18. QUIÉN BORRA UN AÑO
La dirección estaba en una calle por la que había pasado cuatrocientas veces.
Eso fue lo primero, y le costó digerirlo más que ninguna otra cosa de aquella semana.
Era una calle corta detrás de la rue du Rhône, con un banco privado en la esquina, una tienda de plumas estilográficas y tres portales de piedra gris idénticos.
Había pasado por ahí para ir a comer, para ir al notario, para acompañar a Reinhardt a una reunión un martes de lluvia.
Debajo, en letra más pequeña: Archivage, dépuration de fonds, conservation notariale.
Esteban se quedó un momento en la acera con el papel doblado en la mano, comparando cuatro palabras escritas a lápiz con cuatro palabras grabadas en latón, y comprendiendo algo que le iba a resultar útil durante veinte años: que había pasado cuatro y medio buscando un sótano, y que las cosas de ese tamaño no se hacen en sótanos.
Se hacen en un segundo piso, con placa, con recibo y con impuestos pagados.
La antesala tenía cuatro sillas, una mesa con revistas de contabilidad y una secretaria de unos cincuenta años que le pidió el nombre y no le pidió nada más.
—¿Tiene usted cita?
—No.
—¿Su nombre?
Se lo dijo.
La mujer lo escribió en un cuaderno, se levantó, entró por una puerta y volvió a los cuarenta segundos.
—Pase.
Y ahí, en aquellos cuarenta segundos, Esteban entendió la mitad del asunto. Un despacho al que se entra sin cita, dando un nombre, es un despacho donde ese nombre ya estaba escrito en alguna parte.
Tamás Vargha tenía cuarenta y siete años y aspecto de no haber levantado la voz en su vida.
Era pequeño, delgado, con las gafas de montura fina y un traje gris de buen paño y diez años de uso.
El despacho era la habitación más ordenada que Esteban había visto nunca: una mesa sin nada encima salvo un secante, una lámpara y un tampón de sellos; dos archivadores de acero; una ventana con la cortina a media altura; y, en la pared del fondo, una estantería de cuarenta metros lineales de carpetas idénticas, todas con una etiqueta escrita a máquina.
Se levantó a darle la mano. La tenía seca y fría.
—Señor Armand. Siéntese.
—¿Me estaba esperando?
—Desde hace tres años y medio —dijo Vargha, volviendo a sentarse—. Aunque calculé mal. Yo pensé que vendría usted a los dos.
Habló un francés perfecto con las vocales duras del este. Tenía la voz de un hombre que explica cosas a diario y a quien nadie discute.
—¿Le manda Marcel Ferrand?
—Me dio su dirección.
—Naturalmente. Es lo único que puede dar.
—Cruzó las manos sobre el secante—. Ese hombre lleva treinta años sin escribir una línea, cosa que él considera prudencia y que en realidad es una limitación grave del oficio.
La gente que no escribe nada tiene que acordarse de todo, y la memoria se muere con el cuerpo.
—Ladeó apenas la cabeza—. Yo escribo todo. Por eso sigo vivo.
Esteban tardó unos segundos en encontrar por dónde empezar, y decidió empezar por lo que le quemaba desde Marsella.
—¿Por qué me recibe?
—Porque usted está en el expediente.
Lo dijo sin ninguna solemnidad, como quien informa de un horario de trenes.
—Explíquese.
—Se lo explico con mucho gusto, porque además es la parte que le interesa.
—Vargha se levantó, fue hasta la estantería del fondo y recorrió las etiquetas con un dedo sin llegar a tocarlas—.
En el asunto por el que usted ha venido intervinieron, entre unas cosas y otras, cerca de sesenta personas.
Bancos, corredores, dos administraciones, un asegurador, una compañía de Vaduz, catorce funcionarios.
De esas sesenta personas, cincuenta y nueve intervinieron con papel: una firma, una circular, un endoso, un sello.
Papel firmado por un cargo, no por una persona.
—Sacó una carpeta gris de la fila, sin dudar de dónde estaba—.
Cuando yo depuro un fondo, lo que hago desaparecer son cargos.
El director de riesgos de un banco. El corredor de una plaza.
Se van con el papel, porque nunca fueron otra cosa que el papel.
Volvió a la mesa y dejó la carpeta cerrada delante de él.
—Y hubo una persona que intervino con el cuerpo —dijo—.
Una sola. Alguien tomó un tren, hizo dos transbordos, durmió una noche en una casa particular de un pueblo de trescientos habitantes, subió a pie por una carretera alta, llamó a una puerta y cobró ciento sesenta francos en efectivo de la mano de un hombre.
Eso no es papel. Eso lo vieron catorce personas.
Esteban no dijo nada.
—El de la pensión de Trieste. La mujer que le alquiló el cuarto.
El del bar. El del autobús de las cinco, que se acuerda de usted porque no era de allí y porque no llevaba equipaje.
—Vargha se encogió mínimamente de hombros—.
Un año se borra en los archivos. La gente que lo vio a usted subir una cuesta no se borra.
