22. LA CÚPULA #2
Se corrió primero sobre ella, sobre la cara blanca de cuarenta y dos años, en la mejilla y en el pómulo alto y en el labio, marcándola a ella la primera porque era la primera y porque iba a seguir siéndolo aunque dejara de ser la única; y solo después, sin apartarse, giró un grado a la derecha y terminó sobre Rosaria, sobre la piel oscura, en la frente y en la nariz recta y en la boca grande de labios llenos, en menos cantidad y en segundo lugar, que era exactamente el sitio que le tocaba esa noche.
Las dos se quedaron quietas, de rodillas, con las manos sobre los muslos, sin limpiarse, respirando.
Y entonces habló Viktoria.
—Con permiso, señor —dijo.
Esteban bajó la barbilla.
Viktoria Petrova se pasó dos dedos por la mejilla, despacio, recogiendo lo que él le había dejado a ella, y giró hacia la napolitana, y con esos mismos dos dedos empezó a repartirlo por la cara de Rosaria Esposito.
Sin ninguna dulzura. Con la misma paciencia glacial con la que le había apartado las manos ciento cuarenta veces durante siete semanas.
Le pasó lo suyo por la frente, por la nariz, por el pómulo ancho, mezclándolo con lo que Esteban ya le había dejado, y bajó por el cuello, y siguió bajando: por la clavícula, por el esternón, por la curva pesada del pecho, hasta los dos pezones oscuros que a Rosaria tardaban en ponerse duros y que aquella noche, por fin, estaban hinchados del todo, con las areolas anchas contraídas y arrugadas alrededor, casi negras a aquella luz.
Se los untó despacio, uno y otro, con los dos dedos, sin dejar de mirarla a la cara.
Y Rosaria aguantó la mirada, y no bajó los ojos por miedo, y no se tapó con las manos, que las tenía abiertas sobre los muslos y ahí las dejó, aunque era napolitana de la Sanità y llevaba el instinto de taparse metido en el cuerpo desde niña.
Ese fue el examen, y Viktoria lo sabía, y por eso lo hacía ella y no Esteban.
Le repartió por el cuerpo lo que un hombre acababa de dejarle en la cara a ella la primera, y esperó a ver si la joven lo llevaba como una humillación o como una firma.
Y Rosaria Esposito, de rodillas, con la cara y los pechos brillantes, con la mano de la mujer de pelo blanco marcándola pezón a pezón, no cerró los ojos, no se encogió, no pidió perdón por tener cuerpo.
Se quedó abierta.
Viktoria apartó los dedos por fin. Miró a Esteban.
—Ya está —dijo, con el mismo silencio administrativo con el que le había dicho una vez, en junio, que la chica estaba lista—. Ahora es cosa suya, señor.
Esteban fue hasta la silla, donde tenía la chaqueta doblada, y del bolsillo interior sacó el aro.
Era igual que el otro. De metal blanco, sin brillo, de un dedo de ancho, sin una sola piedra. Lo había encargado en agosto, en previsión, aunque en agosto todavía no se lo hubiera reconocido a nadie ni a sí mismo.
—Levántese —le dijo a Rosaria—. Espalda recta. Mentón alto. Como le enseñaron.
Rosaria Esposito se puso de pie, desnuda, con la cara y el cuerpo todavía brillantes, y compuso la postura entera —los hombros abiertos hacia atrás, las manos sueltas a los costados, el cuerpo diciendo “estoy disponible”—, y aguantó ahí, temblando un poco, en el centro de la Cúpula.
Esteban se le puso detrás. Le apartó el pelo negro y espeso de la nuca, con el remolino de la sien derecha que no había manera de peinar, y le cerró el aro en la garganta con las dos manos, despacio, hasta que hizo el clic mínimo que no se oía a un metro de distancia.
Y le habló al oído lo que había que decir, que estaba en la primera cuartilla y que a ella no se lo había enseñado nadie porque no se enseña:
—A partir de esta noche lo lleva siempre. Debajo de la ropa, en la calle, en la mesa, delante de quien sea. Nadie lo va a ver. Y usted no se va a olvidar de que lo lleva ni un minuto en lo que le queda de vida.
Rosaria cerró los ojos un segundo cuando notó el peso.
—Sí, señor.
—Ya no tiene billete a Nápoles.
—No lo quiero, señor.
—Eso no lo decide hoy. —Esteban le dio la vuelta para tenerla de frente—. Hoy lo dice. Va a tardar años en saber si era verdad. —Le sostuvo la barbilla un momento—. Y esa es la única diferencia entre esta casa y una de la vía Carducci, así que no la pierda nunca.
Rosaria Esposito, con el collar puesto y la respuesta correcta dicha por deseo y no por deuda, hizo la reverencia sin rodillas —bajó los ojos dos tercios, despacio, por entrega—, y esta vez la hizo perfecta, sin medio segundo de retraso.
Ya no había medio segundo de retraso, porque ya no había con quién medirse: había dos collares en la casa y las dos eran, desde esa noche, dos maneras distintas de lo mismo.
Viktoria Petrova asistió a todo aquello de pie, a la izquierda, con las manos quietas y sin moverse, tal como había asistido en junio.
Pero no era lo mismo, y ella lo supo con una precisión que no le dejó dormir.
En junio había estado de pie mirando cómo se hacía una sumisa, y la que se hacía era una alumna suya, y todo lo que aquella noche ocurrió llevaba su firma: la postura era suya, la mirada era suya, hasta el “gracias, señor” que Rosaria había dicho al final era una fórmula que ella misma se había inventado ocho años antes en una alfombra clara de Ginebra.
En junio, la casa entera seguía siendo suya, incluso lo que aprendía otra.
Esa noche, no. Esa noche había mirado cómo un hombre le ponía a otra el mismo aro que le había puesto a ella, con las mismas dos manos y las mismas palabras, y por primera vez en veinte años Viktoria Petrova había estado dentro de una habitación siendo mirada en lugar de mirando.
No dijo nada. No le tembló nada. Cuando Esteban terminó, ella recompuso su propia postura, hizo la reverencia sin rodillas con la exactitud de siempre, y pidió lo que se pedía.
—¿Me retiro, señor?
—Sí.
Y Viktoria Petrova salió de la Cúpula andando de frente, con el pelo blanco recogido y el aro en la garganta y la cara serena, porque ella no se iba nunca de una habitación andando hacia atrás.
Pero antes de cruzar la puerta se detuvo medio segundo —el mismo medio segundo que a Rosaria le había costado el retraso durante siete semanas— y miró el cuarto entero una última vez: la piedra oscura, la luz baja, las cuatro paredes sin ventanas, el sitio recién nombrado donde a partir de ahora iban a ocurrir las cosas, con ella y sin ella.
Después salió y no volvió a mirar.
Esteban lo vio, aquel medio segundo, y no supo leerlo, y esa fue una de las pocas cosas que Viktoria Petrova le escondió en veinte años.
Se lo iba a explicar ella misma, entero, siete semanas después.
Porque Viktoria Petrova se había dado a sí misma un año la noche en que aceptó enseñar a la napolitana, y se había equivocado en cuatro meses, y a Esteban le quedaban por delante, sin saberlo, exactamente siete semanas hasta la última conversación que iban a tener bajo aquel techo con la única persona que no le había mentido nunca.
Pero eso se cuenta en el capítulo siguiente.