15. EL SÁBADO 18
La casa se durmió como se dormía siempre.
Primero la niña, que tardó poco, porque había estado insoportable toda la tarde y los niños insoportables se agotan a sí mismos.
Después la cocina, cuando Halina apagó el fuego bajo el cordero y dejó la fuente tapada con un paño para el día siguiente.
Después la lámpara del cuarto de estar. Y por último el pasillo, esa luz que ella apagaba al final, cuando ya no quedaba nada por hacer.
A las diez y media no había en toda la casa más luz que la de la luna sobre el mar liso.
Mrak estaba echado en la explanada, en su mancha de tierra, con el hocico entre las patas. Se había estirado una vez sobre las once, había dado media vuelta y se había vuelto a echar. Era viejo. Estaba sordo. Llevaba once años sin tener nada de que avisar.
En la ensenada seguían las dos luces de los barcos, quietas, como clavadas en el agua negra.
Vinieron del agua.
No por el camino, ni por la carretera alta, ni por el lado del muro.
Vinieron por donde no había muro, por las terrazas de olivos que bajaban hacia la orilla, subiendo en silencio de piedra en piedra en la parte del terreno que Vuk Radović nunca había cerrado porque daba al mar y porque del mar, en ocho años, no había venido nunca nada malo.
Mrak los oyó tarde. Los oyó cuando ya los tenía en la explanada, y se levantó, y llegó a ponerse de cara y a erizar el lomo.
Fue lo único que llegó a hacer.
Después la explanada volvió a quedarse en silencio, y ya no hubo perro.
Halina se despertó con el primer ruido que no encajaba.
No fue un grito ni un golpe: fue una madera del porche que crujió con un peso que no era el del viento, y ella llevaba ocho años durmiendo en aquella casa y conocía todos sus crujidos, y ese no lo conocía.
Se incorporó en la oscuridad. Escuchó. Oyó el segundo, más cerca, y en el segundo ya no había ninguna duda.
No encendió la luz. No gritó. No fue hacia la ventana ni hacia la puerta de la cocina, que era la salida, que estaba a doce pasos y que la habría llevado a la explanada y a la cuesta y a la noche.
Fue en la dirección contraria.
Cruzó el pasillo descalza, sin hacer ruido, deprisa, hacia el fondo de la casa, hacia el cuarto que había sido despensa.
Una mujer a la que habían comprado ocho años antes por una cifra que nunca se dijo en voz alta, que no había pronunciado una sola palabra bonita en ocho años, que discutía por el precio del aceite y por unas botas embarradas, cruzó su casa en la única dirección que no llevaba a ninguna salvación posible, porque en aquella dirección estaba lo único que le importaba.
Levantó a la niña de la cama de un solo movimiento, con la manta y todo, y le tapó la boca con la mano antes de que se despertara del todo.
—Chsss.
La sacó por la ventana del cuarto, la que daba al lado del muro, y la llevó en brazos los pocos metros que había hasta el hueco.
El hueco donde faltaban dos piedras. Donde la niña se metía de lado todas las tardes y se quedaba hasta que la llamaban tres veces. Donde no contestaba nunca, ni a la primera ni a la segunda, porque ese era el juego y porque era terca y porque le gustaba que la buscaran.
La metió ahí. De lado, como se metía ella sola, con la manta.
Y se agachó, y le puso la cara muy cerca, y en la oscuridad, en un susurro que no era más que aire, le dijo lo último que le dijo.
—Jestem tu.
Estoy aquí.
Pero esta vez no esperó la respuesta. Esta vez le apretó la mano contra el pecho de la niña, con fuerza, y le dijo, todavía más bajo, las mismas dos palabras convertidas en su contrario:
—Jestem tu. No salgas. No contestes. Aunque me llamen a mí. Aunque me oigas. No contestes. Jestem tu.
Y le puso una vez más la mano abierta en la frente, apartándole el pelo hacia atrás, como todas las noches de su vida.
Después se levantó y volvió hacia la casa, para que no la buscaran allí.
De lo que pasó dentro de la casa no hay nada que contar.
O lo hay, pero no aquí, no en estas páginas, porque hay cosas que un narrador tiene la obligación de no mirar, del mismo modo que aquella noche una niña de siete años tuvo la obligación de no mirar, y la cumplió.
Basta con decir que fue rápido, porque los que saben hacer eso lo hacen rápido, y que Halina Zawadzka no volvió a salir de su casa.
En el hueco del muro, entre dos piedras que faltaban, una niña de siete años obedeció la última orden de su madre.
No contestó.
La llamaron. En algún momento de la noche, una voz de mujer llamó, y la niña reconoció que estaban usando su nombre para hacerla salir, y no salió, y no contestó, porque nunca contestaba a la primera ni a la segunda, porque era terca, porque ese era el juego, porque su madre acababa de decirle que no lo hiciera.
Su costumbre más molesta, la que sacaba de quicio a Halina todas las tardes, la que le había valido tres años de riñas —mała, sal de ahí, contesta cuando te llamo—, fue exactamente la costumbre que la mantuvo callada la única noche en que callar servía para algo.
Se quedó ahí de lado, con la manta, de espaldas al mundo, con las rodillas contra el pecho.
Oyó cosas. No las voy a decir.
Y mucho después, cuando ya no se oía nada, cuando llevaba tanto rato el silencio que el silencio se había vuelto otra cosa, la niña movió los labios sin voz, hacia la casa, hacia donde había estado su madre, y dijo ella sola la parte que le tocaba, la que siempre contestaba con los ojos cerrados:
—Jestem tu.
Estoy aquí.
No la oyó nadie.
Amaneció claro, igual que había amanecido el día anterior, porque al mar y al cielo no les importa nada.
La casa estaba en silencio. La puerta de la cocina, abierta. En la explanada, la mancha de tierra donde dormía Mrak estaba vacía.
La cuerda de tender seguía tensa entre los dos postes, con la colada del miércoles que Halina no había llegado a recoger del todo: una sábana, un mantel, y al final, en el tramo más cercano al muro, cuatro o cinco prendas pequeñas que el viento de la mañana levantaba y dejaba caer, y volvía a levantar.
En el escalón de la entrada seguía el zapato, pequeño, de color claro, caído de lado.
Dentro, en el cuarto que había sido despensa, sobre la cómoda, la lata de galletas inglesas con la tapa agujereada a clavo tenía dentro cuatro caracoles vivos, despacio, ajenos, subiendo por la pared de hojalata hacia una luz que entraba por la ventana abierta.
Y en el hueco del muro, entre dos piedras que faltaban, envuelta en una manta, con los ojos abiertos y sin llorar, la niña esperaba a que la llamaran por tercera vez.