12. EL PRECIO DE UN MAESTRO
La factura tardó casi un año en llegar, y cuando llegó no la traía nadie.
Fue en una cena de marzo, en el mismo comedor de Cologny, con las mismas velas encendidas y casi la misma gente.
Llegaron juntos, como llegaban siempre. El anfitrión salió a recibirlos al vestíbulo, le estrechó la mano a Esteban, le puso la otra en el hombro, le preguntó por la operación de Amberes.
Después se volvió hacia ella.
—Señora Petrova. Cuánto tiempo.
Fue una cortesía impecable. Fue cálida, incluso. Y fue exactamente la cortesía que se le dedica a alguien que fue importante.
Esteban lo registró, porque registraba todo, y no le dio importancia hasta que a lo largo de la cena ocurrió cuatro veces más.
Un banquero le preguntó a él por un asunto que ella conocía mejor.
Un armador le pidió a él una opinión sobre un puerto en el que ella había trabajado ocho años.
Y en los postres, cuando Viktoria dijo una frase corta sobre las tarifas del este —una frase que dos años antes habría cerrado la conversación entera—, dos personas asintieron educadamente y siguieron hablando.
Nadie la había desplazado. Nadie había decidido nada. Ella se había apartado medio paso en abril, el mercado había tapado el hueco en segundo y medio, y ahora, once meses después, el hueco ya no existía.
En el coche, de vuelta, Esteban lo dijo en voz alta.
—Esta noche le han hablado poco.
—Sí.
—¿Le molesta?
—No —dijo Viktoria, mirando por la ventanilla—. Ya se lo expliqué hace tres años: el poder es un asiento. Yo me levanté.
Y no dijo nada más en todo el trayecto.
Lo otro lo fue viendo por partes, y tardó semanas en sumarlo.
Vio que ella se levantaba más tarde. Que ya no tenía nada urgente los martes. Que había dejado de leer los tres periódicos con el lápiz en la mano y ahora leía uno, entero, sin subrayar nada, que es exactamente lo que hace la gente que lee para pasar el rato.
Vio, sobre todo, una cosa que le costó identificar porque era una ausencia: Viktoria había dejado de tener opiniones.
Antes, cuando él le contaba una operación, ella escuchaba hasta el final y decía una sola cosa, y esa cosa reordenaba el asunto entero. Ahora escuchaba hasta el final y decía muy bien. O tiene sentido. O nada.
Una noche de abril, después de explicarle una estructura complicada de la que estaba orgulloso, Esteban se quedó esperando la frase, y la frase no vino.
—Dígame algo —pidió.
—Está bien hecho.
—Eso no es decirme algo.
—Es que está bien hecho —dijo ella, con una paciencia que le sonó insultante—.
¿Qué quiere que le diga? ¿Que lo habría hecho de otra manera?
No lo habría hecho de otra manera. Hace tres años yo veía tres cosas que usted no veía.
Ahora veo las mismas que usted, y a veces una menos, porque yo no estoy en la mesa y usted sí.
Se levantó a recoger las tazas, cosa que hacía ahora, cosa que antes no hacía nunca.
Esteban se quedó sentado, mirándola.
Y entonces lo entendió, entero y de golpe, con la limpieza brutal con la que le llegaban a él las cosas.
Aquella mujer había pasado quince años siendo la persona más despierta de todas las habitaciones en las que entraba.
Enseñarle a él había sido lo último que la había obligado a estar en forma: durante tres años y medio había tenido que ir dos pasos por delante de un hombre que aprendía a una velocidad indecente, y eso la había mantenido afilada como no la mantenía ya ningún negocio.
Y él había terminado de aprender.
Le había entregado el mando de la casa una noche de marzo con un aro de metal blanco, y le había parecido un acto de generosidad; y lo era. Pero con el mando se había ido también el oficio. Ya no había nada que enseñarle. Ya no había nadie a quien ir por delante.
Le había pagado un precio que no figuraba en ninguna parte, y se lo había cobrado él sin darse cuenta, que es la única manera en que se cobran las cosas caras.
Se lo preguntó en mayo, un domingo por la mañana, que era la hora menos peligrosa de la semana.
Estaban en la sala, con el lago gris al otro lado del cristal y una llovizna fina que borraba la orilla de enfrente. Ella leía el periódico sin lápiz.
—Le pasa algo —dijo Esteban.
Viktoria bajó el diario.
—Sí.
—Dígamelo.
Y ella se lo dijo, porque no mentía nunca.
—Estoy aburrida.
Esteban no esperaba aquello.
—¿Aburrida?
—Aburrida —repitió, y dobló el periódico sobre las rodillas—.
Llevo trece meses sin tener que resolver nada.
Todo lo que había que resolver lo resuelve usted, y lo resuelve bien, y yo me entero de cómo cuando ya está hecho.
—Se encogió mínimamente de hombros—. Yo no sé estar así.
Nunca he sabido. A los veinte años ya trabajaba doce horas, y no por dinero: por eso.
—¿Y por qué no me lo ha dicho antes?
