19. EL LOBO
Volvió de la oficina de Vargha un martes y el jueves ya había empezado.
No hubo deliberación. No se pasó una noche en vela decidiendo si un hombre de sesenta años merecía lo que le iba a caer encima, ni consultó con nadie, ni buscó una justificación moral que en aquel momento tampoco le habría costado encontrar.
Lo pensó como pensaba las operaciones, que era la única manera en que sabía pensar.
Marcel Ferrand lo había elegido a él por su virtud. Lo había puesto en un tren, le había hecho subir una cuesta y le había dejado en la mano el papel que abría una casa. Y llevaba tres años y medio vivo, tranquilo, abriendo el correo con un abrecartas en una sala de moqueta granate.
Un hombre que te usó una vez y sigue vivo no es un enemigo. Es un cabo suelto.
Y Esteban Armand llevaba cuatro años y medio construyendo un sistema entero para no tener cabos sueltos.
Lo hizo como se lo habían enseñado, y esa fue la parte de la que estuvo satisfecho.
No apretó a nadie. No mandó a nadie. No hubo una amenaza, ni una carta, ni una visita, ni una sola frase que pudiera repetirse después en voz alta con algún sentido.
Lo que hizo fue lo que Viktoria le había explicado en una biblioteca de Ginebra cuando él tenía veintidós años y creía que el poder consistía en saber cosas: colocó a un hombre en una posición en la que caerse era lo más cómodo.
El Palatine no era un restaurante ni era un local: era un servicio, y el servicio consistía en que ciertas conversaciones no salieran por la puerta de delante.
Eso lo sostenían tres cosas. La primera, que Ferrand tuviera dinero suficiente para no necesitar vender lo que oía.
La segunda, que la gente que subía a la sala privada creyera que los demás iban a seguir subiendo.
La tercera, que nadie mejor ofreciera lo mismo.
Esteban trabajó las tres a la vez, desde Ginebra, sin pisar Marsella.
Compró papel. Compró, a través de dos sociedades que no tenían nada que ver entre sí, la cartera de préstamos pequeños de un prestamista de la rue Sainte que llevaba nueve años financiando a media docena de clientes habituales del Palatine, y no reclamó ni un franco: se limitó a dejar de renovar, con toda la cortesía del mundo, en el momento de vencimiento y por criterio general.
Tres armadores medianos dejaron de tener margen aquel otoño.
Un hombre sin margen no gasta cuatrocientos francos en una cena discreta.
Cerró un corresponsal. El banco por el que Ferrand movía la parte limpia de su dinero desde hacía veintidós años recibió, de un cliente muy superior en tamaño, la observación cortés de que ciertas cuentas de puerto estaban empezando a resultar incómodas.
No hubo denuncia ni presión. Hubo un comité de riesgos que se reunió un jueves.
Y abrió otro sitio.
Eso fue lo elegante, y fue idea suya y no de nadie.
En Ginebra hay veinte salas donde ocho hombres pueden hablar sin que se oiga nada, y todas son mejores que un primer piso de Marsella con moqueta granate y dos apliques encendidos de tres.
Bastó con que un corredor de Lyon comentara en la mesa correcta que ahora se podía volar a Ginebra en dos horas, y que allí había un sitio con las mismas garantías y sin el olor a pescadería.
En cinco meses, la sala privada del Palatine empezó a tener noches de cuatro. Después de tres.
Ferrand no perdió el negocio. Perdió el silencio, que es lo mismo, porque un silencio que se guarda para dos personas ya no vale dinero.
Y a mitad de la operación, en enero, Esteban descubrió que llegaba tarde.
Fue por una nota al pie. Estaba revisando la cartera del prestamista de la rue Sainte, línea por línea, con la meticulosidad que le había enseñado Reinhardt, y encontró un pagaré cancelado tres años antes por un tercero.
Un pagaré de once mil francos de un capitán de Rijeka.
Se quedó mirando aquel apunte durante un rato largo, y después hizo lo que hacía siempre, que era tirar del hilo hasta el final aunque el hilo no llevara a ninguna parte.
Y el hilo llevaba a todas partes.
El prestamista de Rijeka que había comprado dos pagarés aquel diciembre había cerrado el negocio dos años atrás y se había ido a Salónica. No quebró: cerró de un día para otro, con dinero, y se fue.
El corredor de seguros de Génova que no renovó la póliza del Adriático había muerto hacía año y medio. Un accidente. Una escalera en su propia casa, a los cincuenta y ocho años, un domingo.
El subdirector de la sucursal de Trieste que había endurecido las condiciones de garantía llevaba catorce meses sin trabajar en la banca y vivía en un pueblo de Carintia. Nadie sabía de qué.
Uno de los dos capitanes que habían declarado avería en febrero se había ahogado. El otro no volvió a embarcar.
Y Esteban se quedó sentado en un despacho de la rue du Rhône con seis papeles delante y la ventana abierta a una tarde de enero, entendiendo lo que estaba viendo, que no era complicado y que era la cosa más aterradora que había visto en su vida.
Alguien llevaba tres años subiendo por la cadena.
