Esteban, El Origen del Dominio (Umbrella: El Imperio de la Obediencia nº 3) 8. LO QUE VIKTORIA SABÍA #3
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8. LO QUE VIKTORIA SABÍA #3

Esteban gritó. Fue un ruido corto, de animal, que le salió sin permiso, y la seda le mordió las muñecas cuando todo el cuerpo se le levantó del colchón.

—Chsss.

—Suélteme.

—No.

—Suélteme las manos, por favor.

Viktoria se levantó sin prisa. Rodeó la cama, se detuvo a su altura, y le puso la punta de la fusta debajo de la barbilla y le giró la cara hacia ella, sin ninguna brusquedad, con el peso justo para que no tuviera más remedio que mirarla.

—¿Marsella? —preguntó.

La habitación se quedó completamente en silencio. Esteban respiraba por la boca, con el pelo pegado a la frente y el pecho brillante, y sintió cómo la palabra le subía hasta los dientes.

—No —dijo.

—Dígalo entero.

—No quiero parar.

—Ya lo sé. —Retiró la fusta—. Se lo he preguntado para que se lo oyera usted.

Le hizo dos cosas más antes de subirse encima, y las dos las recordaría veinte años después con una precisión desagradable.

La primera fue quedarse mirándolo tres minutos enteros sin tocarlo.

Tres minutos de reloj, sentada al borde de la cama, con la fusta cruzada sobre las rodillas y una tranquilidad de sala de espera, mientras él se le retorcía delante sin ningún motivo externo, empujando las caderas contra el aire, buscando un contacto que no existía.

Ella no dijo nada en todo ese rato. Solo, al final:

—Fíjese en lo que acaba de hacer. Yo no le he tocado.

La segunda fue subírsele encima de espaldas y sentarse sobre su cara sin preguntar nada, y ahí Esteban trabajó con una entrega que no había tenido nunca, no por generosidad, sino porque era la única cosa que le quedaba que pudiera hacer con el cuerpo.

Ella se corrió así, con las dos manos apoyadas en sus rodillas, con un sonido bajo y contenido, y después siguió sentada encima cuarenta segundos más, hasta que a él le faltó el aire de verdad y empezó a tirar de la seda; solo entonces se levantó.

—Muy bien —dijo, y le costó a él más recuperarse de esas dos palabras que de la falta de aire.

Se subió encima a la una y pico de la mañana.

Se colocó a horcajadas y se lo metió entero de una sola vez, sin preámbulo, y a Esteban se le fue el aire de golpe y se le cerraron los ojos.

—Míreme.

Los abrió.

—Y no se mueva. —Se apoyó en su pecho—. Aunque pueda. No se mueva.

Empezó ella. Lento, hondo, subiendo hasta casi soltarlo y bajando hasta el fondo con esa rotación mínima al final.

La luz de la lámpara del rincón le daba de lado y le marcaba la cintura, la línea del costado, los pechos pequeños moviéndose apenas, el pelo blanco suelto sobre los hombros.

Tenía la respiración por fin descompuesta, y aquella era la única prueba en dos horas de que a ella también le estaba pasando algo.

Esteban tenía las manos atadas por encima de la cabeza, los tendones de los brazos marcados, el cuerpo empapado y una franja roja en cada muslo, y la miraba desde abajo con una fijeza que ya no era deseo, sino algo bastante peor.

—Todavía no —dijo ella, aunque él no había pedido nada.

—No voy a poder.

—Va a poder. Lleva dos horas pudiendo.

Aceleró un poco. Esteban empezó a contar hacia atrás, se mordió la cara interna de la mejilla hasta notar el sabor de la sangre, y clavó los talones en el colchón.

—Todavía no.

Ella se corrió por segunda vez encima de él, echándose hacia delante, con las uñas clavadas en su pecho y la frente contra su hombro y un gemido largo que le duró toda la contracción.

Esteban la sintió cerrarse alrededor en oleadas y siguió sin moverse, quieto, obedeciendo una orden que ya nadie estaba en condiciones de vigilar.

Ella levantó la cabeza. Le buscó los ojos. Tardó unos segundos en poder hablar, y cuando pudo, lo hizo con la misma voz administrativa de siempre, que fue lo más excitante de toda la noche.

—Ahora.

Fue como caerse desde una altura.

