquel invierno había llovido poco y aquella primavera llovió como no llovía desde hacía veinte años. Y en la casa de la calle del Prado se había ido formando, desde febrero, una costumbre que empezó por casualidad y que a Esteban le costó tres meses entender.
Había un paragüero de latón junto a la puerta de servicio, no en el vestíbulo.
Lo habían puesto ahí porque el vestíbulo era estrecho, y ocurrió lo que tenía que ocurrir: los socios empezaron a entrar por la puerta de al lado, la que daba al callejón, la de servicio, para dejar el paraguas y no cruzar el vestíbulo chorreando.
Y descubrieron algo que ninguno dijo en voz alta durante mucho tiempo: que entrando por ahí no los veía nadie desde la calle del Prado.
En abril entraban por la puerta de servicio los días de lluvia. En mayo entraban todos los días.
Y aquel martes, hacia las tres de la tarde, un consejero del Banco Hispano al que Esteban había visto exactamente cuatro veces se levantó de la mesa para irse, se paró en el pasillo delante del paragüero de latón —que estaba lleno, quince o dieciséis paraguas negros idénticos, todos goteando sobre el mismo latón, sin una sola etiqueta, sin una sola inicial, indistinguibles— y se quedó mirándolo.
—Fíjese usted —dijo—. Ni sé cuál es el mío.
—Coja cualquiera —dijo Esteban.
El hombre se rio, tomó uno y se lo puso debajo del brazo. Y ya en la puerta, con la mano en el picaporte, se volvió a medias.
—Esto es exactamente lo que ustedes venden —dijo—. Que no se sepa cuál es el mío.
Salió a la lluvia.
Esteban se quedó de pie en el pasillo mirando aquel paragüero.
Y vio lo que llevaba tres meses delante de los ojos sin verlo: que ninguno de aquellos hombres tenía nada que esconder, tomado de uno en uno. Iban a comer. Hablaban de precios. Lo único que compraban en aquella casa era que su paraguas no se distinguiera del de los otros quince.
No compraban secreto. Compraban indistinción.
Un mes después, el mismo consejero le dijo a un tercero, en el casino, que se veían el jueves en el paraguas de la calle del Prado.
Y aquel tercero se lo repitió a otro. Y aquel otro, que había estudiado en Inglaterra y que en Madrid decía las cosas en inglés para que se le notara, lo tradujo una noche delante de seis personas.
—Nos vemos en el Umbrella.
Se quedó en cinco semanas.
Esteban lo dejó correr un año entero antes de tocar nada.
Después mandó cambiar la placa de latón de la calle del Prado, que en vez de Carrera y Fontán pasó a no decir absolutamente nada, y constituyó en Vaduz —de vuelta a Vaduz, con el mismo abogado que no hacía preguntas— una sociedad tenedora con el único nombre que a partir de entonces tuvo aquella casa.
Nunca corrigió a nadie sobre el origen. Dejó que se contara de siete maneras distintas, y en seis de ellas el nombre significaba protección, cobertura, un techo sobre la gente que hacía negocios, y todas eran halagadoras y ninguna era cierta.
La verdadera era que un banquero, un martes de mayo, no fue capaz de reconocer su propio paraguas.
Viktoria llegó en abril, cuatro meses después que él.
Tres semanas se habían convertido en dieciséis por razones perfectamente atendibles: la venta del piso del cuarto, dos sociedades que liquidar, un pleito menor con un inquilino. Ninguna de las dos partes lo mencionó nunca.
Esteban fue a buscarla a la estación.
Y la vio bajar del vagón con un abrigo bueno y un sombrero, con treinta y ocho años y el pelo enteramente blanco recogido bajo la nuca, y comprobó dos cosas en el mismo segundo.
La primera, que se le había disparado el pulso.
La segunda, que en aquel andén de Madrid, a las ocho y media de la tarde, con doscientas personas alrededor, no había ni una sola que supiera quién era aquella mujer.
En Ginebra, cuando Viktoria Petrova entraba en un salón, los grupos se recomponían solos. El de la butaca —el único sentado— se ponía de pie. Un hombre de sesenta años le preguntaba por las estadías por encima de una mesa de doce y esperaba la respuesta como se espera una sentencia.
En Madrid era una señora extranjera con un abrigo bueno.
Ella lo vio también. Naturalmente que lo vio: llevaba veinte años leyendo habitaciones, y una estación es una habitación grande.
No dijo nada. Le dio la mano enguantada, dejó que él se ocupara del equipaje y comentó, mientras salían, que hacía más frío del que esperaba.
La casa era un piso alto de la calle de Almagro con cinco balcones y demasiadas habitaciones.
Esteban la había alquilado en enero sin pisarla dos veces, y la había amueblado como amueblaba todo, que era pagando a alguien para que lo hiciera bien y no discutiendo el resultado.
Había un salón grande, un comedor que no usó nadie en dos años, tres dormitorios y, al fondo del pasillo, una habitación que él había dejado deliberadamente vacía.
Cenaron algo frío en la cocina, de pie, porque venía de catorce horas de tren.
Y a las once, cuando ella iba a ir a deshacer el baúl, Esteban dijo:
—Todavía no.
Viktoria se quedó parada en mitad del pasillo.
—Al fondo —dijo él.
La habitación del fondo estaba vacía del todo.
Sin cama, sin lámpara, sin cortinas. Suelo de tarima sin alfombra, paredes recién pintadas, y en la del centro un balcón alto de dos hojas que daba a la calle, con las contraventanas abiertas y los cristales sin visillos.
Al otro lado, a doce metros, la fachada de enfrente: seis balcones, cuatro con luz.
Y aquella habitación tampoco tenía nada que amortiguara el sonido.
—Esto es de la otra casa —dijo ella en voz baja, y la habitación se lo devolvió.
—Sí.
—¿Lo ha dejado así a propósito?
—Sí.
Esteban cerró la puerta.
—Desnúdese. Ahí, delante del balcón. Y no se dé la vuelta hacia mí, mire usted a la calle.
Ella se desnudó de cara a un balcón sin visillos, con las luces de cuatro ventanas encendidas a doce metros, en una ciudad donde no la conocía nadie.
El abrigo. La chaqueta. La blusa, botón por botón, con la espalda muy recta. La falda, que cayó al suelo y de la que salió levantando un pie y después el otro, sin doblarse por la cintura. Después la seda, que dobló sobre el alféizar porque no había ningún otro sitio.
Cuando terminó volvió a la postura sin que se lo dijeran, de cara al cristal: mentón alto, hombros abiertos, manos sueltas a los costados, los pies un palmo.
Y el aro de metal blanco en la base del cuello, que llevaba puesto desde hacía dos años y que nadie de aquella ciudad iba a ver nunca.
Esteban se acercó por detrás. No la tocó.
Le habló al oído sin rozarla, y notó cómo se le erizaba la piel de la nuca solo con el aire.
—Hoy la ha visto bajar de un tren doscientas personas —dijo—. ¿Cuántas sabían quién era usted?
—Ninguna, señor.
—¿Le ha molestado?
Ella tardó un segundo de más.
—No lo sé.
—Es la primera vez en cuatro años que me contesta usted eso.
—Sí, señor.
Esteban le puso por fin las dos manos en las caderas, y ella cerró los ojos y soltó el aire despacio.
—Mírelos —dijo—. Los cuatro balcones. Si alguno de esos hombres se asoma a fumar, la va a ver.
—Sí, señor.
—¿Y qué va a ver?
—A una mujer.