Esteban, El Origen del Dominio (Umbrella: El Imperio de la Obediencia nº 3) 18. QUIÉN BORRA UN AÑO #3
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18. QUIÉN BORRA UN AÑO #3

Vio cómo dejaba el abrigo, cómo cerraba la puerta, cómo se quedaba de pie en mitad de la sala con las manos abiertas a los costados sin saber qué hacer con ellas.

Y tomó una decisión que a él le costaría veinte años entender.

No preguntó. Y no lo detuvo.

—Desnúdese —dijo él, con una voz que no era la suya.

Ella se desnudó deprisa, sin ceremonia, sin nada de altar, porque entendió que aquella noche la ceremonia habría sido una crueldad.

Cuando terminó, él la miró de una manera que no le había visto nunca —sin mirarla, en realidad; mirándola como se mira una superficie— y le señaló el dormitorio con la barbilla.

Entraron. Encendió la lámpara del rincón. Abrió el cajón alto de la cómoda y sacó las dos tiras de seda gruesa, y después una tercera y una cuarta que él mismo había traído meses antes y que no habían usado nunca.

—Boca arriba.

Se tumbó.

Le ató las dos muñecas a los barrotes de latón, tres vueltas y un nudo plano, comprobando la holgura con dos dedos porque ni siquiera aquella noche fue capaz de saltarse eso.

Y después le abrió las piernas y le ató los dos tobillos a las patas del pie de la cama, muy separadas, tan estiradas que a ella se le levantó la espalda dos centímetros del colchón y tuvo que sostenerse con los omóplatos.

Restricción entera. Los cuatro puntos. Sin margen para cerrar nada.

Esteban se apartó y la miró desde los pies de la cama.

Viktoria estaba abierta de par en par en el centro del colchón, con el pelo blanco desparramado, la piel muy blanca del norte con las venas azules en el interior de los brazos, los pechos pequeños y altos subiendo y bajando deprisa, el vientre plano tensado por la postura, y el aro de metal blanco exactamente en la base del cuello.

—Sabe la palabra —dijo él.

—Sí.

—Dígala.

—Marsella.

—Bien.

Y fue lo último civilizado que hizo en dos horas.

Empezó por la boca y empezó sin preguntar.

Se subió a la cama, se colocó a horcajadas sobre el pecho de ella, le puso la mano abierta en la mandíbula y se lo metió entero de una sola vez, hasta el fondo, hasta la garganta, sin la lengua ni la superficie ni ninguno de los preámbulos de las otras noches.

Ella lo tomó. Tomó aire por la nariz medio segundo antes, porque llevaba tres años aprendiendo a leerle las manos, y se abrió, y lo dejó entrar hasta abajo.

Y él la sujetó ahí.

Con las dos manos en la cabeza, con los pulgares en la mandíbula, sin dejarla subir.

Diez segundos. Quince. Veinte. Notó bajo las palmas cómo la garganta se le cerraba y se le abría alrededor en espasmos, cómo tragaba una y otra vez buscando aire, cómo se le tensaba el cuello entero contra el metal del aro.

A los veinticinco la soltó, ella subió, tomó una bocanada rota, y él volvió a bajarle la cabeza antes de que la hubiera terminado.

La usó así mucho rato. Entrando entero cada vez, sin ritmo de amante, con el ritmo seco y regular de un hombre que está haciendo un trabajo.

Ella no se resistió ni una sola vez, ni levantó las caderas, ni tiró de la seda; lo único que hacía era prepararse el aire medio segundo antes de cada bajada y abrirse, y aquella obediencia perfecta, silenciosa, técnica, empezó a resultarle insoportable.

Le lloraban los ojos. Se le corría la saliva por la barbilla y por el cuello y se le quedaba en el hueco de la clavícula, encima del aro.

Dos veces le faltó el aire de verdad, y las dos veces le apretó el muslo con la mano abierta hasta donde le llegaba la seda, que era la señal, y las dos veces él paró, y las dos veces volvió a empezar antes de lo que debía.

Y ella no dijo Marsella.

Se bajó de encima y fue a la cómoda.

Sacó la fusta.

—Boca arriba se queda —dijo—. No hace falta que se dé la vuelta.

Viktoria giró la cara hacia él, con la boca destrozada y la respiración todavía sin recomponer, y comprendió lo que eso significaba, y no dijo nada.

Empezó por los muslos, por el interior, que era lo que ya conocía. Golpes secos de muñeca, planos, en la piel blanquísima del interior del muslo derecho, en el mismo sitio dos veces, esperando entre uno y otro. Ella los encajó con el vientre apretado y sin un sonido.

Después subió.

El primero en el pecho izquierdo se lo dio con la mitad de fuerza, porque ni siquiera aquella noche perdió del todo el juicio, y aun así ella arqueó lo poco que la seda le permitía arquear y soltó el aire entre los dientes.

—¿Marsella? —dijo él.

—No.

El segundo fue más fuerte. Plano, de abajo arriba, en la parte baja del pecho derecho, y la marca salió en dos segundos: una franja rosa que se fue oscureciendo hasta quedarse de un rojo mate perfectamente rectangular sobre aquella piel que no tenía ningún color.

—¿Marsella?

—No, señor.

Y aquel señor, dicho por primera vez en toda la noche, con la voz rota y sin que nadie se lo hubiera pedido, entró en algún sitio de Esteban Armand y no le hizo el efecto que ella esperaba.