20. EL PRIMER CAPITAL
Madrid lo recibió con un frío seco que no se parecía a ningún frío que hubiera conocido.
Bajó del tren en Atocha a las seis y media de la mañana de un viernes de diciembre, con un baúl, dos cajones facturados y catorce horas de vagón encima, y lo primero que notó fue eso: que no había humedad.
Venía de un puerto donde el frío se te metía por debajo del abrigo y de una ciudad de lago donde la niebla borraba la orilla de enfrente, y en aquel andén el aire estaba tan seco que se le agrietaron los labios en cuatro días.
Lo segundo lo notó al salir a la calle.
Madrid gritaba.
No era una impresión sentimental: era un hecho acústico.
La gente hablaba a tres metros de distancia y se oía a treinta.
Los camareros cantaban los pedidos hacia la cocina.
Dos hombres discutían un precio en la acera con las manos, delante de todo el mundo, y a nadie le parecía raro.
En Ginebra, un negocio de dos millones se cerraba con dos frases dichas a un metro y medio sin que se enterara la mesa de al lado.
Aquí, un hombre le explicaba a otro a voz en grito cuánto había pagado por un terreno.
Esteban Armand se paró en la esquina de la calle de Atocha con la maleta en la mano y estuvo un minuto entero escuchando aquello.
Y pensó, con la claridad exacta con la que le llegaban a él las cosas: aquí no hay nadie vendiendo lo único que yo sé vender.
Había elegido la ciudad por descarte, como había elegido el apellido.
Lo pensó tres semanas en Ginebra, con un mapa y una lista, y no entró en la decisión ni una sola consideración romántica.
Descartó París y Londres porque en las dos había gente que lo conocía de una mesa.
Descartó Lisboa porque el puerto lo acercaba otra vez al agua, y el agua era exactamente el mundo del que se estaba yendo.
Descartó Barcelona en cuatro segundos y no se permitió examinar por qué, aunque en un piso de Sant Andreu hubiera una mujer enterrada a la que llevaba siete años sin visitar.
Quedaba Madrid.
Estaba a mil quinientos kilómetros del eje Ginebra-Marsella-Trieste.
No tenía mar, lo cual significaba que no tenía navieras, ni aseguradores marítimos, ni corredores de flete, ni una sola de las profesiones cuya gente podía haber oído su nombre.
Era una capital con dinero y sin puerto, que en su oficio era casi una contradicción.
Y hablaban la lengua de su madre, que él tenía de niño y sin acento, y que llevaba siete años sin usar más que para contar por dentro.
Alquiló dos habitaciones y un despacho en la calle de Alcalá, encima de una sombrerería, con el suelo de tarima que crujía y una ventana que daba a un patio interior.
Y el primer día que se sentó en aquel despacho vacío hizo la única cosa que llevaba cuatro días evitando.
Abrió la cartera de cuero y contó el dinero.
Doscientos treinta mil francos.
De esos, veintiocho mil eran suyos en el sentido en que la gente entiende esa palabra: comisiones de operaciones pequeñas, los once mil del armador de Amberes, tres años de sueldo ahorrado con una disciplina de fraile.
Los otros doscientos dos mil venían de una sola operación.
La refinanciación de cuatro buques y dos terminales, tres años de flete asegurado por delante, la primera cosa grande que hizo solo y con dinero de otro. La cerró en once semanas, la cerró bien, y Viktor Reinhardt leyó el expediente en seis minutos y dijo correcto por segunda vez en dos años.
La contraparte era una sociedad de Vaduz.
Pequeña, con dos administradores fiduciarios que no eran nadie, constituida dos años antes de aquella operación, con dinero dentro y sin historia. Y en la primera hoja de su libro mayor, la fundacional, había una transferencia única, sin fraccionar, con día, mes y año.
La cifra era la que Tamás Vargha le había dicho en un segundo piso de una calle detrás de la rue du Rhône, con una neutralidad de contable, cuando le preguntó cuánto había costado el año que no ocurrió.
Esteban se quedó sentado con los efectos a la vista extendidos sobre una mesa alquilada, en un despacho vacío encima de una sombrerería, con la luz gris del patio interior entrando por la ventana.
Hizo la cuenta hasta el final, porque él siempre hacía las cuentas hasta el final.
Alguien pagó una fortuna para que un año no existiera.
Ese dinero entró limpio en una sociedad de Liechtenstein.
Esa sociedad hizo una operación perfectamente legal con un consorcio de Ginebra.
De aquella operación salió un beneficio, y de aquel beneficio le tocó a él una parte por su trabajo, que fue un trabajo impecable, y que cualquier auditor del mundo habría aprobado sin una sola objeción.
Todo era legal. Cada eslabón, uno por uno.
Y aun así, el ochenta y ocho por ciento del capital con el que Esteban Armand iba a fundar lo que fundó era, en última instancia, el precio de una noche de febrero en una casa blanca frente al Adriático.
Estuvo con aquello delante unos veinte minutos.
No hubo tormenta. No se levantó a mirar por la ventana ni se sirvió nada de beber ni hizo ninguna de las cosas que hacen los hombres en las novelas cuando se les pone delante lo que son.
