14. LA CASA
Era blanca y baja, de una sola planta, con el tejado de tejas viejas curvadas por el peso de sesenta inviernos.
La había construido un armador de Zadar antes de la guerra y la había perdido su hijo después, y Vuk Radović la compró con casi todo lo que tenía a los veinticuatro años, cuando la ruta llevaba solo dos temporadas funcionando, porque quería una cosa que no se moviera.
Un muro de piedra seca la rodeaba por tres lados. Por el cuarto no hacía falta: bajaba el terreno hacia el agua, en terrazas de olivos viejos, y desde el borde se veía la ensenada entera y la isla plana del fondo y, los días claros, otra isla detrás.
Delante había una explanada de tierra batida y un cedro grande que daba una sombra circular, y a la izquierda del cedro, entre dos postes de hierro clavados hacía cuarenta años, una cuerda de tender larguísima, tensa, que aguantaba una colada entera y que había que apuntalar por el medio con una vara cuando estaba cargada del todo.
Dentro había cinco habitaciones. Una cocina grande con una mesa de castaño que no cabía por ninguna puerta y que por tanto no se había movido nunca de sitio.
Un cuarto de estar con dos butacas y una estufa de leña.
El dormitorio de ellos, con la ventana mirando al mar.
El cuarto de la niña, que había sido despensa.
Y al fondo, con la puerta siempre cerrada, la habitación de los tres muebles donde estaban el escritorio, la caja fuerte y el cuaderno de tapas duras.
Olía a piedra fría, a leña, a laurel seco colgado en un manojo detrás de la puerta de la cocina, y en verano, desde la tarde, a los tomates que se ponían a madurar en el alféizar de la ventana norte.
El perro se llamaba Mrak.
Tenía once años, era negro y enorme y estaba medio sordo, y llevaba desde los siete sin ladrar más que dos veces por invierno. Dormía en la explanada, en la única mancha de tierra a la que el cedro no le daba sombra, y para moverlo de ahí había que empujarlo con el pie.
A Halina Zawadzka la compró Vuk Radović en Trieste, ocho años antes, por una cantidad de dinero que ninguno de los dos volvió a mencionar en voz alta.
Conviene decirlo tal cual, sin adornarlo, porque adornarlo sería mentir y porque los dos lo sabían.
Ella tenía diecinueve años, era de Katowice, había salido de allí con una promesa de trabajo en una fábrica y llevaba cuatro meses en una casa de la vía Carducci cuando entró un serbio de veintidós años a cerrar un negocio con el dueño.
No hubo enamoramiento, ni rescate, ni ninguna de esas cosas.
Hubo un hombre que preguntó cuánto, y un hombre que dijo una cifra, y una chica que en aquella conversación no tuvo voz.
Lo único que Radović hizo distinto de lo que habría hecho cualquier otro fue lo de la mañana siguiente.
La llevó a comer a un sitio con manteles, le puso delante un plato de pescado y le dijo, en un italiano de puerto que ella entendía a medias, que si quería un billete de vuelta a Polonia se lo pagaba aquel mismo día, y que no le debía nada, y que si se quedaba iba a tener que aprender a llevar una casa porque él no sabía.
Ella se comió el pescado entero. Después dijo que no había nadie esperándola en Katowice.
Eso fue todo.
Ocho años después, Halina tenía veintisiete años y mandaba en aquella casa de una manera absoluta, y lo que había entre ellos dos se había convertido en otra cosa que ninguno de los dos habría sabido nombrar y que desde luego nunca intentaron nombrar.
No se decían nada bonito. No se lo dijeron ni una sola vez.
Ella le llevaba las cuentas de la casa en un cuaderno propio, más pequeño que el de él y con la misma letra menuda, porque se la había enseñado él.
Le discutía el precio del aceite. Le discutía el vino.
Le discutía, sobre todo, la costumbre que tenía de dejar los zapatos llenos de barro delante de la puerta de la cocina en vez de en el escalón de fuera, y esa discusión llevaba abierta seis años y no había avanzado ni un centímetro por ninguna de las dos partes.
Era rubia, alta, ancha de espalda, con las manos rojas del agua fría y una manera de plantarse en mitad de una habitación con los brazos cruzados que en aquella casa significaba que ya se había decidido algo.
Hablaba el serbio de la zona con acento y sin ninguna vergüenza. Con la niña hablaba en polaco, y solo en polaco, y en eso no aceptaba discusión.
—Que aprenda de su padre lo otro —decía—. Lo mío se lo enseño yo.
La niña tenía siete años y era una calamidad.
Era rubia como la madre, con el pelo casi blanco de sol en verano, y flaca, y tenía las rodillas permanentemente arañadas de un modo que a Halina la sacaba de quicio.
Se llamaba de una manera que en aquella casa se usaba poco, porque en la práctica todo el mundo le decía mała o le decía ty, que es lo que se le dice a una criatura cuando ya se le está riñendo.
Tenía tres costumbres.
La primera era esconderse detrás del muro, en un hueco donde faltaban dos piedras y donde se metía de lado, y quedarse ahí hasta que la llamaban tres veces. Nunca contestaba a la primera. Ni a la segunda.
