Esteban, El Origen del Dominio (Umbrella: El Imperio de la Obediencia nº 3) 19. EL LOBO #3
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19. EL LOBO #3

—Es lo mejor que ha hecho en cuatro años.

—Ya lo sé —dijo Esteban—. Abra la boca.

Le puso la mordaza primero.

Ella abrió, y él le metió la pieza de cuero endurecido despacio, empujando con dos dedos, hasta que la tuvo entera dentro y el borde del ovalado le llegó al fondo del paladar, ahí donde la garganta empieza y donde el cuerpo, si no está entrenado, se cierra solo.

Viktoria arqueó una vez, con una arcada corta y seca, y él no retiró.

—Respire por la nariz. No se cierre. Ábrase.

Tardó veinte segundos. Después se abrió.

Esteban le pasó las correas por detrás de las orejas y le abrochó la hebilla en la nuca, debajo del pelo blanco, apretándola dos agujeros y comprobando con el dedo que no le cortaba la circulación.

Después la venda.

Se la dobló en cuatro y se la pasó por encima de los ojos, y le hizo un nudo plano detrás de la cabeza, encima de la hebilla, y le colocó bien el pelo.

Y ahí se quedó parado un momento, mirándola.

Viktoria Petrova, de pie, desnuda, en una habitación vacía, con el pelo blanco suelto, la boca abierta y llena de cuero, los ojos tapados, el aro de metal en la garganta y el puño derecho cerrado en el costado sobre una llave que no pensaba soltar.

La mujer que había desmontado a un chico de veintidós años en una biblioteca con dos preguntas técnicas.

La única persona del mundo que sabía leerle la cara.

Y él acababa de quitarle los ojos.

La llevó al centro de la habitación, la puso de rodillas sobre la tarima desnuda y le colocó las manos abiertas sobre los muslos, con el puño derecho cerrado por encima.

Encendió la vela.

Fue lo único que hizo con ruido: el raspar del fósforo contra la caja, en aquel espacio vacío, sonó como si alguien hubiera roto algo.

Vio cómo ella giraba medio grado la cabeza hacia el sonido, y cómo se le movía la garganta alrededor del cuero, y cómo se le puso la piel de gallina en los dos brazos, de arriba abajo, en un segundo.

La dejó arder cuatro minutos sin decir nada.

Cuatro minutos de rodillas en una habitación en la que no se oía absolutamente nada más que la respiración de dos personas y, muy de vez en cuando, el chisporroteo mínimo de un pabilo. Sin ver. Sin poder preguntar. Sin saber qué era aquello ni qué venía después.

Al minuto tres empezó a temblarle el labio inferior alrededor del cuero.

Al minuto cuatro se le había puesto el pecho entero de un rosa moteado y le brillaba el interior de los muslos, sin que nadie la hubiera tocado ni una sola vez.

Esteban se arrodilló delante de ella, tomó la palmatoria y la inclinó.

La primera gota le cayó en el hueco de la clavícula, encima del aro.

Ella dio un salto entero, con todo el cuerpo, y el sonido que hizo contra la mordaza fue el ruido más obsceno que Esteban había oído en su vida: un grito ahogado, gordo, sin consonantes, que empezó agudo y se le rompió en el fondo de la garganta y que aquella habitación vacía le devolvió multiplicado.

Y después, inmediatamente, el temblor.

Porque eso fue lo que él no había previsto y lo que aprendió aquella noche: que la cera no duele apenas.

Que el dolor de una gota de sebo blanco es corto, tan corto que se acaba antes de que el cerebro llegue a nombrarlo, y que lo que queda después es otra cosa completamente distinta.

Un punto de calor concentrado, endureciéndose sobre la piel, encogiéndose al enfriarse, tirando de la carne hacia dentro mientras se seca.

Un dolor que se convierte en una caricia mientras uno lo está sintiendo.

La segunda cayó dos dedos más abajo, en el nacimiento del pecho izquierdo.

La tercera, más abajo todavía.

Y ella empezó a entender el itinerario, y ahí ya no pudo estarse quieta.

Se los dejó para el final a propósito, y tardó ocho minutos en llegar.

Le fue cubriendo primero todo lo demás: la clavícula, el esternón, las costillas, la curva exterior de los dos pechos, la parte de abajo, el hueco entre ellos.

Gotas sueltas, separadas, cayendo desde treinta centímetros para que se enfriaran un poco en el aire, con veinte o treinta segundos de espera entre una y la siguiente.

Y la espera era lo peor.

Porque Viktoria no veía. Y sin ver no se sabe cuándo, ni dónde, ni de qué altura, y el cuerpo entero se pone a esperar en toda su superficie a la vez; y en algún momento del minuto cinco, sin que nadie se lo hubiera pedido, empezó a sacar el pecho hacia delante, ofreciéndolo, buscando el sitio donde iba a caer la siguiente.

Estaba blanca de cera hasta el vientre. Sobre aquella piel del norte, que casi no tenía color, el sebo blanco se veía apenas: una costra irregular, mate, que se le iba craquelando en las junturas cuando respiraba hondo.

Los pezones seguían limpios.

Duros hasta hacer daño, contraídos en su base, pálidos, apuntando hacia arriba en medio de un desastre blanco. Llevaban ocho minutos esperando y ella lo sabía desde el minuto dos.

Esteban levantó la palmatoria diez centímetros y la inclinó sobre el izquierdo.

