18. QUIÉN BORRA UN AÑO #2
—Los suyos no lo sé. —El húngaro se quitó las gafas y las limpió con un paño que sacó del cajón—.
Los de Ferrand sí. A un hombre honrado se le confía un papel cerrado; a un hombre listo, no.
Y usted era las dos cosas a la vez, que es una combinación rarísima y utilísima.
—Volvió a ponerse las gafas—. Le eligió por su virtud.
Es lo que se hace siempre. La gente cree que a los instrumentos se les elige por sus defectos y es al revés.
—Cuénteme lo que pasó en la casa —dijo Esteban.
—La casa no estaba en el encargo.
—¿Cómo que no estaba?
—El encargo era una ruta. —Vargha lo dijo con la misma voz con la que había explicado lo de los archivos—.
Es importante que entienda esto porque explica todo lo demás, incluido el precio.
Lo de la ruta fue una operación comercial ejecutada con instrumentos comerciales: seguros, crédito, inspecciones, dos pagarés comprados.
Fue una operación limpia, cara y perfectamente reversible desde el punto de vista documental.
Con eso yo tenía trabajo para tres meses y once meses de manifiestos.
—¿Y?
—Y la noche del sábado 18 alguien hizo una segunda parte que no estaba prevista.
Se quedó callado un momento, y en ese silencio Esteban oyó, por la ventana, una campana de iglesia dando las once y media en una ciudad limpia y tranquila.
—Entraron en la casa —dijo Vargha—. Se salió de plano. Los que entraron no eran los que habían montado lo de la ruta y no respondían ante los mismos. Cuando terminaron, el problema dejó de ser un negocio y pasó a ser otra cosa, y a mí me llamaron el lunes por la mañana a las siete.
—¿Y qué le pidieron?
—El año entero. —Se recostó—. Por eso no fueron once meses de manifiestos, señor Armand.
Por eso hubo que reemitir históricos de seguros en dos países, comprar el silencio de doce funcionarios y de un cabo, y sustituir el fondo completo de tres administraciones.
Un negocio que cambia de manos se tapa con papel.
Lo otro no se tapa con papel: hay que hacer que el año no haya ocurrido, porque si el año ocurre, hay una mujer muerta dentro de él.
—Una mujer.
—La esposa. Polaca. Veintisiete años. —Vargha no cambió el tono ni un grado—.
No figuraba en ningún registro de ningún país, cosa que fue una suerte considerable para todo el mundo menos para ella.
Fue el único cadáver del asunto y no consta en ninguna parte.
Ni siquiera consta que fuera un cadáver.
Esteban tenía las dos manos apoyadas en las rodillas y notó, con un desapego rarísimo, que le temblaba la izquierda.
—¿Cuánto costó? —preguntó.
Y Vargha le dijo la cifra.
Era exactamente la que Esteban había visto año y medio antes, en la primera hoja del libro mayor de una sociedad de Vaduz, en una transferencia única, sin fraccionar, con día, mes y año.
Fue entonces cuando se acordó de la ropa.
No fue un pensamiento ordenado. Fue una imagen que subió sola, como suben las imágenes cuando el cuerpo va por delante de la cabeza: una cuerda de tender larguísima entre dos postes, apuntalada por el medio con una vara, con sábanas y camisas de hombre y un mantel grande, y al final, en el tramo más cercano al muro, cuatro o cinco prendas mucho más pequeñas, colocadas juntas, que el viento de la mañana levantaba y dejaba caer.
Y después la risa. Corta, muy aguda, del otro lado del muro, de una altura a la que no llegan las carcajadas de los adultos.
Y un zapato pequeño, de color claro, caído de lado en un escalón.
Llevaba tres años y medio con esas tres cosas en la cabeza sin haberlas mirado ni una sola vez.
—Había una niña —dijo.
Tamás Vargha levantó la vista.
—¿Cómo dice?
—En esa casa había una niña. —Esteban se había incorporado en la silla sin darse cuenta—. Yo vi la colada. Había ropa de niña tendida, cuatro o cinco prendas, en el tramo del final. Y oí a alguien reírse detrás del muro. Y había un zapato en el escalón de la entrada, uno solo, pequeño.
El húngaro no contestó enseguida.
Abrió la carpeta gris otra vez, y esta vez la abrió despacio, y pasó las hojas de una en una, y Esteban lo vio recorrer con el dedo dos páginas de arriba abajo, y después una tercera, y después volver atrás.
Tardó cerca de un minuto.
—No —dijo al fin.
—¿No qué?
—Que no hay ninguna niña. —Giró la carpeta hacia él, abierta, con una naturalidad completa—.
Mire usted mismo si quiere. Aquí está el inventario del asunto: el titular, la esposa, dos empleados por horas, el cabo del puesto, catorce funcionarios, sesenta y una personas.
No hay ningún menor. No hay ninguna criatura.
—Yo vi la ropa.
—Le creo —dijo Vargha—. Y no significa nada.
En esa costa la ropa se hereda entre casas, se lava para otros, se guarda.
Pudo ser de la mujer del terreno, de una sobrina, de cualquiera.
—Se quitó las gafas otra vez, y esta vez no las limpió: las dejó sobre el secante, que fue el único gesto humano que hizo en toda la mañana—.