Se compra, se descuida o se espera a que se muera. Se hicieron las tres cosas.
—¿Está usted diciendo que yo…?
—Estoy diciendo que usted es el único ser humano vivo cuyo nombre consta en un expediente que no existe —dijo Tamás Vargha—. Es una posición muy incómoda y es, exactamente, la razón por la que lo he recibido sin cita.
—¿Guarda usted copia de lo que destruye?
—Yo no destruyo nada.
—Ferrand me dijo que su oficio era borrar años.
—Ferrand es un tendero con talento. —Fue la única vez en toda la conversación en que se le oyó algo parecido al desdén—. Un año no se borra, señor Armand. Se sustituye.
Se ajustó las gafas.
—Piénselo como profesional, que es lo que usted es.
Si yo quemo once meses de manifiestos de una administración portuaria, ¿qué le queda a esa administración?
Un hueco. Y un hueco es la cosa más visible del mundo: la ve cualquier auditor de veinticinco años en una tarde, y a partir de esa tarde hay una investigación sobre por qué faltan once meses justo ahí.
Destruir es de aficionados. Destruir llama la atención.
—¿Entonces?
—Se rellena. —Vargha abrió por fin la carpeta gris y giró dos hojas hacia él—.
Eso es lo que se paga. No la desaparición: la sustitución.
Un año en el que no pasó nada. Manifiestos auténticos de cargas reales y aburridísimas, endosos correctos, correspondencia insustancial, tres reclamaciones menores por estadías con su resolución.
Todo real. Todo comprobable. Todo emitido por quien tenía competencia para emitirlo.
Esteban miró las dos hojas. Eran una liquidación de tarifas y una carta de un jefe de puerto sobre una grúa averiada.
—Esto es auténtico.
—Absolutamente. Ese es el arte. —Vargha las recuperó y las volvió a colocar—.
Un archivo con un hueco se investiga. Un archivo completo y tedioso no lo mira nadie en cien años.
Yo no hago desaparecer papeles, señor Armand.
Yo fabrico años tranquilos. Es un trabajo lento, es carísimo y hay cuatro personas en Europa que lo saben hacer.
—Enséñeme el sobre —dijo Esteban.
Vargha lo miró un momento por encima de las gafas.
—¿Está seguro?
—Sí.
—Es la única pregunta que le voy a repetir esta mañana, y se la repito porque tengo cierta consideración profesional por usted. —Puso la mano abierta sobre la carpeta—. Hay gente que viene aquí a saber y hay gente que viene a dejar de dormir. Casi siempre son la misma.
—Enséñemelo.
El húngaro pasó tres hojas y sacó una.
No era el original. Era una copia hecha a mano por alguien que copiaba muy bien, y a Esteban le llevó dos segundos entender que eso era todavía peor: significaba que a Vargha le habían llevado el original a aquella mesa, y que aquel hombre lo había transcrito con letra de archivero antes de devolverlo.
La leyó.
No era una orden. No era un nombre ni una cifra ni una instrucción. Era una tabla, ordenada por días de la semana, con una columna de horas.
Lunes: correo, 07:40. Miércoles: mujer del pueblo, 08:00 – 13:00. Jueves: hielo, 09:10, once minutos. Jueves y sábado por la tarde: hombre del terreno hasta 18:30 aprox. Perro atado desde las 08:00. Suelto desde las 21:00 aprox. Lado sur sin cierre, terrazas hasta la orilla.
Y abajo, al pie, la única línea escrita con otra letra, más rápida, de mano distinta:
Confirmado embarque martes 14. Sin previsión de regreso hasta sábado 18.
Esteban se quedó mirando aquella última línea mucho rato.
No por lo que decía. Por cómo estaba escrita.
Era la misma letra del papel doblado que Marcel Ferrand le había empujado por encima de un mantel cuatro días antes, en una sala de moqueta granate, con cuatro palabras a lápiz. La misma inclinación, la misma manera de cerrar las aes.
Y era, sobre todo, la misma letra del papelito que le habían dado hacía tres años y medio con una dirección de la costa dálmata escrita a mano.
No de su letra, había pensado él entonces, con veintidós años, sin darle importancia, porque un patrón manda a un chico a hacer un recado y el recado se hace.
Nunca se le había ocurrido preguntarse de quién era.
—¿Quién escribió esta línea? —dijo.
—Un empleado —contestó Vargha—. Uno que ya no trabaja para nadie.
—Yo no abrí ese sobre.
—Lo sé.
—¿Cómo lo sabe?
—Porque el lacre llegó intacto a la costa y porque el hombre que lo recibió lo hizo constar.
—Vargha cerró la carpeta—. Y porque si lo hubiera abierto usted no habría entregado ese papel, señor Armand, y entonces la operación se habría retrasado tres semanas y a usted lo habrían tenido que quitar de en medio en algún punto entre Zadar y Trieste.
Es probablemente la mejor decisión que ha tomado usted en su vida, aunque la tomara por los motivos equivocados.
—¿Cuáles eran mis motivos?