Viktoria se rompió.

Fue un chillido entero, larguísimo, sofocado por el cuero, con la espalda arqueada hacia atrás y las rodillas separándose solas sobre la tarima; y no fue de dolor, o no solo, porque el dolor de aquello dura segundo y medio y aquel sonido duró seis.

Fue lo que vino después.

Fue el peso. La gota caliente cubriendo el pezón entero, envolviéndolo, endureciéndose alrededor en veinte segundos, encogiéndose, apretándolo hacia dentro con una presión constante que no aflojaba nunca y que no venía de ninguna mano.

Un pellizco frío que se quedaba puesto.

Le puso tres más encima, una tras otra, hasta que se formó una capa gruesa y blanca, y ella empezó a mover las caderas de una manera que no controlaba, adelante y atrás, buscando algo que no estaba, gimiendo contra el cuero, con las manos abiertas sobre los muslos y el puño derecho apretado hasta ponerse blanco.

Y no soltó la llave.

Hizo el derecho igual. Cuatro gotas y una capa, y en la última Viktoria echó la cabeza hacia atrás y aguantó ahí seis o siete segundos, tirante, con los tendones del cuello marcados alrededor del aro y todo el cuerpo temblándole en un temblor continuo que ya no se paró en toda la noche.

Cuando Esteban dejó la vela en el suelo, ella tenía los dos pechos blindados en blanco, la respiración deshecha, la barbilla brillante de saliva que se le había escapado por las comisuras alrededor del cuero, y un charco pequeño en la tarima entre las rodillas.

Le pasó dos dedos por ahí abajo.

El sonido que hizo Viktoria al notárselos fue de animal.

Y entonces empezó lo otro, que era lo que él tenía preparado desde el principio y que fue mucho peor que la cera.

La tumbó de espaldas en el suelo desnudo, sin nada debajo, con la cera crujiéndole en el pecho al apoyarse, le separó las rodillas y no le ató nada, porque no hacía falta atar a una mujer que no puede ver ni hablar.

Y se puso a trabajarla con la mano.

La primera se la sacó en seis minutos y se la dejó llegar entera, entera y limpia, sin trampas, y fue larga y ella se dobló por la cintura levantando los hombros de la tarima con un aullido apagado.

No la dejó bajar.

No aflojó, no cambió el ritmo, no retiró los dedos: siguió exactamente igual mientras el cuerpo todavía se le estaba contrayendo, y Viktoria abrió la boca alrededor del cuero y emitió un ruido de protesta que él ignoró.

La segunda llegó a los cuarenta segundos, encima de la primera, y esa ya no fue placer entero. Ya tenía dentro esa cosa que araña.

La tercera, a los dos minutos.

La cuarta, a los cuatro, y en la cuarta ella empezó a empujarle la muñeca con la mano izquierda, que era la única libre, y él le sujetó la muñeca contra el suelo con la rodilla y siguió.

Y aquí estaba la lección, y Esteban se la dijo al oído mientras se la aplicaba, muy tranquilo, con la voz administrativa de ella misma:

—Usted me enseñó a parar antes. Ocho veces en una noche, siempre un segundo antes.

Le metió dos dedos más adentro.

—Yo aprendí después a parar en el segundo exacto, y le pareció sucio y le pareció peor. Tenía razón: era peor.

La quinta le vino a los seis minutos y ya fue casi dolor, y lloró contra la venda, y él lo notó porque la seda negra se le puso más oscura en las dos esquinas.

—Y esto es la tercera cosa, y esta no me la enseñó nadie —dijo—. Esto es no parar nunca.

Le sacó nueve.

Llevó la cuenta, porque llevaba la cuenta de todo, y la novena la sacó cuarenta minutos después de la primera, con Viktoria hecha un desastre absoluto sobre la tarima desnuda de una habitación vacía: los dos pechos blancos de cera cuarteada, el pelo pegado a la frente y a las sienes, la venda empapada, la mordaza brillante de saliva, temblando de arriba abajo en un temblor de frío que no se detenía entre una y la siguiente, con los muslos ya sin fuerza para cerrarse y la voz completamente perdida detrás de ocho centímetros de cuero.

En la sexta le suplicó. No con palabras, porque no podía: con la mano izquierda, con la cabeza, con un sonido larguísimo y roto que en aquella habitación sin alfombras se oyó como si lo hubieran dicho tres mujeres.

En la séptima le empujó el pecho con la mano abierta, que era la señal de siempre, la de la tercera cuartilla.

Y Esteban se detuvo y esperó, con la mano quieta, y le habló muy cerca de la oreja.

—Esa señal no vale esta noche. Esta noche solo vale una cosa y la tiene usted en el puño.

Viktoria se quedó completamente inmóvil dos segundos.

Después abrió la mano izquierda, buscó a tientas la muñeca de él, y se la volvió a poner donde estaba.

Y no soltó la llave.

La levantó del suelo a la una y media de la mañana.

La puso otra vez de rodillas, en el centro exacto de la habitación, y se quedó de pie delante de ella, y le desabrochó la hebilla de la nuca.

Le sacó la mordaza despacio, tirando de la pieza de cuero endurecido, y Viktoria tosió dos veces, y tomó aire por la boca por primera vez en casi una hora, y se le escapó un hilo de saliva que le cayó por la barbilla hasta el pecho, sobre la cera.

No le quitó la venda.