Esteban, El Origen del Dominio (Umbrella: El Imperio de la Obediencia nº 3) 11. LA INVERSIÓN #3
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11. LA INVERSIÓN #3

Entró así, por detrás, sujetándole las caderas con las dos manos abiertas encima de las marcas, y el primer empujón le arrancó a ella un sonido que no había hecho nunca.

—No se corra —dijo Esteban.

—Señor…

—No se corra hasta que yo se lo diga. Y si va a llegar, me lo pide.

—Sí, señor.

Empezó despacio y sin ninguna piedad, hasta el fondo cada vez, y le apretaba las marcas con las manos en cada bajada, y ella lo recibía entero con la cara contra la colcha y los nudillos blancos en el latón.

Cambió tres veces. La puso de lado. La puso boca arriba, con las piernas sobre sus hombros, y ahí ella tuvo que aguantar la mirada durante quince minutos porque él se lo ordenó.

Volvió a ponerla de rodillas, en el borde de la cama, con la garganta otra vez, entre medias, dos minutos largos que la dejaron sin voz.

Y ella pidió permiso cuatro veces.

La primera se lo negó.

—Todavía no.

La segunda, quince minutos después, con el cuerpo entero temblando:

—Señor, por favor. Se lo pido.

—Todavía no.

La tercera casi no pudo pronunciarla entera. La cuarta llegó cuarenta minutos después de la primera, en un jadeo roto, con las uñas rompiéndole la piel de los antebrazos:

—Señor… por favor… se lo pido.

Esteban se detuvo. Se quedó completamente quieto dentro de ella, con las dos manos sujetándole las caderas, y esperó tres segundos enteros.

—Ahora.

Y Viktoria Petrova se rompió.

Fue lo más largo y lo menos elegante que Esteban le vio hacer en toda su vida.

Se le levantó la espalda entera del colchón, se le cerraron las piernas alrededor de él con una fuerza brutal, y las contracciones le vinieron en oleadas apretadas que él sintió en toda la longitud, seis, ocho, diez, cada una arrancándole un sonido distinto.

Se le contrajo el vientre en espasmos visibles.

Se le puso todo el pecho y el cuello de un rojo moteado que le subió hasta la mandíbula, y en medio de aquello el aro de metal blanco quedaba como una línea de nieve.

Le corrieron dos lágrimas por las sienes hacia el pelo y no se dio cuenta.

Y siguió y siguió, durante quince o veinte segundos que no acababan, mientras él se vaciaba dentro con la frente contra su hombro.

Cuando terminó, ella no podía hablar. Tenía el cuerpo dando pequeñas sacudidas involuntarias, los músculos del vientre saltando solos, las piernas temblando de una manera continua.

Esteban se apartó, se tumbó a su lado y esperó.

Al cabo de un minuto largo, Viktoria giró la cara hacia él, con los ojos todavía sin enfocar, y dijo, en un hilo de voz:

—Gracias, señor.

La grieta la vio a las cuatro de la mañana, y duró segundo y medio.

Estaban los dos despiertos, sin hablar, con la luz de la lámpara del rincón ya apagada y solo la claridad del lago entrando por el cristal. Esteban tenía el brazo debajo de su nuca. Ella tenía los dedos en el aro, comprobándolo, cosa que hacía siempre.

—¿Cuánto llevamos? —preguntó él.

Viktoria no contestó.

Fue eso. Nada más que eso. Una pregunta idiota de las que se hacen a las cuatro de la mañana, y una mujer que llevaba tres años contestando a todo con una puntualidad de reloj suizo se quedó callada segundo y medio de más, con la vista en el techo, en algún sitio que no era aquella habitación.

—Dos años y cuatro meses —dijo después, en el tono de siempre.

Y todo volvió a la normalidad, y hablaron de otra cosa, y ella se durmió antes que él.

Esteban se quedó despierto un rato con los ojos abiertos en la oscuridad.

No preguntó. Aquella noche tenía todo el poder de la casa y podría haber preguntado, y podría haber exigido una respuesta, y ella se la habría dado, porque no mentía nunca.

No preguntó.

Lo archivó, en el mismo cajón silencioso donde tenía una carretera de la costa dálmata, la fecha de una transferencia de Vaduz y un sobre color hueso, y no volvió a pensar en ello en dieciocho meses.

El paquete llegó a la rue du Rhône el lunes siguiente, con el correo de la mañana.

Era pequeño, plano, envuelto en papel de estraza y atado con una cuerda fina, con la dirección escrita a mano por una letra que no era la de Ferrand. No traía sello. Alguien lo había dejado en portería, igual que la carta de noviembre.

Esteban lo abrió con el abrecartas.

Dentro había una caja de cartón sin marcas, y dentro de la caja, envuelta en papel de seda, una llave.

Era la llave del armario de la consola de la sala privada del Palatine. Latón, con la muesca gastada en el mismo sitio, con el hilo de cordel rojo atado a la anilla que Esteban le había puesto él mismo un invierno para distinguirla de la de la bodega.

La había dejado sobre una mesa un viernes de marzo de hacía dos años, delante de un hombre que se estaba abrochando los gemelos junto a una ventana condenada.

No había nota. No había fecha esta vez. No había una sola palabra escrita en ninguna parte.

Esteban se quedó mirando aquella llave en la palma de la mano durante mucho rato, en un despacho de tres metros por cuatro, con el pulso completamente firme.

Un hombre que no escribía nada le había mandado la única cosa que no necesitaba explicación.

Devuélvemela tú, si te atreves.