17. EL QUE LLEGÓ TARDE
El domingo por la mañana, en Trieste, Vuk Radović consiguió doscientos mil francos.
No eran los cuatrocientos que necesitaba. Eran la mitad, y venían de un armador griego que le debía un favor de hacía seis años y que se lo pagó con la incomodidad de los hombres que preferirían no tener memoria, y con una condición: tres meses, ni un día más.
Salió de aquel despacho a las once menos cuarto con la carpeta bajo el brazo y una sensación que no había tenido en dos semanas.
Con doscientos mil podía desbloquear dos barcos.
Con dos barcos podía cumplir cuatro contratos de marzo.
Con cuatro contratos cumplidos podía sentarse otra vez delante del banco de Zagreb en abril con algo que enseñar, y a partir de ahí era cuesta arriba pero era cuesta, y no un pozo.
Perdería la mitad de la ruta. Se quedaría con lo demás.
Lo calculó tres veces caminando hacia el puerto, y las tres veces le salió que se podía.
Tenía treinta años, había empezado con un barco alquilado a los veintiuno, y llevaba nueve sabiendo una cosa que casi nadie sabe: que perder la mitad de algo no es perderlo.
Antes de embarcar entró en una tienda de la vía San Nicolò porque vio el escaparate desde la acera de enfrente.
Era una de esas tiendas de souvenirs de puerto que venden postales, barquitos de madera y bandejas de conchas del Adriático clasificadas por tamaño. Estuvo cuatro o cinco minutos delante del mostrador, con la carpeta debajo del brazo, sintiéndose bastante ridículo.
Al final eligió una caracola pequeña, de las de tierra, en espiral, con la boca blanca y el caparazón rayado en marrón y crema. Vacía, evidentemente. Muerta desde hacía años y pulida por alguien.
Le costó cuatro liras. La mujer se la envolvió en un papel de seda y él se la guardó en el bolsillo interior del abrigo, junto al cuaderno.
Después bajó al muelle y tomó el barco de las doce.
La travesía duró seis horas y las pasó trabajando.
Sacó el cuaderno de tapas duras y ordenó las cifras en la mesa del salón de segunda, con el mar picado y el vaso resbalándose hacia el borde cada vez que el barco caía.
Doscientos mil. Setenta y cuatro para el puerto de Šibenik, cuarenta y uno para liberar el otro, veintidós para el seguro de marzo con la compañía nueva, que era carísima y que no tenía más remedio que aceptar.
Le quedaban sesenta y tres mil de margen y con eso había que llegar a mayo.
Apuntó, tachó, volvió a apuntar. Le salió tres veces.
Y hacia las cuatro de la tarde, cuando ya no había nada más que calcular, se quedó mirando por la ventanilla la línea de la costa apareciendo a la izquierda y pensó en lo otro.
Que se lo iba a contar todo esa noche.
Eso fue lo que decidió en aquel barco, y lo decidió con la solemnidad con la que se deciden las cosas cuando uno acaba de pasar cinco días creyendo que se le hundía el mundo.
En ocho años no le había contado a Halina un solo asunto del negocio.
Ni las buenas ni las malas. No por desprecio: porque le parecía que un hombre que lleva los problemas a su casa está pidiendo que se los resuelvan, y él no quería que nadie le resolviera nada.
Y aquella semana, solo en una pensión de Trieste, había entendido que era al revés. Que llevaba ocho años durmiendo al lado de la única persona del mundo que no le iba a cobrar por escucharlo, y que se lo había ahorrado por orgullo.
Se lo iba a contar todo. Lo de los bancos, lo del asegurador, lo del contramaestre de Rijeka, lo de los doscientos mil y los tres meses.
Y antes de eso iba a entrar en la cocina descalzo.
Eso también lo decidió en el barco, y le hizo gracia él solo, mirando por la ventanilla.
Iba a dejar las botas en el escalón de fuera, iba a entrar en calcetines por la puerta de la cocina como un idiota, y ella iba a levantar la vista de la pila y le iba a decir alguna barbaridad, y con eso se acababan seis años de discusión y cinco días de silencio.
Después de aquello, la niña. El caracol en el bolsillo, envuelto en papel de seda.
Llegó al embarcadero a las seis y diez de la tarde, con la última luz.
La cuesta desde el embarcadero hasta la casa se subía en once minutos.
Los primeros cuatro no se ve nada, porque el camino va entre dos muros de piedra y una higuera vieja. A partir de la revuelta se empieza a ver el tejado. Y en los últimos ciento cincuenta metros se ve todo: la explanada, el cedro, la cuerda, la fachada blanca.
Vuk Radović los subió con la maleta en una mano y la carpeta en la otra.
En la revuelta levantó la cabeza y vio el tejado, y vio que no salía humo de la chimenea.
No pensó nada. Un domingo a las seis y cuarto de la tarde, en febrero, con el cordero que ella habría puesto el sábado, tenía que haber humo; pero pensó que a lo mejor había cocinado antes, o que a lo mejor estaban abajo, o cualquiera de las cuatro o cinco cosas razonables que se le ocurren a un hombre cansado. Siguió subiendo.