Le voy a decir una cosa, señor Armand, y con esto termino, porque no me gusta este asunto y llevo tres años y medio sin hablar de él con nadie.
—Dígame.
—Yo llevo veintiséis años en este oficio y empecé en un sitio donde borrar gente no era una metáfora.
—Miró la ventana—. Si en aquella casa hubiera habido una niña, en este expediente habría una línea.
Porque una niña es lo más caro que existe: hay que registrarla en alguna parte, o hay que explicar por qué no está, o hay que ocuparse de ella, y las tres cosas cuestan dinero y dejan rastro.
A mí me habrían llamado el lunes por la mañana y me habrían dicho un número más.
—Se volvió hacia él—. Y no me lo dijeron.
En este expediente no hay ninguna criatura, ni viva ni muerta, y le aseguro que si la hubiera habido yo lo sabría antes que su padre.
Y era verdad.
Era literalmente verdad, cada palabra, dicha por un hombre honrado en su oficio que estaba consultando el registro más completo que existía sobre aquella noche.
Porque una criatura de siete años sin partida de nacimiento, sin bautizo inscrito, sin escuela y sin una sola línea en un libro de ningún país no existe para un archivero.
Y lo que no existe no hay que borrarlo.
Esteban salió a la calle a las doce menos veinte con una sensación que tardó dos días en poder nombrar y que resultó ser alivio.
Alivio. Eso fue lo peor de todo, y lo entendería mucho después: que en aquella escalera de piedra gris, bajando dos pisos, un hombre de veintiséis años sintió que se le soltaba algo en el pecho porque acababan de asegurarle que aquella noche no había habido ninguna niña, y porque la ropa pequeña de una cuerda de tender era ropa de otros, y porque la risa venía del pueblo, y porque un zapato en un escalón es un zapato en un escalón.
Se lo creyó. Se lo creyó con toda su inteligencia y con todo su método y con los tres años y medio que llevaba aprendiendo a leer papeles, porque el papel decía la verdad y porque el hombre que se lo enseñó no tenía ningún motivo para mentirle.
Y a mil quinientos kilómetros de allí, en un bloque de ladrillo de la parte alta de Katowice, una niña de doce años que se llamaba Kasia Nowak volvía aquella tarde de la escuela con la mejor nota de su clase en aritmética.
El único hombre del mundo que podía haberla encontrado acababa de recibir la única respuesta que garantizaba que no la buscara jamás.
Antes de salir del despacho había hecho dos preguntas más.
—¿Quién pagó?
—No lo sé —dijo Vargha—. Y no es una manera de decir que no se lo voy a contar. Cobré de un intermediario y el intermediario cobró de otro. Es lo normal en los encargos grandes.
—Pero usted tiene una opinión.
—Tengo un dato. —El húngaro se puso de pie, que era su manera de terminar—.
El encargo llegó el lunes a las siete de la mañana.
Y llegó con un nivel de acceso que Marcel Ferrand no tiene ni tendrá nunca.
Ferrand puede cerrarle a un hombre un asegurador de Génova.
No puede conseguir que dos administraciones portuarias de dos países acepten en la misma semana un fondo sustituido.
Eso no se compra desde un restaurante de Marsella.
—¿Entonces?
—Entonces por encima había otra cosa. —Fue hasta la puerta y puso la mano en el picaporte—.
Le doy lo único que tengo, y no le va a servir hoy.
Al cliente no le pusieron precio. Yo di una cifra por teléfono, que era alta, y del otro lado no discutieron: dijeron una cifra mayor que la mía, la pagaron entera y por adelantado antes de que yo empezara, y pusieron una sola condición, que era que estuviera hecho una semana antes de lo que yo había pedido.
Esteban lo miró.
—Un hombre que paga más de lo que le piden no está comprando un trabajo —dijo Vargha—.
Está comprando que usted no vuelva a pensar en él.
Y quien tiene esa costumbre la tiene siempre, en todo, y no la pierde nunca.
Si alguna vez se sienta usted en una mesa con alguien que no regatea jamás y que paga por delante, mírelo bien.
Abrió la puerta.
—Una última cosa —dijo Esteban—. ¿Aparece en ese expediente el nombre de Viktoria Petrova?
Vargha se quedó quieto medio segundo.
—No —dijo—. En mi carpeta, no.
Y era verdad, y las dos cosas —el medio segundo y la palabra mi— se le quedaron a Esteban clavadas en algún sitio del que no volverían a salir en dieciocho meses.
Subió al piso del cuarto a las diez de la noche.
Ella le abrió y él entró sin decir una palabra, sin detenerse en el umbral, sin la pregunta, sin nada.
Todo el sistema que había escrito en tres cuartillas a las dos de la mañana de un jueves de hacía poco más de un año se le cayó encima en el recibidor.
Ni la pregunta del umbral, ni la postura, ni la reverencia sin arrodillarse, ni una sola de las fórmulas.
Porque un protocolo existe exactamente para que nada dependa del ánimo de un hombre, y aquella noche Esteban Armand era ánimo puro y nada más.
Viktoria lo leyó en cuatro segundos, como leía todo.