13. EL DESPOJO
Marsella no había cambiado, y eso fue lo primero que le desagradó.
Bajó del tren a la una y veinte con una maleta pequeña y el abrigo doblado sobre el brazo, y desde el andén de Saint-Charles vio la ciudad exactamente igual que la había dejado: el mismo aire denso, la misma luz blanca de mediodía cayendo a plomo sobre los tejados, el mismo olor a mar sucio y aceite recalentado subiendo desde el puerto.
Casi cuatro años. Casi cuatro años de trenes y de bancos y de mesas con manteles de hilo, y aquella ciudad había seguido allí igual, indiferente, respirando igual.
Fue andando. No tomó auto.
Bajó por la Canebière, giró a la altura del muelle, y el barrio le fue apareciendo por partes, como una cara conocida a la que se le van reconociendo los rasgos de uno en uno. La pescadería seguía. El muro de los carteles seguía, con cuarenta años nuevos de carteles pegados unos sobre otros.
Y el callejón seguía.
Se paró en la boca. Olía exactamente a lo mismo: salmuera, aceite quemado, agua estancada en las juntas del adoquín.
Al fondo estaba la puerta de servicio del Palatine.
Esteban Armand, que tenía veintiséis años, doscientos mil francos en un banco de Zúrich y una operación de dos millones y medio cerrada aquel mismo trimestre, se quedó mirándola treinta segundos con las manos en los bolsillos.
Después entró por ahí.
No fue nostalgia, ni humildad, ni ninguna otra cosa que se pudiera contar en una frase bonita.
Fue una decisión práctica. Marcel Ferrand iba a mirarle los zapatos y el abrigo desde el primer segundo, y lo que Esteban necesitaba era exactamente lo contrario de una entrada por la puerta grande: necesitaba que el patrón no pudiera colocarle encima la etiqueta del chico que vuelve a lucirse.
Empujó con el hombro. La madera seguía hinchada por la humedad y cedió en el mismo punto, con el mismo chirrido.
Dentro, todo era más pequeño.
Esa fue la sorpresa. La cocina, que él recordaba enorme, cabía en cuatro pasos.
El pasillo de servicio, que se le había quedado en la cabeza como un túnel, era un pasillo estrecho de un edificio viejo.
La escalera lateral crujía igual y tenía la misma alfombra rojiza, gastada hasta la trama en los bordes.
Subió.
En el primer piso, el pasillo de moqueta granate. Los tres apliques.
Seguían funcionando dos.
Ferrand estaba en la sala privada, solo, sentado en la cabecera con el correo abierto delante y el abrecartas atravesado sobre un montón de sobres.
No se levantó.
—Chico —dijo.
Tenía sesenta años y los llevaba mal. Eso fue lo segundo que le desagradó a Esteban, y le desagradó de una manera que no esperaba, porque no era compasión: era la constatación desagradable de que el hombre más peligroso que había conocido se había vuelto un señor mayor con la piel del cuello suelta y las manos manchadas.
Seguía peinándose hacia atrás con la misma fijeza de cemento, pero el pelo era menos.
Seguía sin acelerar el paso, aunque ahora quizá no pudiera.
—Señor Ferrand.
—Siéntate.
Esteban no se sentó. Se quedó de pie al otro lado de la mesa de nogal, en el sitio exacto donde había servido durante dos años, y aquello no se le escapó a ninguno de los dos.
—¿Vino? —dijo Ferrand.
—No.
—Yo tampoco. —Apartó dos sobres—. Estás más ancho.
—Sí.
—Y llevas mejores zapatos que los míos. —Levantó por fin la vista—. Eso me alegra. Es raro que me alegre algo así, pero me alegra.
Esteban metió la mano en el bolsillo del chaleco, sacó la llave de latón con el hilo de cordel rojo y la puso sobre el mantel, en el centro exacto de la mesa.
Sonó apenas.
Ferrand la miró.
No la tomó. No alargó la mano, no cambió de postura, no hizo un solo gesto de los que hace un hombre al que le devuelven una cosa suya. Se quedó mirándola sobre el mantel con la misma atención con la que miraba las facturas, y así estuvo tres o cuatro segundos.
—¿Qué había en aquel sobre? —dijo Esteban.
El silencio duró más de lo que a Esteban le hubiera gustado.
Fuera, en el salón de abajo, alguien pidió a gritos una cuenta y alguien se rio.
—¿Qué sobre? —dijo Ferrand.
—Usted sabe cuál.
—Yo he mandado muchos sobres.
—Este lo mandó un martes de febrero, hace tres años y medio, a una dirección de la costa dálmata cerca de Zadar. Lo llevé yo en tren. Se entregaba antes de las seis. No el lunes ni el miércoles. —Esteban no se movió—. Y once meses de aquel año no existen en tres archivos de tres países.
Ferrand tomó el abrecartas y lo dejó otra vez, que fue el único movimiento que hizo en toda la conversación.
—Estás muy seguro de un montón de cosas —dijo.
—Le he hecho una pregunta.
—Ya lo sé.
—¿Me la va a contestar?
—No —dijo Ferrand.
Y ahí no hubo dureza, ni desafío, ni ninguna de las cosas que Esteban había preparado durante cinco horas de tren. Lo dijo con una calma completa, como quien informa de que ya no sirven cocina a esa hora.
