Esteban, El Origen del Dominio (Umbrella: El Imperio de la Obediencia nº 3) 18. QUIÉN BORRA UN AÑO #4
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18. QUIÉN BORRA UN AÑO #4

Le dio doce o catorce. En los dos pechos, alternando, en la parte baja y en el lateral, nunca en el centro.

Cada uno de ellos precedido por veinte o treinta segundos de espera, que era lo peor, porque en esos veinte segundos ella no podía cerrarse, ni encogerse, ni girar el cuerpo, ni hacer ninguna de las cosas que hace un cuerpo atado por cuatro puntos cuando sabe que va a llegar algo.

Los últimos tres se los dio muy fuertes, con el brazo entero pesando en la muñeca, en la carne baja del pecho izquierdo y en el pliegue de debajo.

Ella lloró en los dos últimos. Sin ruido, con la cara vuelta hacia el cristal negro de la pared del fondo.

Y no dijo Marsella.

Y ahí Esteban se detuvo.

No porque ella pidiera nada. No porque hubiera un límite en las tres cuartillas, ni una regla, ni un aviso, ni ninguna de las estructuras que él mismo había inventado exactamente para noches como aquella.

Se detuvo porque bajó la fusta y se miró la mano.

Fue un instante estúpido. Estaba de pie a los pies de una cama, con el brazo todavía en el aire, y bajó la vista y se encontró con su propia mano derecha cerrada alrededor de una empuñadura de cuero trenzado, y con los nudillos blancos, y con el temblor del antebrazo.

Y se acordó de la letra.

De la última línea al pie de una tabla de horarios: confirmado embarque martes 14.

De un papelito doblado con una dirección de la costa dálmata que un chico de veintidós años se había guardado en el bolsillo sin preguntar de quién era la letra.

De un sobre color hueso, cerrado con lacre, que él había tocado quince veces en dos días para comprobar que seguía ahí.

De esta misma mano metiéndolo en un zaguán.

Soltó la fusta. Cayó sobre la alfombra sin ruido.

Se quedó de pie mucho rato, respirando por la boca, mirando a una mujer atada por las cuatro extremidades en el centro de una cama, con las marcas rojas saliéndole en los pechos y en los muslos, la boca destrozada y la cara mojada, que no había dicho una sola palabra para detener nada de aquello.

La desató.

Primero los tobillos, que era lo que más daño le estaba haciendo, y le bajó las piernas él mismo, una y otra, despacio.

Después las muñecas. Le frotó las cuatro articulaciones con los pulgares para devolverles la circulación, en el mismo orden y con la misma minuciosidad de siempre, y todo aquello lo hizo sin decir una palabra y sin levantar la vista del sitio en el que estaba trabajando.

Y cuando terminó, cuando ya no quedaba nada que desatar, se sentó en el borde de la cama de espaldas a ella y se quedó ahí, con los antebrazos en las rodillas y las manos colgando.

Viktoria tardó un rato en poder moverse.

Después se incorporó, y se colocó detrás de él, y se sentó en la cama con las piernas a un lado y el pecho marcado y la cara todavía mojada.

Y le puso la mano abierta en la nuca.

Fue exactamente el gesto que él le había hecho a ella la noche del collar, cuando le apartó el pelo blanco para cerrarle el metal alrededor de la garganta. La misma mano en el mismo sitio, con los dedos separados, sin ninguna presión.

Esteban cerró los ojos.

—Yo no le voy a preguntar qué ha pasado hoy —dijo ella, muy tranquila, muy cerca de su oído—. No es asunto mío y usted no me lo va a contar. Le voy a decir una sola cosa y después nos dormimos.

—Dígala.

—Esto de esta noche funciona. —No le quitó la mano de la nuca—.

Se lo digo yo, que soy la que lo ha aguantado.

Ha funcionado perfectamente: usted ha entrado aquí sin poder respirar y ahora respira.

Se le ha ido de la cabeza durante dos horas lo que sea que traía dentro, y no le ha costado dinero, y no ha tenido que contárselo a nadie, y mañana se levantará usted a las siete y cerrará una operación.

—¿Y entonces?

—Que la próxima vez le va a hacer falta un poco más —dijo Viktoria—.

Y la siguiente, otro poco. No porque usted sea un monstruo: porque es un remedio y todos los remedios se gastan.

Los hombres que usan esto para soportarse a sí mismos acaban necesitándolo todos los días, y para entonces ya no hay ninguna diferencia entre lo que hacen aquí dentro y lo que hacen ahí fuera.

—Le apretó apenas los dedos en la nuca—.

Y usted es demasiado bueno en lo suyo para acabar siendo eso.

Esteban no dijo nada durante un tiempo larguísimo.

—Hoy no he mandado —dijo al fin.

—No.

—He empujado.

—Sí —dijo ella—. Y yo se lo he dejado hacer una vez, porque hoy hacía falta y porque yo tenía una palabra en la boca y no la he dicho, y de eso respondo yo y nadie más. —Le soltó la nuca—. Una. No dos.

Se durmieron a las cuatro.

Él no le contó nada. Ni el segundo piso de una calle detrás de la rue du Rhône, ni la placa de latón, ni la tabla de horarios, ni la cifra, ni la mujer polaca de veintisiete años que no constaba en ningún registro de ningún país.

Ella no preguntó, exactamente igual que él no había preguntado dieciocho meses antes, una noche a las cuatro de la mañana, cuando una mujer que contestaba a todo con puntualidad de reloj suizo se quedó callada segundo y medio de más mirando el techo.

Los dos estaban administrando un silencio, cada uno el suyo, con una competencia profesional admirable.

Y ninguno de los dos sabía que estaban administrando el mismo.