—Porque no tiene arreglo por su parte. —Lo miró—. Usted no puede darme trabajo, señor. Puede darme operaciones, y me las daría, y yo las haría bien y me sentiría exactamente igual. Lo que echo de menos no es tener cosas que hacer. Es ser la que decide qué se hace.
—Eso lo puede recuperar.
—No. —Fue rotundo y fue tranquilo—. Eso se recupera saliendo de esta casa y volviendo a empezar. Y yo eso no lo voy a hacer.
Se hizo un silencio.
—¿Se arrepiente? —preguntó Esteban.
—No. —Y ahí ella sonrió apenas, por tercera vez desde que se conocían—.
Y esa es la parte que no le va a gustar oír: lo volvería a hacer entero.
Con el mismo collar y el mismo hombre. —Volvió a tomar el periódico—.
Una puede echar de menos algo y no querer que vuelva. Los hombres lo entienden fatal.
Esteban se quedó tranquilo.
Aquella noche durmió bien por primera vez en tres semanas, con la sensación limpia de haber abierto una carpeta, haber encontrado el problema y haberlo entendido. Era verdad. Todo lo que ella le había dicho era verdad, sin una sola palabra falsa.
No se le ocurrió preguntarse si era todo.
El jueves siguiente hizo algo que no había hecho nunca.
La recibió él, en la sala, con ella ya desnuda en la alfombra y en la postura —mentón alto, hombros abiertos, manos sueltas, los pies un palmo—, y en vez de darle una orden fue hasta la cómoda del dormitorio y volvió con una cosa pequeña en la mano.
Era la llave del aro.
Viktoria la vio y no dijo nada, pero se le movió la garganta debajo del metal.
—De rodillas —dijo Esteban.
Se arrodilló, con las manos abiertas sobre los muslos. Él se colocó detrás, le apartó el pelo blanco de la nuca, y ella se lo sujetó en alto con las dos manos sin que se lo pidiera, igual que la primera noche.
El cierre hizo un clic seco.
El aro se abrió y Esteban lo retiró.
Y ocurrió lo que ocurre siempre cuando se quita algo que lleva catorce meses puesto: quedó la marca. Una línea limpia, un tono más pálida que el resto de la piel blanquísima, con la forma exacta del metal, y encima de ella el aire.
Viktoria se llevó la mano al cuello por puro reflejo. No encontró nada. Y la mano se le quedó ahí, quieta, tocando su propia piel desnuda.
—Póngase de pie —dijo Esteban.
Se puso.
—Míreme.
Lo miró, y por primera vez desde marzo del año anterior había algo en aquella cara que no era serenidad.
—No lleva collar —dijo él.
—No, señor.
—Entonces no diga “señor”.
Ella se quedó absolutamente inmóvil.
—Durante las próximas horas no lleva usted nada —siguió Esteban, muy tranquilo—.
Ni collar, ni tratamiento, ni protocolo.
No hay reglas, ni postura, ni permiso que pedir.
Nada de lo que escribí en aquellas tres cuartillas existe hasta que yo vuelva a cerrárselo.
—Dejó el aro sobre la mesa baja, a la vista—.
Es la única cosa que puedo darle, y se la doy porque llevo tres semanas viendo que le falta algo y esto es todo lo que tengo.
Viktoria miró el metal sobre la madera.
—¿Y qué hago yo con eso? —dijo.
—Lo que le dé la gana. —Se sentó en el sillón—. Eso es exactamente lo que le estoy dando.
Ella tardó un minuto entero en moverse.
Y cuando se movió, Esteban comprendió que le había hecho un regalo envenenado y que ella lo había entendido antes que él, porque lo primero que hizo fue reírse. Una risa corta, incrédula, de mujer inteligentísima que reconoce un buen movimiento aunque le vaya en contra.
—Esto es lo más cruel que me ha hecho —dijo.
—Puede ser.
—Es que me lo da usted. —Se acercó despacio, descalza sobre la alfombra clara—. Me da usted la libertad. Y yo tengo que tomarla de su mano. Y dentro de tres horas me la va a quitar, y yo voy a estar delante y voy a bajar la cabeza para que me la quite.
—Sí —dijo Esteban.
—¿Y aun así quiere que la coja?
—Sí.
Ella se detuvo delante del sillón. Sin postura, sin las manos a los costados, sin mentón alto: de pie, desnuda, con una cadera desplazada y el peso en una sola pierna, como se pone una mujer en su propia casa.
—Entonces bájese de esa butaca —dijo—. Está usted muy cómodo ahí.
Fueron dos horas, y fueron completamente distintas a todo lo que había ocurrido en aquella casa en todo aquel tiempo.
No hubo órdenes. No hubo permisos. No hubo una sola frase de las tres cuartillas.
Lo desnudó ella, en el suelo de la sala, sin doblar la ropa.
Lo besó, que era una cosa que casi nunca se hacía en aquel piso, y lo besó mucho rato y muy hondo, con las dos manos en la cara de él, con una hambre que no tenía nada que ver con el juego.
Se le sentó encima sin pedir nada y sin que nadie se lo autorizara, y cuando él, por costumbre, le sujetó las caderas para marcar el ritmo, ella le apartó las manos.
