17. EL QUE LLEGÓ TARDE #2
Fue a Zadar, a la administración, a que le dijeran quién había inspeccionado sus barcos en enero y por orden de quién.
Le enseñaron unos expedientes. Los expedientes estaban en regla y no llevaban a ningún nombre: la documentación había llegado a la administración por conducto ordinario. No había denunciante. No había firma.
Fue al banco de Trieste. El banco le explicó, con toda la corrección del mundo, que las condiciones de garantía se habían revisado en diciembre conforme a un criterio general, y que si quería la circular interna, se la enseñaban. Se la enseñaron. Era una circular interna.
Fue al asegurador de Génova. El asegurador no había renovado la póliza. No estaba obligado a renovarla. Nadie lo está.
Fue a los cuatro puertos. En los cuatro puertos había un consorcio de tres sociedades con un contrato limpio, pago semanal garantizado por un banco de Ginebra, y trescientas personas trabajando que bajaban la cabeza cuando lo veían llegar y que no le podían decir nada porque no sabían nada, porque el hombre de la carpeta que había pasado en febrero era un empleado que no sabía ni para quién trabajaba.
No había un solo papel en el mundo que dijera que a Vuk Radović le habían quitado una ruta.
No había un solo papel que dijera que la ruta hubiera sido suya.
Y cuando fue a preguntar por su mujer —cuando intentó, en una oficina, que constara algo—, se encontró con la última puerta y con la peor: Halina Zawadzka no figuraba en ningún registro de ningún país.
No tenía cédula, ni permiso, ni matrimonio inscrito, ni entrada declarada.
Ocho años antes él había pagado en efectivo en una casa de la vía Carducci y se la había llevado en un barco, y aquello, que en su momento le había parecido una liberación, resultó ser el acto que la había borrado de la administración del mundo entero.
Y la niña, menos todavía. Nacida en una casa, sin partida, sin bautizo que constara, sin escuela.
Un hombre puede denunciar un robo. Puede denunciar un asesinato. Puede pasarse la vida entera en los tribunales y perder, y aun así queda escrito en alguna parte que él dijo que le habían hecho algo.
A Vuk Radović le habían quitado hasta eso.
Le habían quitado el derecho a haber sido víctima, que es la única cosa que no se le puede devolver nunca a un hombre, porque para devolvérsela habría que devolverle también el año en que ocurrió, y ese año ya no existía en ningún archivo de Europa.
La última noche que pasó en aquella casa se sentó en la mesa de castaño de la cocina, la que no cabía por ninguna puerta, y sacó el cuaderno de tapas duras.
Era el mismo de siempre. El de los fletes y los adelantos y las multas, el de los nombres de las mujeres de los capitanes y las fechas en que habían parido.
Estaba escrito hasta la mitad, con aquella letra menuda, ordenada, de hombre que apunta todo porque no se fía de la memoria de nadie, ni siquiera de la suya.
Pasó las hojas escritas sin leerlas.
Llegó a la primera en blanco.
Y no juró nada, porque los hombres que juran son los que necesitan oírse. No dijo el nombre de su mujer en voz alta. No lloró, o si lloró fue antes, dentro, en las cuatro horas y media de las que no se habla.
Lo que hizo fue mojar la pluma y escribir arriba, con la misma letra de siempre, una fecha y tres palabras.
Debajo empezó una lista.
Puso lo que sabía, que era poco: la fecha de la primera inspección, el nombre del corredor de Génova, el nombre del banco de Trieste, el nombre del prestamista de Rijeka que había comprado dos pagarés en diciembre.
Cuatro líneas. Dejó el resto de la página en blanco, y las cuatro páginas siguientes también, porque un hombre que abre una contabilidad deja siempre sitio para los asientos que faltan.
Después cerró el cuaderno.
Un hombre corriente se habría emborrachado, y habría gritado, y en dos años se habría convertido en uno de esos borrachos de puerto que cuentan siempre la misma historia y a los que nadie cree.
Vuk Radović abrió una cuenta.
Y esa fue exactamente la diferencia, y es la razón por la que veinte años después, en una ciudad de cristal donde nadie sabía dónde quedaba Zadar, aquella cuenta seguía abierta y seguía sumando.
Se fue el sábado siguiente, con lo puesto y con los doscientos mil francos que ya no servían para salvar nada y que sirvieron para empezar otra cosa mucho peor.
No vendió la casa. No la cerró. La dejó abierta, con la colada todavía en la cuerda, y no volvió a poner un pie en aquella costa en el resto de su vida.
Del nombre hay que decir una cosa, porque después se contó de veinte maneras y ninguna era cierta.
Nadie se lo puso. No fue un apodo, ni una bravata, ni una de esas invenciones de periodista que les cuelgan a los hombres de ese oficio.
Él se llamaba Vuk. Se llamaba así desde que nació, porque se lo había puesto su abuela, y en su lengua esa palabra quiere decir lobo, del mismo modo que en otras lenguas hay hombres que se llaman León, o Pedro, o Rocío, y nadie piensa en la piedra ni en el agua cuando los llama.
Durante treinta años fue un nombre. Se lo dijeron los maestros, las mujeres, los estibadores, el cura, los capitanes que cobraban los jueves. Vuk. Nadie lo tradujo nunca, porque a los nombres no se les traduce.
Lo que ocurrió a partir de aquel invierno fue mucho más sencillo y mucho más siniestro que un apodo.
La gente empezó a traducirlo.
Empezó despacio, en los puertos del norte, entre hombres que hablaban italiano y alemán y que necesitaban referirse a alguien de quien era mejor no dar el nombre.
Un hombre bajaba de un barco y otro le preguntaba quién había estado ahí, y el primero, en vez de decir Vuk, decía la palabra en la lengua del que preguntaba. Il lupo. Der Wolf. Le loup.
Y llegó un momento —nadie sabría decir cuándo, porque esas cosas no tienen fecha— en que aquello dejó de ser un nombre traducido y pasó a ser una descripción, y la gente que lo decía ya no sabía que estaba diciendo su nombre de pila.
Un hombre al que le habían borrado la ruta, la mujer, la hija y el año entero perdió también lo último que le quedaba de sí mismo, que era llamarse como se llamaba.
Le dejaron el sonido y le quitaron el nombre.
Y con lo que quedó, que era una palabra que significaba un animal, se hizo un oficio.
En el bolsillo interior del abrigo, junto al cuaderno de tapas duras, siguió llevando durante veinte años una caracola pequeña envuelta en un papel de seda que se fue poniendo marrón, comprada por cuatro liras en una tienda de la vía San Nicolò un domingo por la mañana en el que un hombre creyó, durante seis horas y media, que iba a poder salvarlo todo.
Nunca la enseñó. Nunca la mencionó.
Y en Madrid, veinte años después, cuando le vaciaron los bolsillos, seguía ahí.