La segunda era el agua. Le tenía un miedo indecente y no había manera de meterla en el mar, y sin embargo se pasaba las horas muertas en el borde de las terrazas mirándolo, sentada con las piernas colgando, sin acercarse a la orilla ni por una moneda.
La tercera eran los caracoles. Los recogía después de la lluvia en una lata de galletas inglesas con la tapa agujereada a clavo por su padre, les ponía nombre, y se enfadaba de verdad, con una furia desproporcionada, cuando alguno se moría.
Aquel febrero tenía cuatro. Se llamaban los cuatro igual, con el nombre de un tío suyo que ella no había conocido, cosa que a Halina le parecía de mal agüero y que Radović encontraba divertidísima.
—Déjala —decía—. A los siete años yo tenía un cuervo.
—A los siete años tú eras tonto.
Todas las noches, sin excepción, ocurría lo mismo.
Halina la metía en la cama, le subía la manta hasta la barbilla y le ponía la mano abierta en la frente, apartándole el pelo hacia atrás. La niña cerraba los ojos.
Y entonces la madre decía dos palabras.
—Jestem tu.
Y la niña, sin abrir los ojos, contestaba lo mismo:
—Jestem tu.
Estoy aquí. Nada más que eso.
Lo hacían desde que la niña tenía año y medio y había empezado a despertarse por la noche llorando.
No era una oración ni un juego ni una canción; era, sencillamente, el modo en que en aquella casa se cerraba el día.
Radović, que en ocho años no había aprendido veinte palabras de polaco, se sabía aquellas dos y las usaba las noches en que le tocaba a él acostarla, y la niña le corregía la pronunciación con una severidad de maestra de escuela.
—No. Jestem. Con la lengua aquí.
—Jestem.
—Mejor.
El martes 14 de febrero, a las tres y media de la tarde, Vuk Radović se fue a Trieste.
Se fue de mal humor y se fue discutiendo, y la discusión fue por los zapatos.
Había entrado en la cocina con las botas puestas, embarradas del camino de abajo, porque llevaba tres días durmiendo cuatro horas y porque tenía la cabeza en un banco de Trieste y en dos barcos parados en Šibenik. Halina lo vio desde la pila y soltó el trapo.
—Fuera.
—Halina, hoy no.
—Fuera. Seis años, Vuk. Seis años.
—Tengo que tomar el barco.
—Pues agárralo descalzo, que a mí me da igual.
Él dijo entonces algo que no debía haber dicho —no fue grave, fue una de esas frases de hombre cansado sobre quién trae el dinero a esa casa— y ella contestó exactamente lo que había que contestar, y él salió al escalón, se quitó las botas, se las volvió a poner fuera y se fue a tomar el barco sin despedirse.
En la explanada estaba la niña, en cuclillas junto a la lata de los caracoles.
—Vuelvo el sábado —le dijo.
—¿Me traes un caracol de Trieste?
—En Trieste no hay caracoles.
—Sí hay.
—Bueno. —Le puso la mano en la cabeza, aplastándole el pelo, que era su manera de despedirse—. Si hay, te traigo uno.
Bajó la cuesta hacia el embarcadero con la maleta en una mano. A media pendiente se dio la vuelta y miró hacia arriba, y vio la casa blanca con el cedro y el muro y la colada tendida y a Halina en la puerta de la cocina, secándose las manos en el delantal, mirándolo bajar sin hacerle ningún gesto.
Se quedaron los dos así unos segundos.
Y después él siguió bajando, porque el barco salía a las cuatro.
El miércoles 15 fue día de colada.
Halina la hacía siempre los miércoles, todo el año, porque los miércoles la mujer del pueblo venía por la mañana a ayudarla con la casa y se iba a la una, y a la una y media el sol estaba en el mejor sitio para la cuerda.
Se llamaba Draginja, tenía sesenta años, venía tres días por semana a pie desde el pueblo y se iba siempre a la misma hora porque tenía que ordeñar. Aquel miércoles llegó a las ocho, hablaron de lo caro que estaba todo, fregaron el suelo de la cocina, y a la una recogió su cesta y se fue.
Halina tendió sola. Sábanas primero, que pesan más y van al centro; después las camisas de él; el mantel grande; y al final, en el tramo de la cuerda más cercano al muro, la ropa de la niña, que era pequeña y ligera y por eso iba en la punta, donde menos tira.
Puso la vara de apuntalar en el medio, porque la cuerda había tomado peso.
El viento de la tarde levantaba las prendas pequeñas y las dejaba caer, y las volvía a levantar.
Draginja no volvió hasta el viernes, porque los jueves no venía.
El jueves 16 vino el hielo.
Venía todos los jueves por la mañana, en un carro tirado por una mula, desde la fábrica de hielo del pueblo grande: dos barras envueltas en serrín y en arpillera, que se metían en el arcón de la despensa y que duraban con suerte hasta el domingo.
El hombre del hielo se llamaba Petar, tardaba once minutos y tomaba siempre un vaso de agua en la puerta antes de irse.
Aquella mañana la niña le enseñó los caracoles.
—Este es el que más come.
