11. LA INVERSIÓN #2
—Los ojos —dijo—. Míreme.
Lo miró.
—Un instante. Solo uno. Y ahora bájelos.
Viktoria bajó los ojos.
—No. Otra vez. Los ha bajado como se baja la cabeza. —Le levantó el mentón con dos dedos—. Míreme. Y bájelos como quien guarda algo que ya no le pertenece.
Lo hizo. Y esta vez fue exacto, y a Esteban se le secó la boca.
—Eso —dijo— es una reverencia sin arrodillarse. La va a usar en sitios donde no puede arrodillarse. Y va a significar lo mismo.
—Desnúdese —dijo, sentándose otra vez—. Despacio. Y hágalo como si esto fuera un altar.
Ella empezó por el vestido gris, por los botones del costado. Aquella noche tardó tres veces más que de costumbre.
Y fue completamente distinto. Porque hasta entonces Viktoria se había desnudado siempre con la eficiencia de una mujer que se desviste, y aquella noche cada movimiento estaba dirigido hacia el sillón: los hombros que salían de la lana de uno en uno, la seda que bajaba con las rodillas dobladas y la espalda recta, el gesto de doblar la ropa sobre el respaldo hecho de cara a él y no de espaldas.
Cuando terminó, volvió a la postura sin que se lo dijeran: mentón alto, hombros abiertos, manos sueltas, pies separados un palmo.
Y ahí estaba el aro de metal blanco, en la base del cuello, sobre la piel muy blanca.
Esteban se levantó y la rodeó una vez, despacio, sin tocarla, mirando lo que ya conocía de memoria y que aquella noche era otra cosa: los hombros firmes de nadadora, la clavícula muy dibujada, los pechos pequeños y altos con los pezones pálidos ya contraídos, la cintura corta, la línea de músculo del vientre tensándose cada vez que ella contenía el aire, los muslos largos y sólidos, la piel del norte con las venas azules en el interior de los brazos.
Le puso dos dedos en el cuello, en el metal, y presionó apenas.
—¿Se lo ha quitado alguna vez?
—No puedo, señor.
—No le he preguntado si puede.
—No lo he intentado —dijo ella.
—¿Se lo ha visto alguien?
—El martes, en el banco. Se me abrió el cuello de la blusa al inclinarme.
—¿Y qué hizo usted?
—Nada. —Tragó saliva y él le notó el movimiento bajo los dedos—. Terminé la reunión.
—Bien —dijo Esteban.
—De rodillas.
Viktoria se arrodilló en la alfombra clara, y él la corrigió otra vez: las rodillas separadas, la espalda recta, las manos abiertas sobre los muslos, con las palmas hacia arriba.
—Así. Las manos siempre visibles. —Se sentó en el borde del sillón, con las rodillas a treinta centímetros de las suyas—. Ahora pídalo.
—¿Qué pido, señor?
—Usted sabe lo que quiere. Lo he leído en su cuerpo desde el umbral. Lo que no sabe todavía es que aquí las cosas se piden, y que la manera de pedirlas es parte de lo que se recibe.
Ella levantó los ojos.
—¿Puedo servirle, señor?
Y Esteban tuvo que respirar hondo una vez antes de contestar, porque aquella frase, en aquella boca, con aquella voz, le hizo más que ninguna cosa que le hubieran hecho con las manos en tres años.
—Sí.
Se desabrochó él mismo, sin prisa, y ella esperó de rodillas con las manos abiertas sobre los muslos, sin adelantarse ni un centímetro.
—Con la mirada —dijo Esteban—. Antes de tocar, siempre.
Viktoria levantó los ojos y esperó.
Él bajó la barbilla un grado. Fue todo.
Y ella se inclinó y empezó.
Empezó despacio, con la boca abierta y mucha saliva, desde la base, aprendiéndoselo otra vez como si no lo conociera: la lengua plana subiendo por toda la longitud, deteniéndose arriba, dando la vuelta entera, bajando por el otro lado.
Lo hizo tres veces sin usar las manos, porque nadie le había dicho que pudiera usarlas y las manos seguían abiertas sobre los muslos.
—Ahora entero —dijo Esteban.
Ella tomó aire por la nariz y bajó la cabeza.
Lo tomó hasta el fondo de una sola vez, sin pararse a mitad de camino, hasta que la nariz le quedó contra el vientre de él, y se quedó ahí.
Esteban le puso la mano abierta en la nuca. No empujó: la sostuvo, con los dedos separados sobre el pelo blanco recogido, notando bajo la palma el movimiento de la garganta cerrándose y abriéndose alrededor.
Contó. Diez segundos. Quince.
Ella no se movió, y no se apartó, y no levantó las manos de los muslos. Le empezaron a llorar los ojos y siguió ahí, tragando, apretando y soltando, y esa presión rítmica en lo más hondo hizo que a Esteban se le tensara toda la espalda contra el respaldo del sillón.
A los veinte segundos le soltó la nuca.