Lo que hubo fue una consideración práctica, y le llegó con una limpieza que años después, cuando ya se atrevía a mirarla, le parecería la cosa más fría que había pensado nunca: si devuelvo esto, no se lo devuelvo a nadie, porque no queda nadie a quien devolvérselo.
La mujer no constaba en ningún registro de ningún país. La ruta no había existido. El hombre había desaparecido de aquella costa sin dejar dirección. En el expediente de Vargha no había ninguna criatura, ni viva ni muerta.
No había parte perjudicada. Administrativamente, aquel dinero no le había sido quitado a nadie.
Volvió a meter los efectos en la cartera, la cerró, y a las once de la mañana bajó a abrir una cuenta en un banco de la calle de Sevilla.
Aquello —y no la torre, ni el Consejo, ni ninguna de las cosas que vinieron después— fue el acto fundacional de todo.
Un hombre de veintisiete años que sabía exactamente de dónde venía su dinero y decidió, en un despacho vacío, en veinte minutos, que la ausencia de acreedor equivalía a la ausencia de deuda.
Lorenzo Sacchi apareció en febrero, y apareció como aparecía todo en su vida: sin que nadie lo hubiera llamado.
Fue en el comedor de un hotel de la Carrera de San Jerónimo donde Esteban comía tres veces por semana porque se oía bien. Estaba de pie junto a una columna, contándole una historia a dos hombres con las dos manos, y los dos hombres se reían.
Cuatro años y medio.
Tenía la misma cara y no tenía nada más.
La camisa seguía siendo cara y ya llevaba dos temporadas puesta; los zapatos habían dejado de ser buenos hacía tanto que se les había ido incluso el recuerdo de la forma.
Y cada vez que se reía miraba primero hacia una mesa del fondo, para comprobar si el de allí se reía también.
Exactamente igual que en el Panier.
Se reconocieron. Sacchi cruzó el comedor con los brazos abiertos, lo llamó por un nombre que ya no era el suyo y se corrigió a mitad de frase sin que se le moviera la sonrisa, cosa que Esteban le apuntó en el haber.
—¿Armand? ¿Desde cuándo?
—Desde noviembre.
—Mejor. El otro sonaba a camarero. —Se sentó sin que lo invitaran—. ¿Y qué haces aquí?
—Empezar.
—Yo llevo tres meses. —Se sirvió agua—. Esta ciudad es una mina, Esteban. Hay dinero nuevo por todas partes y no saben qué hacer con él. Gente que hace cuatro años tenía una fábrica de nada y ahora tiene tres. Yo conozco ya a todo el mundo.
—¿A cuánta gente?
—A todo el mundo.
—Nómbrame doce.
Sacchi lo miró un segundo, desconcertado por el tono, y después empezó a nombrar. Nombró catorce sin repetir, con el negocio de cada uno, con el nombre de la mujer de tres de ellos y con el detalle, en dos casos, de quién estaba a punto de comprarle a quién.
Y no mintió en ninguno. Esteban comprobó nueve en las semanas siguientes.
Lorenzo Sacchi llevaba tres meses en una ciudad extranjera, sin un franco, debiendo dinero, y tenía en la cabeza un mapa social que a un hombre metódico le habría costado dos años levantar.
—¿Cuánto debes? —preguntó Esteban.
—¿Cómo?
—En Génova. Y aquí. Cuánto debes.
Sacchi se rio, dejó de reírse, se puso serio, y en esos tres segundos Esteban vio pasarle por la cara las cuatro mentiras que se estaba planteando.
—Dieciocho mil —dijo al final.
—Veintidós —dijo Esteban, que no lo sabía, y acertó de casualidad por dos mil.
Lo contrató el lunes siguiente.
Le pagó las deudas de Génova, que era la única manera de que aquel hombre pudiera trabajar sin mirar hacia la puerta, y se las descontó del sueldo en veinticuatro meses sin intereses, y le hizo firmar el descuento en un papel de dos párrafos.
Y no lo hizo socio.
Sacchi lo pidió tres veces, la primera de broma, la segunda en serio y la tercera de mal humor, y las tres veces Esteban le dijo que no sin darle ninguna explicación, porque las explicaciones son pedir permiso con otra cara.
La explicación se la había dado Marcel Ferrand cuatro años y medio antes, en un comedor del Panier, sin bajar la voz, mirando a un chico que hablaba con las dos manos junto a una barra:
Ese sirve para vender. Para nada más.
Y Esteban lo contrató exactamente por eso, sabiendo con precisión lo que estaba comprando y lo que no.
Compró una cara que caía bien en cuarenta segundos, una memoria social prodigiosa y una incapacidad absoluta para callarse en una mesa, que es un talento cuando el trabajo consiste en que te cuenten cosas.
No compró criterio. No compró silencio. No compró un hombre que pudiera saber de dónde salía el capital.
En veinte años, Lorenzo Sacchi fue el único empleado antiguo de la casa que jamás supo lo que había pasado en la costa dálmata.
El negocio se le ocurrió mirando comer a los demás.
Llevaba dos meses haciendo lo que sabía hacer, que era sentarse una silla más atrás y colocarse de manera que se le vieran las manos a todo el mundo. Y en dos meses entendió Madrid entera.