A los treinta pasos vio la cuerda.
Estaba tendida. Con la colada puesta: una sábana, un mantel, cuatro o cinco prendas pequeñas al fondo, en el tramo cercano al muro.
Y esa fue la primera cosa que no encajó de verdad, y le encajó mal en algún sitio de la nuca, porque Halina tendía los miércoles y recogía los jueves, todo el año, sin excepción, y llevaba ocho años sin dejar una colada cuatro días a la intemperie.
Aceleró el paso sin darse cuenta de que lo aceleraba.
A los cincuenta pasos vio la explanada, y en la explanada, a la izquierda del cedro, vio la mancha de tierra pelada donde llevaba once años durmiendo un perro negro y enorme.
Y no había perro.
Ahí soltó la maleta.
Corrió los últimos cuarenta metros, subió el desnivel del terreno con la carpeta todavía en la mano izquierda, cruzó la explanada gritando el nombre de su mujer, y llegó al escalón de la puerta de la cocina.
La puerta estaba abierta.
En el escalón había un zapato pequeño, de color claro, caído de lado.
De lo que había dentro de aquella casa no hay nada que contar aquí.
Ya se dijo una vez y vale para las dos: hay cosas que se cuentan mejor cerrando la puerta.
Lo que se puede decir es lo que se veía desde fuera.
Que un hombre de treinta años entró en su casa a las seis y veinte de la tarde de un domingo de febrero.
Que no volvió a salir en cuatro horas y media.
Que en ese tiempo no se oyó absolutamente nada desde la explanada, ni un grito ni un golpe ni un objeto rompiéndose, y que ese silencio, si alguien hubiera estado allí para oírlo, habría resultado mucho más difícil de soportar que cualquier ruido.
Y que cuando salió, a las once menos cuarto de la noche, con la ropa manchada, salió andando despacio, se sentó en el escalón de la entrada al lado del zapato pequeño, se miró las dos manos abiertas delante de la cara durante un rato larguísimo, y se las quedó mirando como se mira una herramienta que se ha roto.
Después las bajó.
Y a partir de ese momento hizo la única cosa que le quedaba por hacer, que era buscar a su hija.
Buscó toda la noche, y buscó los cuatro días siguientes, y no encontró nada.
Buscó primero en la casa, cuarto por cuarto, debajo de las camas y dentro del arcón de la despensa y en el hueco entre la pared y la caja fuerte.
Después fuera: la explanada, el cedro, las terrazas, el borde donde ella se sentaba a mirar el agua con las piernas colgando.
Bajó a la orilla con un farol a las tres de la mañana. Volvió a subir. Volvió a bajar.
Al amanecer del lunes empezó con el muro, y ahí estuvo dos horas, recorriéndolo por los tres lados, metiendo el brazo en cada hueco.
Metió la mano en el hueco donde faltaban dos piedras.
Estaba vacío. Habían pasado veintidós horas.
Después bajó al pueblo, y aquello fue lo peor, porque en el pueblo se encontró con una cosa que no había previsto y para la que no servía de nada ser un hombre duro.
No se encontró con mentiras. Se encontró con nada.
La gente lo miraba y bajaba los ojos. Le decían que no sabían.
Le decían que no habían visto. Ivo, el viejo del terreno, lloró delante de él, lloró de verdad, y le dijo cuatro veces que había subido el lunes con la escalera y que no sabía nada más, y era cierto.
El cabo del puesto le tomó una declaración de once líneas que no llevaba a ninguna parte y le explicó, mirando la mesa, que aquello iba a ser difícil.
Y Draginja, cuando él llegó a su puerta el lunes por la tarde, salió con las manos en el delantal, se echó a llorar con una autenticidad absoluta, le dijo que había subido el domingo y que se había vuelto abajo sin entrar porque le faltó el valor, y le repitió tres veces que no había visto a la niña por ninguna parte.
Y eso —esa mentira dicha entre lágrimas de verdad por una mujer de sesenta años que en aquel momento tenía a la criatura durmiendo en el cuarto de dentro, a seis metros de donde estaban hablando— fue la cosa más generosa que alguien hizo en toda aquella historia.
Porque Draginja sabía dos cosas. Sabía que a los que hicieron aquello no les había servido matar a la madre: habían ido a por la casa entera, y si la niña seguía en el mundo era exclusivamente porque nadie sabía que seguía.
Y sabía que el hombre que tenía delante, en el estado en que estaba, no iba a poder callarse.
Iba a preguntar. Iba a remover el pueblo entero, iba a ir a la ciudad, iba a gritar en oficinas, y en algún punto de todo aquel ruido alguien iba a enterarse de que había quedado un cabo suelto de siete años.
Le mintió a un padre para que su hija llegara a los ocho.
Y cargó con esa decisión durante veintitrés años, hasta que se murió, y no se lo contó a nadie.
El jueves, Vuk Radović dejó de buscar y empezó a hacer preguntas.
Y ahí se encontró con el tercer despojo, que era el que estaba diseñado para quebrarlo del todo.