Esteban, El Origen del Dominio (Umbrella: El Imperio de la Obediencia nº 3) 9. LA PRIMERA VEZ QUE NO OBEDECIÓ
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9. LA PRIMERA VEZ QUE NO OBEDECIÓ

Lo hizo en octubre, con veintitrés años, y le costó cuatro meses de paciencia.

Había un armador de Amberes que necesitaba refinanciar dos buques y no lo sabía todavía.

Esteban lo supo antes que él: lo dedujo de tres facturas de reparación, de un cambio de asegurador y de una frase que el hombre soltó en una cena sobre lo caro que se había puesto todo.

Con el método de Marcel Ferrand, el paso siguiente habría sido buscarle un punto débil, encontrárselo, apretar.

No hizo nada de eso.

Lo que hizo fue trabajar cuatro meses en volverse imprescindible para un problema pequeño y distinto —una disputa de estadías con un puerto italiano que no valía casi nada y que nadie tenía ganas de resolver—, y resolverlo, y no cobrar por ello.

Después esperó. En septiembre, cuando el armador de Amberes se dio cuenta por fin de que tenía un agujero de dos millones y medio, se pasó una semana pensando a quién podía contárselo sin que se le fuera de las manos, y el único nombre que le vino a la cabeza fue el del chico callado de Ginebra que le había arreglado lo de las estadías sin pedirle nada.

Vino él. Cruzó media Europa para venir. Y mientras se lo contaba, en un despacho de la rue du Rhône, con la voz baja y las manos inquietas, lo hizo con la gratitud de quien está siendo escuchado, sin darse cuenta ni un solo instante de que estaba entregando la única información que podía arruinarlo.

Yo no aprieto a nadie. Yo hago que me lo traigan.

Se cerró en tres semanas. Esteban ganó once mil francos, que no era mucho dinero, y ganó otra cosa que valía infinitamente más y que no supo cómo llamar hasta bastante después.

Reinhardt leyó el expediente el viernes por la tarde, de pie, en cuatro minutos. Lo dejó sobre la mesa.

—Correcto —dijo.

Y se puso el abrigo. Para un hombre que en año y medio no había elogiado nada ni a nadie, aquello equivalía a un abrazo en mitad de la calle.

Subió al piso el jueves siguiente.

Ella le abrió y se apartó para dejarlo pasar, y Esteban entró, dejó el abrigo en el respaldo sin que se lo dijeran, y se sentó.

Se sentó.

Viktoria no comentó nada. Cerró la puerta, fue hasta la ventana, se quedó de espaldas un momento largo mirando el lago.

—Ha ganado usted algo —dijo.

—Sí.

—El armador de Amberes.

—Sí.

—¿Cuánto?

—Once mil.

—Es poco dinero.

—Sí.

—Y aun así entra usted en mi casa como si fueran cien mil.

—Se volvió—. Se le nota en todo. En cómo ha soltado el abrigo.

En que se ha sentado sin que nadie se lo dijera.

En que lleva tres minutos aquí y no ha mirado ni una vez hacia el pasillo.

—Cruzó la habitación despacio—. Eso es un defecto, y es de los caros.

Un hombre al que se le nota que acaba de ganar es un hombre al que se le puede cobrar la victoria.

Lo aprenderá cuando alguien se la cobre.

Esteban no se levantó ni bajó los ojos.

—¿Y no me va a decir nada más?

—¿Qué quiere que le diga?

—Que lo hice bien.

—Lo hizo bien —dijo ella, sin ninguna entonación—. Lo hizo exactamente como yo se lo enseñé, con un año y medio de retraso sobre lo que debería haber tardado.

La orden llegó como llegaban todas: sin énfasis, en mitad de otra cosa, con la naturalidad de quien pide la hora.

—Póngase de rodillas.

Era la orden más pequeña del repertorio. La había cumplido cien veces en año y medio, en aquella misma habitación, sobre aquella misma alfombra clara, sin pensarlo, del mismo modo automático con que se aparta uno para dejar pasar a alguien en un pasillo.

Esteban no se movió.

No dijo que no. No apartó la mirada, no endureció la cara, no hizo ninguno de los gestos con los que un hombre anuncia que va a plantarse. Se quedó exactamente donde estaba, sentado, con las manos sobre las rodillas, mirándola.

Y el silencio que vino después fue la cosa más violenta que había ocurrido nunca en aquella casa.

Duró cuatro segundos, quizá cinco. Esteban los vivió uno por uno.

Sintió el aire de la habitación cargarse, sintió el pulso en el cuello, sintió cómo se le secaba la boca, y sintió, sobre todo, aquella cosa nueva, brutal, absolutamente inesperada: que se le estaba poniendo dura de una manera que no le había ocurrido en año y medio de tener las manos atadas a un cabecero.

No era la desobediencia. Era el hueco. Era ese instante en que ya se ha dicho algo que no se puede retirar y nadie sabe todavía qué pasa después, y toda la habitación —la mujer, los muebles, el lago negro del otro lado del cristal— queda suspendida esperando a que uno de los dos decida.

Llevaba año y medio siendo el que espera. Acababa de descubrir el otro lado.

Y entonces vio lo segundo, y lo segundo le dio vértigo.

A ella le había cambiado la respiración.

Fue mínimo. Media inspiración de más, y un movimiento en la garganta, y el hecho —el hecho puro, incontestable— de que Viktoria Petrova, que tenía las manos quietas por oficio desde antes de que él naciera para aquel mundo, tardó medio segundo en decidir dónde ponerlas.