Sin dinero. Sin método. Sin una sola elegancia, sin una sociedad interpuesta, sin comprar un corresponsal ni cerrar una línea de crédito: a martillazos, uno por uno, en el orden exacto en que un hombre los habría escrito con letra menuda en la primera página en blanco de un cuaderno de tapas duras.
El corredor de Génova. El banco de Trieste. El prestamista de Rijeka.
Los cuatro nombres que un hombre podía averiguar sin ayuda de nadie preguntando en cuatro puertos.
Y después de esos cuatro, subiendo, el que estaba encima.
Fue a Marsella en marzo, por última vez, y esta vez entró por la puerta de delante.
No por soberbia. Porque ya no había nadie en la puerta de delante.
El salón grande tenía cinco mesas ocupadas de veintidós. La barra la llevaba un chico de dieciocho años que no lo conocía. Habían quitado uno de los dos espejos y no habían puesto nada en su lugar, y la mancha rectangular más clara en la pared decía todo lo que había que decir de aquella casa.
Subió por la escalera lateral.
El pasillo de moqueta granate estaba a oscuras: no funcionaba ninguno de los tres apliques.
Marcel Ferrand estaba en la sala privada, solo, sentado en la cabecera, con el correo delante y el abrecartas atravesado sobre un montón de sobres mucho más pequeño que el de tres años y medio antes.
No levantó la cabeza enseguida.
—Chico.
Tenía sesenta y dos años y aparentaba setenta y cinco.
Se le había quedado el cuello suelto dentro de la camisa.
Seguía peinándose hacia atrás con la misma fijeza de cemento y el pelo ya casi no daba para el gesto.
Le temblaba la mano izquierda sobre el mantel, un temblor pequeño, continuo, que no se detenía nunca y que él ya no se molestaba en disimular.
Esteban no se sentó. Se quedó de pie al otro lado de la mesa de nogal, en el sitio exacto donde había servido durante dos años.
—Usted sabe lo que está pasando —dijo.
—Sé lo que estás haciendo tú —contestó Ferrand—. Lo del corresponsal fue elegante. Lo de la cartera de la rue Sainte, elegantísimo. Lo de Ginebra ya no hacía falta.
—No hablaba de eso.
Y ahí el patrón levantó la vista por fin, y Esteban le vio en la cara una cosa que no le había visto nunca en dos años de servirle el vino: miedo. No alarma, ni cálculo, ni la aritmética fría de la mano abierta sobre el mantel. Miedo de viejo, del que no se puede tapar.
—El de Génova —dijo Esteban—. El de Rijeka. El de Trieste. Los dos capitanes.
—Sí.
—¿Cuánto hace que lo sabe?
—Dos años. —Ferrand se recostó y las cuatro patas de la silla crujieron—. Desde lo de la escalera del genovés. Aquello no fue una escalera.
—¿Y qué ha hecho?
—Esperar —dijo—. ¿Qué querías que hiciera? ¿Denunciarlo? ¿A quién? Ese año no existe, chico. Yo pagué para que no existiera y ahora resulta que soy el único que no puede probar que ocurrió. —Se rio, y fue un ruido feo, corto—. Es lo más gracioso que me ha pasado en la vida.
Esteban se quedó callado.
—Y no me mires así —siguió Ferrand—. Tú también estás dentro.
—Lo sé.
—No, no lo sabes. Tú crees que estás dentro porque llevaste un sobre.
—Se inclinó hacia delante con esfuerzo—.
Yo también llevé un sobre, chico. A mí también me lo dieron.
Yo tenía una operación comercial preciosa, limpia, con un asegurador y dos bancos, para quedarme con una ruta que me habían dicho que no una noche en esta habitación.
Y una semana antes de terminarla vino alguien de arriba y me dijo que la cosa se ampliaba.
—¿Quién?
—El que paga. —Se encogió de hombros y el gesto le costó—. No lo vi nunca. No sé su nombre. Solo sé una cosa: que a mí no me consultaron. Me informaron. Y yo dije que sí, porque el que dice que no a esa gente se cae de una escalera dos años antes que los demás.
Se quedaron los dos en silencio en aquella habitación que olía a cerrado.
—Yo no mandé entrar en esa casa —dijo Marcel Ferrand—. Y no te lo digo para que me perdones, que me da exactamente igual. Te lo digo porque tú eres el único que va a quedar vivo para acordarse, y me molestaría que te acordaras mal.
Esteban salió de la sala privada a las siete y media de la tarde y bajó por la escalera de servicio.
Lo hizo sin pensarlo, por costumbre del cuerpo, y solo cuando estaba en mitad del pasillo estrecho de la cocina se dio cuenta de que llevaba tres años y medio siendo un hombre que entraba por delante y que aquella era la última vez que iba a empujar con el hombro una puerta hinchada por la humedad.
La empujó. Cedió en el mismo punto, con el mismo chirrido.
El callejón olía a salmuera y a aceite quemado.
No sintió nada. Lo comprobó con la misma curiosidad clínica de siempre, de pie entre la pescadería y el muro de los carteles, y no había nada en ninguna dirección: ni satisfacción, ni lástima, ni el alivio ordenado del que cierra una carpeta.
Solo una cuenta que no le cuadraba.