19. EL LOBO #4
Se desabrochó y se colocó delante de ella, y le puso la mano abierta en la mandíbula, y con el pulgar le abrió los labios.
—Antes de esto —dijo— hay una cosa que va a decir usted.
Ella tenía la voz destrozada.
—Sí, señor.
—No. Esa no.
—¿Cuál, señor?
Y Esteban se lo dijo.
—Me voy de esta ciudad el jueves. Y no me voy con el nombre de mi madre, que está escrito en catorce sitios de aquí y que a partir del jueves no lo lleva nadie.
—Le pasó el pulgar por el labio de abajo—.
Firmé unos papeles en Vaduz hace tres semanas.
Nadie lo sabe todavía. Ni el abogado sabe para qué es.
—Señor…
—A partir del jueves me llamo Armand.
Viktoria se quedó absolutamente quieta, de rodillas, con los ojos tapados.
—Y usted va a ser la primera persona del mundo que lo diga en voz alta —dijo Esteban—. Dígalo.
Hubo tres segundos de un silencio que en aquella habitación vacía pesaba como el agua.
—Armand —dijo ella.
Y Esteban le metió la mano detrás de la cabeza y se lo metió entero de una sola vez hasta el fondo.
Le entró limpio y le entró hasta abajo, porque llevaba cincuenta minutos con ocho centímetros de cuero contra el paladar y aquella garganta ya no sabía cerrarse.
Fue lo que él había querido desde septiembre, cuando encargó la pieza, y le llegó exactamente como lo había pensado: sin arcada, sin resistencia, sin ese medio segundo de pelea que había habido siempre en cuatro años.
Se abrió sola.
La sostuvo ahí veinte segundos, con las dos manos en la cabeza y la nariz de ella contra su vientre, notando bajo las palmas cómo la garganta se le cerraba y se le abría alrededor en espasmos y cómo tragaba una y otra vez.
La soltó. Ella subió, tomó aire.
—Otra vez.
—Armand.
Y volvió a bajarla.
Lo hizo siete u ocho veces, y cada vez la dejaba subir lo justo para una bocanada y una palabra, y cada vez aquella mujer que llevaba veinte años sin obedecer a nadie decía un nombre que no existía todavía en ningún registro del mundo.
—Armand.
—Otra vez.
—Armand.
Y a la novena, cuando ella terminó de decirlo y abrió la boca para tomar el aire que sabía que no le iban a dar, Esteban le puso las dos manos detrás de la cabeza y no la soltó.
—Ahora dígalo así.
La empujó hasta el fondo y la dejó ahí.
Y Viktoria Petrova, de rodillas en el suelo desnudo de una habitación vacía, con los ojos vendados, los pechos cubiertos de cera blanca cuarteada, la garganta entera ocupada y una llave apretada en el puño derecho, lo dijo.
No se entendió. No podía entenderse. Fue un sonido gordo y ahogado que salió de mucho más abajo de donde salen las palabras, vibrando alrededor de él, y que en aquella habitación sin alfombras ni cortinas rebotó contra las cuatro paredes y contra el cristal y volvió.
Tres sílabas. Un nombre que ninguna persona viva había pronunciado nunca.
Y Esteban Armand se corrió ahí dentro, hasta el fondo, con las dos manos cerradas en el pelo blanco y la cabeza echada hacia atrás y los ojos abiertos mirando el techo desnudo de una casa que al día siguiente ya no iba a ser de nadie.
La limpió él.
Le quitó la venda y esperó a que los ojos se le acostumbraran a la luz de la lámpara sin pantalla.
Le fue quitando la cera del pecho con las uñas, placa por placa, despacio, y debajo la piel estaba de un rosa encendido y caliente, con los pezones todavía duros y tan sensibles que ella siseaba cada vez que él pasaba por encima.
Después le abrió la mano derecha, dedo por dedo, porque tenía el puño agarrotado.
La llave había dejado su forma marcada en la palma. Un surco blanco, exacto, con la sombra de los dientes del metal en la carne, que tardó veinte minutos en desaparecer.
Se sentaron los dos en el suelo, contra la pared, en la única habitación de aquella casa que todavía tenía una bombilla.
—¿Cuándo se va? —dijo ella.
—El jueves. Tren de la tarde.
—¿Y yo?
Esteban tardó en contestar.
—Usted cierra esto, vende lo que haya que vender y baja después —dijo—. Tres semanas. Un mes.
—De acuerdo.
Y ninguno de los dos, en aquel suelo, contra aquella pared, a las tres de la mañana, dijo en voz alta lo que los dos sabían: que era la primera vez en cuatro años que él le contaba un plan por adelantado, y que se lo estaba contando porque no lo tenía.
El tren salió de Ginebra el jueves a las cuatro y cuarto de la tarde.
En el andén no había nadie a quien despedirse. Reinhardt estaba en una reunión y no le gustaban los andenes. Viktoria no bajó porque él le dijo que no bajara, y ella no discutió, porque llevaba cuatro años sin discutir nada.
Un hombre de veintisiete años subió a un vagón de segunda con un baúl, dos cajones facturados y una cartera con doscientos treinta mil francos en efectos a la vista.
Se sentó junto a la ventanilla. Vio el lago quedándose atrás, y después los campos, y después la subida.
Y en algún punto de aquella noche, entre Lyon y la frontera, con las luces del vagón apagadas y la cabeza contra el cristal frío, dejó de existir un hombre que se había llamado como su madre y empezó a existir otro.
Faltaban catorce horas para Madrid.