—Hoy no —dijo.
Y él las apartó.
Lo hicieron dos veces. La primera en la alfombra, deprisa, con ella encima moviéndose a su aire y él sin poder hacer otra cosa que mirarla desde abajo y sostenerle la espalda cuando se arqueó.
La vio correrse sin pedir permiso por primera vez desde marzo del año anterior, sin avisar, sin decir señor, con la boca abierta contra su hombro y un sonido que era distinto de todos los demás porque no había pasado por ningún filtro.
Y ahí, con ella temblando encima y la marca pálida en la garganta desnuda, Esteban sintió una cosa incómoda y nueva a la que llegó a ponerle nombre muchos años después, en Madrid, demasiado tarde: sintió que aquella mujer llevaba catorce meses ausente de su propio placer, y que acababa de volver.
La segunda vez fue en la cama, lentísima, casi sin hablar, con las manos entrelazadas y sin una sola marca en la piel de nadie.
Se quedaron después mucho rato en silencio, tapados, en una habitación donde no se oía nada del mundo.
—Me lo va a poner otra vez —dijo ella en algún momento.
—Sí.
—¿Cuándo?
—Cuando me levante.
Viktoria se acurrucó contra su costado, que era otra cosa que no hacía nunca.
—Levántese tarde —dijo.
Se levantó a las cinco de la mañana.
Tomó el aro de la mesa baja y volvió al dormitorio. Ella estaba despierta, sentada en el borde de la cama, con la sábana sobre las rodillas y las manos quietas.
No hizo falta decir nada.
Viktoria se puso de pie, se giró de espaldas, se recogió el pelo blanco con las dos manos y bajó la cabeza.
Esteban le rodeó la garganta con el metal, lo colocó sobre la línea pálida —encajó exactamente, milímetro a milímetro— y empujó el cierre hasta el clic.
Ella soltó el pelo. Se volvió. Y lo primero que hizo, sin que nadie se lo mandara, fue bajar los ojos dos tercios, despacio, sin dejar de mirarlo hasta el último momento.
—Gracias, señor —dijo.
Y a Esteban le llegó a la vez la satisfacción más limpia de su vida y una punzada muy pequeña, en algún sitio que no supo localizar, que se le pasó antes de llegar al ascensor.
La llave del Palatine llevaba diez meses en el segundo cajón de su escritorio, debajo de una caja de plumillas, con el hilo de cordel rojo atado a la anilla.
La había mirado catorce o quince veces en diez meses. Nunca la había sacado del cajón.
Sabía perfectamente lo que era. Un hombre que no escribía nada le había mandado la única cosa que no necesitaba explicación, y lo había hecho sin una amenaza, sin una fecha, sin una petición: solo el objeto, y la certeza tranquila de que llegaría un día en que Esteban ya no aguantara tenerlo ahí.
Ese día fue un martes de junio.
No pasó nada especial. No hubo una revelación, ni una carta nueva, ni un movimiento de Ferrand.
Lo que pasó fue mucho más simple, y Esteban lo reconoció con perfecta claridad mientras miraba el cajón abierto a las siete de la tarde en un despacho vacío: llevaba cuatro años y medio construyendo un sistema entero para no volver a depender del ánimo de nadie, y quedaba un cabo suelto, uno solo, y estaba en Marsella.
Sacó la llave. Se la metió en el bolsillo del chaleco.
Al día siguiente compró un billete.
Se lo dijo el jueves, en la sala, con el abrigo todavía puesto.
—Me voy tres días.
—¿Adónde?
Y ahí, por primera vez en más de tres años, Esteban Armand le mintió a Viktoria Petrova.
No del todo. Lo hizo del modo elegante, que es el que se aprende de los buenos: dijo el sitio verdadero y ocultó el motivo.
—A Marsella. Hay dos cargamentos de acero que se están moviendo al margen del consorcio y quiero verlo con mis ojos.
Ella lo miró.
Un segundo. Dos.
—Muy bien —dijo.
Y Esteban comprendió, con un frío exacto en la nuca, que ella lo sabía. Que se lo había leído en la cara del mismo modo que él le había leído a media Europa las manos durante veinte años. Que sabía que aquello era mentira, o al menos que no era toda la verdad, y que había decidido no decir nada.
Yo no le miento. Nunca.
Ella no había mentido. Él sí.
Y ninguno de los dos lo mencionó.
—Vuelvo el domingo —dijo Esteban.
—Aquí estaré.
Le tomó la cara con las dos manos, un momento, y le pasó el pulgar por la línea de la mandíbula. Ella cerró los ojos.
Después él se fue, y ella cerró la puerta, y se quedó de pie en el recibidor un rato largo con la mano en el aro de metal blanco.
El tren salió de Ginebra el viernes a las siete y cuarenta y dos de la mañana.
Esteban tenía veintiséis años, un abrigo bueno, doscientos mil francos en un banco de Zúrich y una llave de latón con un hilo de cordel rojo en el bolsillo del chaleco.
Miró por la ventanilla el lago quedándose atrás, y después los campos, y después la subida hacia la frontera.
Faltaban cinco horas para Marsella.