—¿Y ese?
—Ese está triste.
—Los caracoles no se ponen tristes.
—Ese sí —dijo la niña.
Petar se bebió el agua, devolvió el vaso y se fue con la mula cuesta abajo a las nueve y veinte, como todos los jueves del año.
Por la tarde, Halina bajó a las terrazas a podar dos olivos con el hombre que se ocupaba del terreno, un viejo del pueblo llamado Ivo que no dormía en la casa, que venía dos o tres tardes por semana y que a las seis y media, cuando empezaba a faltar la luz, recogía las herramientas y se iba a su casa a pie.
Y a Mrak lo soltaban.
Eso era lo único de aquella casa que se parecía a una precaución, y ni siquiera lo era del todo: el perro pasaba el día atado a la argolla del cedro porque si no se metía en el terreno del vecino a perseguir gallinas, y por la noche lo soltaban para que durmiera donde quisiera.
Halina lo soltaba siempre a la misma hora, después de cenar, cuando salía a tirar el agua de fregar.
Sobre las nueve.
El viernes 17 llegó el telegrama.
Lo trajo un chico en bicicleta desde la oficina de correos del pueblo, a las once y media de la mañana, y decía lo que dicen los telegramas, que es lo mínimo:
RETRASO POSIBLE SÁBADO. QUIZÁ DOMINGO. TODO EN ORDEN. V.
Halina lo leyó dos veces de pie en la explanada, con el papel en una mano y la otra haciendo sombra sobre los ojos, y después lo dobló y se lo metió en el bolsillo del delantal.
Todo en orden era mentira y ella lo supo inmediatamente, porque llevaba ocho años con aquel hombre y sabía perfectamente que un hombre que manda un telegrama para decir que todo está en orden es un hombre al que se le está cayendo algo encima.
Aquella semana habían pasado tres cosas raras en aquella casa: él había dormido mal cuatro noches seguidas, había hecho dos viajes al pueblo grande para telefonear, y el domingo había abierto la caja fuerte de la habitación del fondo, cosa que hacía dos veces al año.
No preguntó nada, porque en aquella casa esas cosas no se preguntaban. Lo que hizo fue lo que hacen las mujeres prácticas: sacó su cuaderno pequeño por la tarde y calculó cuánto podían aguantar con lo que había, y le salieron cinco meses, y le pareció suficiente.
Después se acordó de la discusión de los zapatos y se enfadó consigo misma, porque llevaba tres días enfadada con él por una tontería y ahora resultaba que el hombre estaba a mil kilómetros con un problema encima.
Decidió que el sábado, cuando volviera, no se lo iba a mencionar.
Se lo dijo así, en voz alta, mientras recogía la colada seca de la cuerda:
—Se lo dejo pasar.
El sábado 18 amaneció claro y frío, con el mar completamente liso.
Draginja vino por la mañana, como todos los sábados. Limpiaron las dos juntas, cambiaron las sábanas de la cama grande, y a la una la mujer se fue.
Halina puso a asar un cordero pequeño, porque él volvía. No sabía si iba a llegar aquella noche o al día siguiente, pero un cordero aguanta.
Por la tarde, la niña estuvo insoportable.
Se pasó dos horas dando la lata con lo de Trieste y los caracoles, quiso bajar a las terrazas y no la dejaron, tiró un cuenco de barro y se echó a llorar como si se hubiera roto el mundo, y a las cinco, cuando su madre le dijo que fuera a lavarse, se metió en el hueco del muro donde faltaban dos piedras y no salió.
—Mała.
Nada.
—Mała, sal de ahí.
Nada.
—¡Mała!
Y entonces sí, con esa carcajada corta y aguda que hacía cuando la habían encontrado, salió de lado, sucia hasta el codo, y se dejó lavar la cara con el agua fría de la jofaina mientras protestaba en polaco.
Ivo se fue a las seis y media, cuando empezó a faltar la luz. Se despidió desde el borde de la explanada, con el saco de la poda al hombro, y dijo lo que decía siempre, que el lunes traía la escalera buena.
Cenaron las dos solas en la cocina, en la mesa de castaño que no cabía por ninguna puerta.
A las nueve, Halina salió a tirar el agua de fregar al borde de la explanada y soltó a Mrak de la argolla del cedro.
El perro se estiró, dio dos vueltas y se echó otra vez en el mismo sitio, en la tierra batida, porque era viejo y porque estaba sordo y porque llevaba once años haciendo exactamente eso.
La noche estaba despejada. Se veían las luces de dos barcos en la ensenada y la línea negra de la isla plana.
Halina entró, cerró la puerta de la cocina —no con llave, porque en aquella casa nunca se echaba la llave— y fue a acostar a la niña.
Le subió la manta hasta la barbilla. Le puso la mano abierta en la frente y le apartó el pelo hacia atrás.
—Jestem tu —dijo.
—Jestem tu —dijo la niña, con los ojos ya cerrados.
Halina se quedó un momento sentada en el borde de la cama, en la oscuridad, con la mano todavía en aquella frente, escuchando cómo la respiración se le iba haciendo más lenta.
Después se levantó, salió al pasillo y apagó la luz.