Esteban, El Origen del Dominio (Umbrella: El Imperio de la Obediencia nº 3) 19. EL LOBO #2
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19. EL LOBO #2

Porque acababa de dejar de destruir a Marcel Ferrand.

Había parado la operación esa misma tarde, mentalmente, mientras el viejo hablaba, y no por compasión: porque destruir a un hombre al que ya están destruyendo es tirar dinero, y porque quitarle a Ferrand lo poco que le quedaba solo servía para acelerar la única cosa que a Esteban no le convenía en absoluto, que era que aquel hombre se muriera antes de tiempo.

Mientras Ferrand estuviera vivo, había un peldaño entre el que subía y él.

El Palatine cerró en junio. Ferrand aguantó cuatro meses más en una casa de la parte alta y murió en octubre, y no hubo manera de saber de qué.

El médico del barrio dijo que del corazón.

Un hombre de sesenta y dos años con la mano izquierda temblando y el negocio caído se muere del corazón todos los días en todos los puertos del mundo.

Esteban se enteró tres semanas después, por una carta de un corredor de Lyon que se lo contaba de pasada al final de un párrafo sobre unas tarifas.

Y no supo nunca —ni ese año ni ninguno de los veinte siguientes— si aquello había sido la edad o había sido otra cosa.

Esa duda le costó una hora de sueño casi todas las semanas durante mucho tiempo, y no por Ferrand.

Por lo otro.

Hizo la cuenta una noche de octubre, con la carta del corredor de Lyon todavía encima de la mesa.

La hizo como se hacen las cuentas que uno lleva semanas evitando: de un tirón, en cuatro minutos, con un lápiz y el reverso de un sobre.

Sesenta personas intervinieron en aquel asunto.

Eso se lo había dicho un archivero húngaro en un segundo piso de una calle detrás de la rue du Rhône. Y se lo había dicho con una precisión de contable, sin saber que le estaba entregando a un hombre de veintiséis años el único dato que iba a organizarle la vida entera.

Cincuenta y nueve intervinieron con papel.

Un pagaré. Una circular. Una póliza no renovada. Un endoso. Una avería declarada. Firmas de cargos, no de personas.

Y aquel que estaba subiendo por la cadena llevaba tres años tachando exactamente esos: al corredor, al prestamista, al banquero, a los dos capitanes.

Papel. Después había llegado a Marsella, al que había montado la operación comercial, y Marcel Ferrand se había muerto del corazón un martes de octubre.

Quedaba el que pagaba, arriba del todo, que no tenía nombre ni cara.

Y quedaba uno más.

Una sola persona intervino con el cuerpo.

Esteban dejó el lápiz sobre la mesa.

Un hombre que sube por una cadena de sesenta nombres a martillazos, sin dinero y sin método, no llega nunca al que paga. Es imposible: el que paga no tiene nombre, no firma, no consta, y para llegar hasta él haría falta exactamente el archivo que ya no existe.

Pero al del cuerpo sí se llega.

Al del cuerpo lo vieron catorce personas. El de la pensión de Trieste. La mujer que le alquiló el cuarto. El del bar. El del autobús de las cinco, que se acordaba de él porque no era de allí y porque no llevaba equipaje.

De todos los que intervinieron en la destrucción de la casa de un hombre ordenado, había uno solo con cara.

Y esa cara la tenía Esteban Armand, que aquella noche de octubre tenía veintisiete años, doscientos mil francos en un banco de Zúrich y un despacho con su apellido en una placa de la rue du Rhône.

En noviembre liquidó.

Lo hizo despacio y lo hizo bien, que era la única manera que conocía. Cerró las tres operaciones abiertas, cobró sus participaciones, vendió su parte en dos sociedades y dejó el consorcio con una carta de cuatro líneas.

Viktor Reinhardt la leyó de pie, en cuatro minutos, con el abrigo ya puesto.

—Correcto —dijo, y la dobló—. Es usted un imbécil. Aquí puede tener una fortuna en seis años.

—Ya lo sé.

—¿Adónde va?

—Al sur.

Reinhardt se quedó mirándolo un momento, con esa cara de relojero al que le han montado mal una pieza.

—Si le hace falta un nombre en Fráncfort, escríbame —dijo—. Y no me escriba para otra cosa, que no tengo tiempo.

Fue, con diferencia, la conversación más emotiva que tuvieron en veinte años.

Y después estaba lo del nombre.

Ginebra es una ciudad donde todo el mundo sabe quién es todo el mundo. Ese es el negocio entero, y por eso funciona, y por eso un hombre que necesita dejar de existir no puede quedarse.

Pero irse no basta. Un hombre se muda y se lleva su nombre encima, y en aquel oficio bastaban dos preguntas en dos ciudades.

Así que hizo lo único que quedaba.

Lo pensó tres semanas, y no lo pensó como un romántico: lo pensó como quien elige la denominación de una sociedad.

Tenía que ser un apellido de sonido francés, porque llevaba cinco años trabajando en francés y el acento no se cambia.

Tenía que ser corriente, porque los apellidos raros se recuerdan.

Tenía que ser pronunciable en español, en alemán y en inglés sin que a nadie le sonara a nada.

Y no tenía que parecerse en absoluto al apellido de su madre, que era el único que había llevado en su vida y que estaba escrito en catorce sitios de aquella ciudad.

Eligió Armand.