Viktoria subió despacio, tomó aire una sola vez, con la boca brillante y una hebra de saliva bajándole por la barbilla, y volvió a bajar sin que nadie se lo pidiera.
Esa vez la sostuvo veinticinco.
—Míreme mientras lo hace —dijo él en la tercera.
Y ella lo miró desde abajo, con los ojos grises llenos de agua y la nariz contra el vientre de él y la garganta entera ocupada, y aquella mirada no tenía nada de derrota. Era la misma mirada de una mujer que en diciembre lo había desmontado en una biblioteca con dos preguntas técnicas.
Lo trabajó veinte minutos así.
Alternando: la garganta hasta el fondo y sostenida, después la superficie con la lengua, después otra vez hasta el fondo.
Cuando por fin le autorizó las manos, ella las usó exactamente como usaba todo, con una precisión que no dejaba nada al azar.
Y cada vez que él le ponía la mano en la nuca y empujaba, ella bajaba con él, sin resistirse ni un milímetro, y se quedaba abajo el tiempo que él decidiera.
Dos veces le faltó el aire de verdad. Las dos veces le apretó el muslo con la mano abierta, que era la señal que él le había escrito en la tercera cuartilla, y las dos veces Esteban la soltó al instante y esperó a que respirara, y las dos veces ella volvió a bajar sin que se lo mandaran.
—Basta —dijo él, cuando le empezó a temblar el estómago.
Ella se apartó y volvió a la posición: espalda recta, manos abiertas sobre los muslos, la boca destrozada y los ojos limpios.
—Gracias, señor —dijo.
Y esa fórmula no estaba en las tres cuartillas. Se la inventó ella.
Esteban tardó dos segundos en decidir que se quedaba en el protocolo para siempre.
—Levántese. Al dormitorio.
La habitación estaba como todas las noches: la lámpara del rincón encendida, la alfombra espesa, la cama baja con los cuatro barrotes de latón mate, el espejo alto e inclinado encima de la cómoda, y la pared entera de cristal con las luces de la otra orilla quietas sobre el agua negra.
Abrió el cajón alto y sacó la fusta.
—Al pie de la cama. Las manos en el barrote. Los pies separados.
Ella cruzó la alfombra y se colocó. Y esta vez, sin que nadie se lo indicara, echó las caderas hacia atrás y separó los pies un poco más de lo que Esteban le había pedido en marzo.
—Cuente usted —dijo él.
—¿En voz alta, señor?
—En voz alta. Y después de cada uno quiero oír la misma frase. “Gracias, señor.”
—Sí, señor.
El primero fue seco, plano contra la nalga derecha, con toda la muñeca.
—Uno. Gracias, señor.
El segundo, en el mismo sitio. La franja de marzo ya no estaba, pero la piel se acordaba.
—Dos. Gracias, señor.
Llegó al octavo con la voz firme. En el noveno se le quebró la última palabra. En el duodécimo tuvo que respirar dos veces antes de decir el número, y Esteban esperó, porque la espera era la mitad del asunto.
Le dio veinticinco. Fuertes. Más fuertes que en marzo, alternando de un lado a otro, subiendo a la parte alta y bajando al pliegue de la nalga y el muslo, que era donde peor dolía y donde ella empujaba más.
Del decimosexto en adelante, el cuerpo se le abrió solo. Dejó de encajarlos con los músculos apretados y empezó a recibirlos con las caderas ofrecidas, y a partir del vigésimo tuvo que apoyar la frente en el latón entre las dos manos porque no podía sostener la cabeza.
Y todo el rato, después de cada golpe, esperando a que se le pasara el aire, con la voz cada vez más rota:
—Gracias, señor.
Cuando terminó tenía las dos nalgas de un rojo oscuro y uniforme, ardiendo, con dos franjas más marcadas cruzándose abajo. Esteban le puso la palma abierta encima y ella gimió y se le doblaron las rodillas.
Le pasó dos dedos entre los muslos, por detrás.
Le chorreaba por el interior de las piernas hasta media pantorrilla.
—Mírese en el espejo —dijo.
Ella giró la cabeza. La cómoda le devolvía la imagen entera, de lado, en la luz ámbar: el cuerpo blanco doblado sobre el barrote de latón, el pelo blanco caído hacia delante, las nalgas encarnadas, el aro de metal en la garganta, y la cara de una mujer que en Ginebra no le había levantado la voz a nadie en quince años.
—¿Qué ve? —preguntó Esteban.
Viktoria tardó en contestar.
—Lo que usted quiera que vea, señor.
—No. Esa es la respuesta de una mujer que está intentando aprobar. —Le puso la mano abierta en la espalda y presionó, doblándola un poco más—. Otra vez. ¿Qué ve?
Ella se miró de verdad.
—Veo que ya no soy la que enseña —dijo.
—Bien.
La puso boca abajo en el centro de la cama, con las nalgas ardiendo contra la colcha y las manos en los barrotes, y no la ató.