—Le puedo hacer daño —dijo Esteban.
—No, no puedes. —Ferrand se recostó—. Y no es que no seas capaz.
Es que no tienes nada. Llevas tres años y medio buscando y lo único que tienes es un año que no está y un sobre que llevaste tú.
—Ladeó apenas la cabeza—. Piénsalo bien: el único nombre que aparece en toda esa historia es el tuyo.
El único que tomó un tren, el único que se presentó en aquella puerta, el único al que un hombre le contó a la cara que iba a ir. Yo no estuve allí. Tú sí.
Esteban no contestó.
—Y hay otra cosa que no te has preguntado nunca, y llevo tres años y medio esperando a que te la preguntes. —Ferrand se inclinó hacia delante, con los antebrazos sobre el mantel—. ¿Tú te crees que te mandé a ti por casualidad?
El aire de la sala privada se puso más denso, y no fue una impresión: fue física.
—Tenía cuatro chicos —siguió el patrón—. Dos de ellos habrían hecho aquel viaje por la mitad de dinero y ninguno de los dos habría vuelto a acordarse de la fecha. Y te mandé a ti. —Se encogió de hombros—. Piénsalo cuando salgas. Tienes tiempo.
—¿Por qué a mí?
—Radović te lo dijo hace tres años y medio en esta misma habitación.
—Ferrand tomó un sobre del montón y lo abrió con el abrecartas, sin prisa—.
“Pregunte por qué se la hacen a usted, no qué le dan.” Yo estaba abajo, pero me lo contaron.
Y ya entonces me pareció el mejor consejo que le había dado nadie a un chico de veintidós años.
—Sacó una factura, la miró por encima—. No le hiciste caso.
Esteban tardó un rato en poder hablar.
—Quiero saber lo que pasó.
—Ya sé que quieres. Se te nota desde que has entrado. —Ferrand dejó la factura—. Y por eso te voy a dar la única cosa que te puedo dar sin quitarme nada. Yo no tengo lo que buscas, chico. No lo tengo porque no lo guardo. Llevo treinta años sin escribir una línea y no voy a empezar contigo.
—Entonces no me sirve de nada.
—Yo no tengo la información —dijo Marcel Ferrand—. Tengo el sitio.
Tomó un lápiz. Escribió cuatro palabras en el reverso de un sobre usado, lo dobló por la mitad y lo empujó por el mantel hasta el centro de la mesa, junto a la llave.
Esteban lo tomó y lo abrió.
Era una dirección. De Ginebra. De una calle por la que había pasado cuatrocientas veces en cuatro años.
—Ahí trabaja un húngaro —dijo Ferrand—. No es amigo mío. No me debe nada y yo a él tampoco. Es un servicio, como una lavandería. —Volvió a tomar el abrecartas—. Si de verdad quieres saber lo que llevaste dentro de aquel sobre, no me lo preguntes a mí. Ve y míralo tú.
—¿Y me va a recibir?
—A ti sí.
—¿Por qué a mí?
Ferrand no contestó a eso. Rasgó otro sobre.
Esteban se guardó el papel doblado en el bolsillo interior y se quedó un momento más, de pie en aquella sala, mirando al hombre que le había enseñado a leer manos.
—Una última cosa —dijo—. Cuando me fui, me dio usted las gracias.
—Sí.
—¿Por qué?
Y ahí, por primera vez en toda la conversación, Marcel Ferrand levantó la cabeza del correo y lo miró de verdad, con aquellos ojos claros y cansados de hombre sin patria.
—Porque hiciste el trabajo —dijo—. Y porque en aquel momento eras el único de esta casa que no sabía lo que había hecho. —Volvió al abrecartas—. Ya no lo eres. Cierra la puerta al salir.
La llave de latón con el hilo de cordel rojo se quedó sobre el mantel, en el centro de la mesa, donde Esteban la había dejado.
Ninguno de los dos volvió a mirarla.
Casi cuatro años antes, a mil quinientos kilómetros de aquel callejón, la ruta funcionaba.
Y funcionaba bien, que es lo que casi nadie entendió después.
Era una línea de agua de trescientas millas entre cuatro puertos pequeños de la costa dálmata y el norte, y no aparecía en ningún mapa comercial porque no era una empresa: era una costumbre.
Barcos de cabotaje de doscientas y trescientas toneladas, tripulaciones de la zona, muelles donde el jefe de puerto era primo de alguien.
Por ahí subía aceite, tabaco, piezas de maquinaria, café, cajas que decían una cosa y llevaban otra, y por ahí bajaba dinero.
La llevaba un solo hombre y la llevaba con una minuciosidad que a los que venían de fuera les resultaba incomprensible.
Vuk Radović tenía treinta años, un despacho de tres muebles encima de un almacén y un cuaderno de tapas duras donde apuntaba todo: los fletes, los adelantos, las multas, los nombres de las mujeres de los capitanes y la fecha en que habían parido.
Pagaba los jueves y pagaba primero a los estibadores y después a los patrones, que era al revés de como se hacía en todos los puertos del Adriático.
No cobraba comisión a los que llevaban menos de cinco toneladas.
Perdonaba una deuda al año, una sola, y la elegía él.
Y castigaba.