Lo eligió por descarte, en una tarde, y no le pareció un momento importante. Firmó tres papeles en el despacho de un abogado de Vaduz que no hizo una sola pregunta y que cobró una cantidad razonable, y ahí acabó el trámite.

De la mujer que había muerto en un piso de Sant Andreu con las manos deformadas por cuarenta años de trabajo no quedó nada.

Ni una foto, porque no había. Ni una tumba visitada, porque él no volvió jamás. Ni el apellido, que era lo único que ella le había dado.

El piso del cuarto sobre el lago estaba vacío la última noche.

Habían venido los de la mudanza el jueves y se habían llevado casi todo: la mesa baja, el sillón grande, las alfombras claras, la cómoda de nogal con el espejo alto y los tres cajones.

Quedaban dos cajones de madera con lo que iba a Madrid, un baúl, la lámpara del rincón sin pantalla, y la cama, que era lo último que se desmontaba.

Todo lo demás era una habitación desnuda con el suelo de tarima oscura y una pared entera de cristal, con las luces de la otra orilla quietas sobre el agua negra.

Y el eco.

Eso fue lo primero que notaron los dos al entrar, y ninguno lo dijo. En aquella casa nunca se había oído nada del mundo exterior: ni tráfico, ni vecinos, ni agua en las cañerías. Se oía la respiración de la gente, y por eso la respiración había sido durante cuatro años un instrumento de precisión.

Sin alfombras, sin cortinas y sin muebles, aquella habitación devolvía absolutamente todo.

—Esta noche se va a oír usted a sí misma —dijo Esteban.

Viktoria no contestó.

—Desnúdese. Despacio, como siempre.

Lo hizo en el centro de la tarima, sin alfombra debajo, con el frío de la madera en las plantas de los pies. El vestido gris por el costado, la seda clara doblada sobre la tapa de un cajón porque no había respaldo donde ponerla.

Cuando terminó volvió a la postura sin que se lo dijeran: mentón alto, hombros abiertos, manos sueltas a los costados, los pies un palmo.

Treinta y ocho años. La piel muy blanca del norte con las venas azules dibujándose en el interior de los brazos, los hombros firmes de nadadora, los pechos pequeños y altos con los pezones pálidos ya contraídos por el frío de la habitación vacía, la cintura corta, los muslos largos y sólidos.

Y el aro de metal blanco en la base del cuello.

Esteban abrió el baúl y sacó tres cosas, y las dejó sobre la tapa del cajón, a la vista, una al lado de la otra, como se coloca un instrumental.

Una tira ancha de seda negra, doblada en cuatro.

Una vela gruesa de sebo blanco, de las de cocina, con una palmatoria de latón.

Y una tercera cosa que ella no había visto nunca.

Era una mordaza. De cuero fino, cosida a mano por alguien que sabía coser, con dos correas y una hebilla pequeña por detrás; y del centro salía, hacia dentro, una pieza alargada de cuero endurecido, ovalada, gruesa, de unos ocho centímetros, hecha para entrar en una boca y para llegar exactamente hasta donde empieza la garganta y quedarse ahí.

Viktoria la miró un rato largo.

—¿Eso es nuevo?

—Se lo encargué en septiembre.

—¿Para qué?

—Para esta noche —dijo Esteban—. Y para lo otro.

—¿Qué otro?

—Para que aprenda a tener algo ahí dentro sin cerrarse. —Le puso dos dedos debajo de la barbilla, sin apretar—. Usted se abre muy bien cuando yo empujo. Quiero que se abra cuando no empuje nadie.

Se lo explicó una vez, de pie, con ella todavía en la postura.

—Esta noche no ve, no habla y no tiene protocolo. Ni señor, ni puedo servirle, ni pedir permiso, ni dar las gracias. Nada de lo que escribí en aquellas tres cuartillas existe hasta que yo diga.

—¿Por qué?

—Porque no lo va a poder decir.

Ella tragó saliva.

—¿Y la palabra?

Y ahí Esteban hizo la única cosa de toda la noche que no había planeado y que fue, con mucha diferencia, la más brutal.

Metió la mano en el bolsillo del chaleco y sacó la llave del aro.

Era pequeña, plana, de un metal blanco mate, y en cuatro años ella la había visto exactamente dos veces: la noche en que se lo cerró y la noche en que se lo abrió durante tres horas y se lo volvió a cerrar a las cinco de la mañana.

Le tomó la mano derecha, le abrió los dedos y se la puso en la palma.

—Cierre.

Viktoria cerró la mano.

—Esta noche no hay palabra —dijo Esteban—. Hay esto. Si en algún momento quiere que pare, abre usted la mano y la deja caer. Va a sonar en el suelo, y en esta habitación vacía se va a oír perfectamente, y yo voy a parar en dos segundos y no va a pasar nada, ni esta noche ni nunca.

Ella tenía el puño cerrado sobre el metal y no dijo nada.

—Y le voy a decir la otra parte, porque es usted lo bastante lista para verla sola y prefiero decírsela yo.

—Le cerró la mano con las dos suyas—. Esa llave abre el collar.

Es la única que existe. Así que durante las próximas horas usted va a tener en el puño, ella sola, sin ayuda de nadie, la única cosa del mundo que la puede sacar de esto.

Viktoria Petrova levantó la cara despacio y lo miró.

—Es usted un hijo de puta —dijo, con una admiración profesional absoluta.

—Sí.