Esteban comprendió tres cosas a la vez, y las tres le llegaron con el orden y la limpieza de una cuenta que cuadra.

Que ella lo estaba esperando.

Que llevaba esperándolo mucho tiempo, quizá desde diciembre.

Y que toda la instrucción —la seda, la fusta, las paradas, el vaso de agua que se concedía y no se ofrecía— había tenido este final previsto desde el primer minuto, porque una mujer no le enseña a un hombre a mandar sin saber perfectamente contra quién va a probarlo primero.

Le había puesto un arma en la mano durante un año y medio. Y ahora estaba de pie delante de él, esperando a ver si servía.

—Levántese usted —dijo Esteban.

Viktoria no se levantó, porque ya estaba de pie. Se quedó quieta.

—Piénselo bien —dijo.

—Lo llevo pensando cuatro meses.

—No. Lleva cuatro segundos pensándolo. Lo otro era fantasearlo, que no cuenta. —Ladeó apenas la cabeza—. ¿Sabe lo que pasa si esto sale mal?

—Que me visto y me voy a mi casa.

—Que no vuelve.

—Ya lo sé.

Y ahí ella hizo algo que no había hecho nunca: se tomó su tiempo. Tres segundos enteros mirándolo, y Esteban aguantó sin llenar el silencio, porque era lo único que le había enseñado la vida antes de conocerla.

—Bien —dijo Viktoria.

Fue la primera vez que le oía usar esa palabra sin que él estuviera desnudo, y le hizo exactamente lo mismo.

—Al dormitorio —dijo él.

Ella fue delante. Esteban notó, siguiéndola por el pasillo, que le temblaban las manos, y decidió que no iba a esconderlo porque ella se lo prohibía desde marzo del año anterior.

En el dormitorio encendió solo la lámpara del rincón, la misma. Abrió el cajón alto de la cómoda y sacó las dos tiras de seda gruesa. Las dejó sobre la colcha. No tocó la fusta.

—¿No? —dijo ella.

—No.

—¿Por qué no?

—Porque usted la usó para no discutir —dijo Esteban—. Yo no tengo nada que discutir con usted.

Viktoria lo miró un momento largo.

—Desnúdese —dijo él.

Lo hizo ella misma, sin ceremonia, del mismo modo eficiente con que hacía todo: el vestido gris por el costado, la ropa de seda clara doblada sobre el respaldo.

Y cuando estuvo desnuda se quedó de pie en el centro de la habitación, con la espalda muy recta y el pelo blanco recogido, y Esteban tuvo que quedarse quieto un momento porque la había visto desnuda cincuenta veces y era la primera vez que la veía desde arriba.

—Boca arriba. En el centro.

Se tumbó.

Le ató la izquierda primero. Tres vueltas y un nudo plano contra el barrote, y después metió dos dedos entre la seda y la piel para comprobar la holgura, y le hizo cerrar y abrir la mano dos veces, y ella se dejó hacer sin decir una palabra, con los ojos clavados en él, mientras le devolvían gesto por gesto lo que le había hecho a él en septiembre.

La derecha igual.

—La palabra para parar —dijo Esteban, sentándose en el borde de la cama— es Adriático.

Y ahí, por primera vez en dos años, vio moverse la cara de Viktoria Petrova.

Fue un instante. Un endurecimiento en la mandíbula, un parpadeo de más.

—Eso es sucio —dijo.

—Sí.

—Es muy sucio.

—Lo he aprendido aquí. —Le apoyó la mano abierta en el estómago, sin apretar—. Y usted no la va a decir, porque decirla es contestarme. Así que le he quitado la palabra sin quitársela. Eso también lo he aprendido aquí.

Viktoria se quedó callada. Después echó la cabeza hacia atrás sobre la almohada y soltó el aire por la nariz, y aquello, en una mujer que jamás se descomponía, fue casi un aplauso.

—Empiece —dijo.

No empezó.

Se quedó sentado en el borde de la cama, sin tocarla, mirándola, y dejó pasar el tiempo.

Un minuto. Dos. Cuatro. Ella tenía los brazos estirados por encima de la cabeza, el cuerpo entero descubierto en la penumbra de la lámpara, y no dijo absolutamente nada, y no movió un músculo, y no le dio la satisfacción de preguntar.

Pero al cabo de tres minutos y medio se le movieron las caderas. Dos centímetros.

—Ahí —dijo Esteban.

—Cállese.

—Usted me lo dijo a mí en septiembre. Palabra por palabra. —Le puso por fin la mano encima, abierta, muy despacio, y ella cerró los ojos—. Míreme.

Los abrió.

Estaba empapada. Lo comprobó con dos dedos y no hizo ningún comentario, porque el comentario era peor callado.

La abrió con los dedos y empezó a trabajarla con la yema del pulgar, lento, circular, con la presión exacta que había aprendido de rodillas en aquella misma casa, leyendo la respuesta como se lee una mesa de seis hombres: cuando la respiración se acortaba, no cambiaba nada; cuando el estómago se le tensaba, no cambiaba nada; sostenía el mismo ritmo con una constancia mineral.

—Le voy a explicar lo que va a pasar —dijo, sin dejar de moverse—. Y se lo explico una vez, porque una vez es como se explican las cosas aquí.

Viktoria no contestó.

—Usted me enseñó a parar antes. En septiembre me paró ocho veces, y siempre un segundo antes, y me dijo que era mi cuerpo creyéndose ocho veces una mentira. —Presionó un poco más—. Eso está bien. Pero tiene un problema.

Le metió dos dedos, muy despacio, y buscó hacia arriba, y notó cómo se le cerraba todo alrededor.