Esteban se vació dentro de ella con la espalda arqueada del colchón, con las muñecas tirando de la seda, con un sonido que le nació en el estómago y que no reconoció como suyo, y duró y duró, y se le nubló la vista, y cuando terminó tenía los ojos llenos de agua y las piernas temblándole de una manera que no controlaba y no sintió ni un gramo de vergüenza por ninguna de las dos cosas.

Le deshizo los nudos con cuidado, primero la derecha.

Le bajó los brazos ella misma, uno a uno, y le frotó las muñecas con los pulgares para devolverles la circulación.

Tenía dos marcas rojas, limpias, que le durarían tres días, y dos franjas más pálidas en el interior de los muslos que se irían antes.

Dejó la fusta encima de la cómoda, en el mismo sitio del que la había tomado, y no volvió a mencionarla.

Después se tumbó a su lado, boca arriba, y se quedaron los dos mirando el techo mientras se les enfriaba el sudor.

Esteban tardó un rato largo en poder hablar.

—Ha ganado usted —dijo.

—No.

—He dejado de preguntar.

—Sí. —Ella no se volvió—. Y eso es lo malo.

Fíjese bien en lo que ha pasado, porque le va a hacer falta: yo no le he prohibido preguntar en ningún momento.

Ni una sola vez. Le dije que podía hacerlo las veces que quisiera.

—Se pasó el dorso de la mano por la frente—.

Y ha dejado de hacerlo solo. Eso es lo único que hay que aprender.

Un hombre que prohíbe está informando de lo que le da miedo.

El que sabe hacer esto no prohíbe nunca nada: consigue que el otro deje de querer, y se lo agradezca encima.

Esteban se quedó mirando la escayola del techo.

—Es lo más desagradable que he oído en mi vida.

—Sí —dijo ella—. Y mañana se levantará usted pensando en cómo hacerlo.

Se levantó a las tres y se puso la bata. Fue a la otra habitación, volvió con el vaso de agua, bebió la mitad y le dio el resto, igual que en marzo.

Esteban se incorporó contra el cabecero, con las muñecas marcadas y el vaso en la mano.

—No me lo va a contar nunca, ¿verdad?

—No he dicho eso —contestó Viktoria—. He dicho que hoy no.

Se quedó un momento junto a la ventana, con las luces de la otra orilla temblando en el agua negra.

—Le voy a decir una cosa, y con esto se acaba el asunto por esta noche.

—Se cruzó de brazos—. Usted ha estado tres sábados buscando papeles y no ha encontrado ninguno, y ha llegado a la conclusión de que alguien los ha destruido.

Está equivocado. Destruir papeles es facilísimo y lo hace cualquiera.

Lo que usted ha visto es otra cosa mucho más cara.

—¿Cuál?

—Hay años que no ocurren —dijo ella—. No que se oculten: que no ocurren.

Para eso no basta con quemar una carpeta.

Hay que quemar la de Ginebra, la de Trieste y la de Génova el mismo mes, hay que pagar a una compañía de seguros para que reemita un histórico, hay que conseguir que doce funcionarios de tres países no se acuerden y que ninguno de los doce se lo cuente a su mujer.

Cuesta una fortuna. Y hace falta que a nadie con poder le interese lo contrario.

—Se volvió hacia él—. En Europa habrá cuatro o cinco personas capaces de pagar un año entero. Yo no soy una de ellas.

—¿Y quién lo pagó?

—Buenas noches, Esteban.

Se metió en la cama, se puso de espaldas y apagó la lámpara del rincón.

Él se quedó despierto en la oscuridad mucho rato, con el vaso vacío en la mano y las muñecas ardiendo, dándole vueltas a aquello.

Tardó casi una hora en darse cuenta de que ella acababa de contárselo todo.

No el qué: el tamaño. Le había dicho, con una precisión de contable, cuánto había costado la operación y cuánta gente había hecho falta, y de ahí se deducía sin esfuerzo que lo que había pasado en aquella costa era muchísimo más grave que un cambio de propietario.

Y le había dicho otra cosa, sin decirla. Yo no soy una de ellas. Una mujer que no mentía nunca acababa de descartarse a sí misma en voz alta, sin que nadie se lo hubiera pedido.

Se durmió pensando en eso, y en un billete doblado sobre un mantel, y en un hombre que le había dado las gracias en marzo junto a una ventana condenada.